PEQUEÑAS COSAS

Me llama mi hermano, auxiliar de clínica, para preguntarme qué tal estamos en casa y aprovecho para preguntarle qué tal lo lleva y cómo afronta el hecho de haber estado al lado de varios pacientes que han perdido la vida.  Me contesta con una anécdota que me estremece: el último abuelito fallecido fue llevado inmediatamente a la morgue para ser envuelto en dos sacos de exudado como manda el protocolo; un par de horas después, la viuda me llamó para que, por favor, colocara el rosario que guardaba en la mesilla entre sus manos antes de ser incinerado.  No lo dudé, de modo que bajé a la morgue, abrí las bolsas, crucé sus dedos sobre el abdomen y puse el rosario como su mujer me había pedido. ¿Qué me costaba hacerlo, Almudena, qué me costaba? – Nada – respondí - no te costaba nada…

Hablo con la hija de un amigo de infancia. Colaboraba en un hospital público hasta que pidió la baja definitiva porque no soportaba más el estrés: Te juro que he visto morir a ancianos a los que había cogido cariño en las residencias donde había trabajado antes pero esto, Almudena, esto me sobrepasó cuando vi morir a un chico de 28 años, cuatro más que yo, porque no pudieron sacarlo adelante.  No imaginas lo duro que fue... no pude seguir, te lo juro, no pude seguir. No soy quién para juzgar y por supuesto que no lo hago, pero sí reafirma mi opinión sobre enfermeras, médicos, auxiliares, celadores que suben al ring cada día para enfrentarse a un enemigo que no da tregua y al que me siento la responsabilidad de combatir desde la butaca de mi propio escenario.

Patricia, mi vecina, me ha dejado una bolsa con 10 gorros de protección para el hospital de mi hermana. No son eficaces porque la materia prima es una tela de algodón con motivos infantiles que le habíamos proporcionado a falta de otro mejor, pero es tal el mimo con el que los cose, que no me atrevo a decirle que dudo que los puedan utilizar como parte del equipo. Patricia me pide disculpas por la demora, tiene tendinitis en ambas manos, le duele utilizar los dedos con la aguja y se justifica con lamentos que le ruego silencie porque su labor es un regalo maravilloso para los sanitarios y que, además, me juego el tipo a que una vez regresemos a la normalidad, sus gorros serán el premio para los niños que se porten bien mientras estén ingresados; que todos ellos querrán uno para disfrazarse de médicos, y que su aportación es un espaldarazo a cualquiera que lidie con la incertidumbre y el miedo al entrar por la puerta blanca de la salud perdida.

He dejado un letrero en el portal pidiendo materia prima para la fabricación de equipo sanitario con la ayuda de Patricia.  Dos días más tarde, encuentro una bolsa de gomas elásticas sujeta con una chincheta sobre mi papel.  Mi hija escribe una nota de agradecimiento cuya respuesta es un post-it: Me alegro de que te fueran útiles seguida de una carita sonriente y un pequeño corazón.  Hago una foto y me quedo pensando si lo debería recoger para guardarlo como recuerdo de estos días, pero decido dejarlo donde está para que cuando pase delante, cuando mire los tres papelillos unidos por un clavo rojo, no me parezca tan triste salir a la calle tan silenciosa y tan fría.

