José Antonio Reyes, futbolista sevillano, fallece en un accidente de coche, vocean los titulares de la prensa oral y escrita. Se producen lamentos, mensajes de condolencia e imágenes de llanto colectivo por un hombre tan joven, padre de familia y amigo de sus amigos (frase tópica que se ha instaurado entre los calificativos para remarcar la calidad humana del personaje).

Sería hipócrita decir que no he seguido la noticia, contemplado las imágenes y apenado con las lágrimas de su padre abrazado a la desolación y desespero.  Sin embargo, una parte de mí se pregunta si soy la única en rebelarme contra la consideración de héroe al igual que ocurrió con el jugador de baloncesto Fernando Martín cuya imprudencia no sólo lo mató a él sino que, además, destrozó la vida de un hombre que esquivó la muerte por un chasquido de los dedos del destino. La dama de negro no necesitó ir a buscarlos porque ellos acudieron a la cita montados en la aguja de un cuenta kilómetros que traspasó los límites de la consciencia, se lo pusieron fácil, tan fácil que ella sólo precisó extender la mano para atraerlos a la oscuridad de su capa.

Debería ser capaz de separar al ser humano del deportista pero me cuesta porque doy por hecho que la misma cabeza que piensa en el beneficio de su equipo, debería preocuparse por el bando de seres queridos con los que comparte el terreno de un juego cuyo reglamento basa su estrategia en el amor que comparten.  No entiendo el subidón de adrenalina por encima de la responsabilidad, ni encuentro la gracia en apretar el acelerador a sabiendas que su irracionalidad puede atropellar víctimas, propias y ajenas, que ni lo han pedido, ni pretenden alcanzar la meta de una cuneta en llamas. 

El lenguaje se desvirtúa, pierde su esencia cuando se banaliza la palabra héroe aplicada a cualquier hombre de éxito que pierde la vida en la ruleta rusa a la que él mismo se presta. Héroe es aquél que sobrevive a la adversidad con el optimismo tatuado en la frente, el que alivia el dolor con entrega, generosidad y empatía, el que rescata a la gente de su soledad, el que soporta con infinita paciencia la angustia del amigo enfermo, el que se deja la piel en el mar de las pateras, el que lucha por lo justo sin darse tregua, franquea lo insuperable, enfrenta los retos con valentía y ofrece su espalda para cargar el peso de los más débiles sin perder la sonrisa.

El éxito en una disciplina deportiva es una hazaña, el jugarse la vida en una carretera cuando hay todo un equipo de afectos que dependen de uno, seres humanos que transitan asfalto con su equipaje de sueños y horizontes de un futuro malogrado, no es ninguna proeza, es la bala de la ruleta que gira y mata a quien carga la pistola dejando a su paso un reguero de corazones rotos.

¡Qué locura y qué pena!