IBIZA - HIPPY MARKET

Los días pasan rápido, demasiado rápido cuando los problemas se han dejado colgados en un perchero del puerto y la risa fecunda las horas de buen rollo. Una vez más, las Taboada han decidido renunciar a un contrato de excursión para conocer el mercado hippy de Es Canar sin el yugo de un horario que delimite el tiempo para recorrer un espacio, pintoresco y seductor.

Tenemos suerte porque llegamos cuando la multitud, que rodeó a las Dynamo cuando lo recorrieron con los minutos tasados por la ruta, se había dispersado en unos cuantos turistas que, al igual que nosotras, deambulaban sin prisa por los puestos de algodón, paja y metal que poblaban las sombras de un bosque tupido. Las callejuelas discurrían entre toldos blancos confundidos con telas multicolores, bolsos, mochilas y atrapasueños que contemplábamos en un caminar sin rumbo hasta que saciamos el apetito por un entorno fascinante con un par de pantalones, un imán, una pulserilla de cuero y un puñado de fotos, algunas robadas al vendedor dormitando en la silla, que ocuparan una esquina en la maleta.

Nos perdimos varias veces en el laberinto de subidas y bajadas entre tenderetes que reconocíamos y a los que volvíamos como náufragos de una isla que temen abandonar; respirábamos varas de incienso, cuero pespunteado, perfumes naturales y el enigma de las vidas que nos invitaban a entrar en el microcosmos de una caseta adornada con la creatividad de sus manos. Los vendedores, hombres y mujeres de edad indefinida, ignoraban que soy una fisgona de lo ajeno al entorno en el que me muevo, que me atrae pensarlos más allá del taburete desde el que vigilan a los transeúntes, que me mordisquea la curiosidad por saber si su hogar es la furgoneta con la que acuden a las fiestas de los pueblos, o si habitan un apartamento al que regresan cuando el otoño releva al estío con hojas de cuentas que no alcanzan lo suficiente para pagar un recibo. Sé que no se fijan en mí porque no soy más que una mochilera con pinta de no gastar un céntimo en lo que ellos ofrecen, que no soy un buen cliente y que no soy una excepción en la muchedumbre que pasea ante sus ojos, semana tras semana, con la indiferencia bordeando el cristal de sus gafas; sin embargo, si pudiera, si de veras me atreviera, tomaría una silla de enea, me sentaría a su lado y, como una periodista entrometida, les invitaría a una cerveza para que me hablaran de la cara que existe al otro lado del escaparate que muestran en tapetes extendidos con pulcritud y el cansancio reflejado en las ojeras. Les pediría que me contaran de sus familias, amigos y ambiciones, qué fue lo que les empujó a formar parte de un proyecto itinerante y si hacen planes de un futuro con raíces en la Tierra Prometida que, conjeturo, tratan de alcanzar a lomos de un tablero cubierto de sueños. Soy consciente de mi extravagancia por leer lo que esconden sus rostros imperturbables a menos que el viajero pregunte por precio, tamaño, ruegue/exija el descuento o desahogue su soledad con cuitas que contar al mercader, a poco que éste sea medianamente receptivo, y tolere con paciencia el torrente de palabras que el viajero descarga en tono amigable.

Mi hija tira de mi brazo para que continuemos cuando nota que mi atención se centra en la figura humana por encima de los objetos dispuestos en el tapiz. Susurra que soy una mal educada y me baja de la nube a la que me subo con la fantasía derramando historias en el tinglado de mi mente inquieta. Los años que reflejan su D.N.I. van en paralelo a su concepto realista del instante que vive con las hormonas voraces de sangre que circula por sus venas. No la entiendo, insiste, no me entiendes, insisto y así, a lo tonto, acabamos con un beso que construye el puente entre los peldaños de su ingenuidad y la cima de mi vieja experiencia.

Regresamos al Victoria en un Ferry que circunvala la isla a golpe de viento y mar en las manos que nos sujetan a la proa.  Hay una playa diminuta, un agujerillo en forma de cueva que alberga una lancha motora, dos sombrillas y un par de bultos que, supongo, serán los conquistadores fugaces del metro y medio de arena sobre la que se tumban alejados del ruido. Las laderas boscosas se abren a tejados que sobresalen con miradores que envidio por la fortuna de poder disfrutar a solas los atardeceres verdeazulados.  Y, por último, la silueta del buque donde las Dynamo esperan para el postrero baño en una piscina con agua de sal.

Mañana Palma de Mallorca pero, antes, un conjuro a la luna para que atrase el reloj a la primera mañana en el puerto de Tarragona con las maletas henchidas de alegría.

Rápido, demasiado rápido…