UN MES CON ARYA (SEGUNDA PARTE DEL ESCRITO: DECISIONES

Arya ha cumplido poco más de un mes en casa.  Confieso que la idea de tener una cuatro patas con hocico alrededor de mis piernas nunca fue un plan al que me quisiera apuntar con especial interés, de hecho, la idea de combinar la rutina con una correa y bolsitas de colores por el parque provocaba la adicción a conjugar el No en todos los tonos y vertientes idiomáticas.

El aterrizaje canino entre las Taboadas fue algo escandaloso porque Arya es toda una soprano cuando se pone a ladrar a los juguetes, mosquitos y colegas con los que no aprende el código de las buenas maneras por mucha salchicha que le ofrezca a cambio del buen comportamiento con los semejantes peludos. Sabueso que descubre en la distancia,  sabueso que termina turulato frente al desafío de mi podenca por muchos kilos de más que recubran el esqueleto contrario.

A los vecinos los tiene fritos con su recibimiento a brincos hasta la barbilla.  Hay un hombre maduro, gordocho y con cara de buena gente que lo machaca con sus envites desde el cerco del collar sujeto por mis manos.  He intentado dialogar en su lenguaje para que controle el genio pero no hay manera, tan pronto el gordito baja por la escalera, Arya se coloca en posición cabeza de flecha y arremete contra el pobre señor quien, con toda la pachorra del mundo, le dice: vamos, vamos, que no soy tan malo…. Si algún incauto asoma la cabeza por la puerta del ascensor y encuentra mi medio metro cantando la Traviata, se vuelve a introducir en el recinto y no sale hasta que no nos ve partir, bien amarraditas, hacia la calle.

He hablado con una educadora que me ha remitido unos cinco o seis documentos con pautas para rebajar el estrés de nuestra fiel compañera. El primero: en caso de mordisqueo repetitivo, gritar ¡Ay! y salir de la habitación.  Contados, mi hija y yo hemos contado unos cincuenta Ays diarios porque no hay nada que Arya aprecie más que apresar pantalones, jerseys, pañuelos, mangas y zapatos con las fauces de su hocico como forma de súplica para conseguir una caricia o el juego de lanza la pelota que yo te la recojo. Le hemos explicado que así no se llega a ningún lado, que hay muchas formas de pedirnos que juguemos con ella, hemos practicado el lamento en todas sus acepciones, y descubierto que únicamente con pedacitos de cilindro en carne apacigua su pasión por desgarrarnos la ropa.

Las instrucciones recibidas para socializar con los humanos incluyen premios a la longaniza para evitar que centre su atención en los habitantes de la barriada y, las relativas a la regadera de pis en la alfombra del portal, otra tanda de partículas que huelan a cerdo, pavo o pollo comprimido: en definitiva, me he abonado a los pack ahorro del supermercado para construir caminos con migas de chicha para dejar rastro al estilo de Pulgarcito con una variante: Arya sabe regresar a casa.

Las noches son bastante tranquilas excepto cuando le da por regalarnos un concierto de los suyos en caso de advertir la sombra de un trasnochador por delante de la ventana. No dudamos en que sus recitales tienen la ventaja de ahuyentar posibles ladrones, pero cuando abro el buzón y palpo el suelo con los dedos, hay por ahí un puntito de miedo a descubrir un papel escrito a mano: ¡Calle a su perra!

Un mes con tambores de amor en las patas que trepan hacia la cadera, una jauría de lametones y la calidez de su gemido cuando ruega el tacto que apacigüe sus miedos.

Mimosa, inquieta y cantante intempestiva, pero ¡qué demonios!

No podríamos vivir sin ella.