EL PESO DE LA HISTORIA EN UN BÚNKER

Unos amigos míos han ido de vacaciones a Londres desde donde publican fotos que me trasladan a un fin de semana de invierno en una ciudad que me entusiasma cada vez que recorro sus calles, espío a los bobbies o me subo en un taxi señorial a falta de ponerme a tono con un sombrero Queen Elizabeth en lo alto de mi cocorota.

La tercera vez que acudí a la capital del Reino Unido fue acompañada  de uno de mis amores y compañero perfecto como guía turístico allá donde viajáramos con el maletín desprovisto de planes, itinerario o programa establecido por consejeros de múltiples sugerencias con el no te lo puedes perder.  Ambos rompimos nuestra costumbre de trotar por las aceras sin mapa a cambio del propósito ineludible de conocer el búnker donde Churchil había residido los años de la II Guerra Mundial moviendo los hilos para conseguir la victoria.

Los británicos han mantenido el lugar tal y cómo quedó al terminar el conflicto: la vajilla de la cocina, camas, centralitas, despachos y letreros en clave: windy – prohibido salir, ataque aéreo. Sunny: vía libre. Hay paneles con el mapamundi cubierto de chinchetas de colores en función del avance de los aliados, grabaciones de voces originales y vídeos con testimonios de quienes compartieron el espacio con el poderoso Winston.

No soy claustrofóbica pero aquél laberinto enterrado me produjo un cierto ahogo y no por la falta de aire o luz natural, sino por la incertidumbre que presentí en cada maniquí representativo de sus habitantes, el temor, cansancio, esfuerzo y, por qué no, celebración de fiestas y aniversarios a la luz de una bombilla.  Días y noches interminables, timbres de teléfonos distinguidos por colores en función de la importancia del interlocutor al otro lado del cable, estrategias dibujadas en pizarra y papel, comunicaciones cifradas de los servicios secretos y tácticas de psicología para introducirse en la mente enferma del dictador alemán y predecir su próximo envite.

Soy una ignorante respecto al Primer Ministro pues los datos que tengo son de un héroe en las crónicas de mi madre sobre la guerra,  su figura oronda con el ceño fruncido, el rictus apretado en los labios y una frente despejada como la cubierta de un ordenador de rayos deslumbrantes.  Ganó el premio Nóbel de Literatura y el reconocimiento global por su inteligencia y habilidad para derrotar a Hitler pero, como en todos los personajes que marcan el curso de la Historia, me pregunto dónde estaban las sombras que pueblan los temperamentos de todos y cada uno de nosotros. En qué lugar residían los puntos negros de su corazón, cuándo y por qué lloraba, qué lo hacía reír, con qué soñaba y si amaba a su gente con la pasión que mostraba cuando esgrimía aquello de sangre, sudor y lágrimas en el Parlamento británico.

Respirar el ambiente del búnker era absorber el ruido de los pasos apresurados por los corredores, el crujir de las puertas, susurro de voces, una copa de brandy, tazas de té y humo de cigarrillos. Pisar el suelo fue introducirse en las vidas de personas que fueron niños jugando con un aro, jóvenes luchando por sus ideales y adultos con la conciencia de estar viviendo un pedazo de Historia que nunca debería haber ocurrido.

Enciendo la televisión y contemplo las imágenes de los políticos de ahora aplaudiendo la carta de un niño de seis años pidiéndole a Obama ir a buscar al pequeño sirio que mira la cámara de una televisión con su carita llena de sangre.  No puedo reprimirme y grito un pandilla de hipócritas que asusta a mi perra.  No hay sirenas anunciando un bombardeo en la Historia que me ha tocado vivir, pero sí en la de un país cuyos habitantes son parias ignorados y sentenciados por la crueldad de un destino al que todos, en mayor o menor medida, abocamos con la resistencia pasiva desde el confort de nuestros sofás.