Una de mis sobrinas me telefonea para anunciarme que está embarazada. Grito de alegría a la vez que los ojos se inundan de agua resbalando por la piel verdosa que refleja el espejo por falta de sol.  Sandra es joven, inteligente, dulce y una todoterreno en el campo del optimismo; su bebé será el primero en ampliar las ramas de la tercera generación en el árbol genealógico de los Taboada y, en consecuencia, el rey de los patucos, pijamas, sonajeros y juguetes de unos Reyes Magos que han perdido la carroza adornada con globos, osos de peluche y personajes de cuento. Se suceden las llamadas entre hermanos y primos, la felicidad compartida y las ganas de celebración tan pronto nos permitan abrazarnos. Pero no es la única, la hora más bonita de la tarde, la de los aplausos en la terraza, ha establecido un vínculo con una mamá y su niño de unos cuatro años asomados en el balcón de la fachada que tengo a mi derecha.  No sólo batimos las palmas, también nos saludamos con la mano y lanzamos besos al aire que flota entre los muros. Hoy, antes de cerrar la ventana, la madre se inclinó levemente sobre el alféizar, juntó los brazos formando una cuna e hizo el gesto de mecerla con el vaivén de su pecho.  A continuación dibujó una curva sobre el vientre y sonrió abiertamente asintiendo con la cabeza: estoy embarazada – me dijo con el lenguaje mudo de su mirada.  Levanto los dos pulgares y aplaudo entusiasmada. Ignoramos nombres, piso, número de calle, teléfono o cualquier dato que nos enlace por encima del tiempo transcurrido entre el que se inicia con la música y el que desaparece con la última figura que se esconde por detrás de las cortinas; no importa, no necesitamos nada más que esos cinco minutos vibrando con la magia en las ondas que nos unen para celebrar la vida que brota bajo el nubarrón de esta tormenta tan fea. 

Me entero por otro de mis hermanos que los dueños de un restaurante de El Escorial llevan bolsas con comida a los sanitarios del SUMMA donde él ejerce de médico:  Tortilla de patata con cebolla caramelizada, rollitos de carne, tartas, bebida…todo recién hecho y caliente para que el equipo de emergencias meriende algo más que un bocadillo traído de casa.  Ninguno de ellos conoce el local, pero han acordado que, tan pronto se acabe la cuarentena y se abran los bares, ellos serán los primeros en acudir a la reapertura con el agradecimiento en el apretón de manos con el que devolver el afecto que encierra un menú elaborado con la generosidad de su espíritu.

El día acaba con mi hija ofreciéndose de cocinera: tortilla de patata (después de haber escuchado a su tío) – No me ayudes que me encargo yo sola – Levanto la vista a la estampita de San Judas Tadeo, regalo de mi amiga Ángela, y me encomiendo a su corona con un padrenuestro sigiloso.  Escucho la cuchilla del pelapatatas rascando los tubérculos, el tintineo de la sartén, el chasquido de la cáscara de huevos y el golpeteo del tenedor al batirlos.  Me quedo quieta con la respiración contenida y el auricular pegado a la cadera por si tengo que avisar a los bomberos.  Hay un ligero tufillo a quemado pero, yo, quieta cual estatua de Botero en el sofá del salón.  Percibo el ruido de la espumadera en el aceite y los suspiros para recoger las rodajas que se resisten a abandonar la paila. Adivino el combinado de huevo-patata-cebolla en una olla exprés (todavía no he encontrado el valor de preguntarle por qué una perola tan grande en lugar de un cazo pequeño) y el yo-me-santiguo antes iniciar el último paso: la tortilla.  Me tienta levantarme para evitar que el conglomerado acabe derramado por el suelo, pero resisto (está de moda) y permanezco impertérrita a los gritos de: ¡mierda! ¡Ay! ¡joder que me quemo! que proceden del habitáculo cuisine Taboada. El tufillo a papa tostada impregna el hogar pero, yo, quieta.  Cuento los segundos hasta que aparece mi descendiente con una fuente cubierta por un platillo volante de color amarillo, mezcla negro, con pinta de suela.  Me ofrece un tenedor con la espalda tiesa sin saber que juega con ventaja: el jurado del master chef Taboada es la madre, o sea yo, y como tal, el veredicto resulta favorecedor por eso de evitar frustración-baja autoestima en tiempo de cuarentena.

- Está riquísima, cariño, riquísima..

Mi hija ladea la cabeza

- No me estarás vacilando, ¿verdad mamá?

- En absoluto, cariño, está riquísima – insisto evocando las confesiones de mi niñez por mentir a la señorita Encarnita en sus clases de punto y macramé.

   Son aquellas pequeñas cosas – canta Serrat – que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón…. Y tiene razón porque, a pesar de las tinieblas que propaga un germen maldito, he decidido pintar el almanaque con los pétalos de un bouquet de flores que vivifique los días con sus pequeñas alegrías.