Dedicado a las mujeres que han luchado y luchan por sus vidas - Almudena T.

 

CASCABELITOS

 

Cascabelitos llegó a Madrid con la maleta llena de intenciones y vacía de ropa.  El exotismo que su cuerpo emanaba despertó el interés del barrio donde se alojó gracias a la generosidad de Placeres, la dueña de una pensión de estudiantes. La viuda de un coronel, ejecutado por militar en el ejército republicano, sentía compasión por esa muchacha cuyo único anhelo era encontrar a Manuel, el hombre con quien se había casado en su isla natal.

Pocos supieron que se llamaba Teresa porque pocos tenían interés en conocer algo más que la risa tras la que ella se refugiaba de su soledad y de la que, únicamente Placeres, tenía conciencia al verla llorar por la Habana, el marido infiel o la desazón de una vida que no quería reconocer escudada en su inocencia.

Manuel, el señor Manuel, nunca imaginó que su mujer, capricho de indiano y adinerado español, fuera capaz de cruzar el océano para venir en su busca.  Aventurero, audaz y emprendedor, había conseguido amasar una fortuna vendiendo máquinas de coser entre las habitantes de la selva cubana.  Seductor y elegante, repartía sonrisas y promesas con la misma habilidad con la que incrementaba las ventas de la tecnología alemana.

El joven Manuel hacía caso omiso a ideologías políticas, estamentos sociales o principios éticos.  Su estancia en la isla, a la que amó hasta el final de su vida, estuvo marcada por su afán de poder y la belleza inestimable de paisajes y mujeres ardientes como burbujas de ron salpicando entre los labios.

La boda con Cascabelitos no fue más que un trámite de papeles, música y baile hasta el amanecer.  Una anécdota que eclipsó de un modo fulgurante cuando, en un arrebato, decidió regresar a la madre patria con las entrañas impregnadas de ambición e indiferencia por la caribeña que tanto lo amaba.  Manuel no se despidió; bastó con encontrar un pasaje en el primer barco para regresar a casa sin dirigir un solo pensamiento hacia lo que no fuera la nostalgia por el aroma a mango o el calor del sol tropical.

Madrid lo recibió con los brazos abiertos para que él, avispado negociante, invirtiera su caudal en libros y revistas cuyas portadas se ilustraban con fotos de señoritas picantes y coquetonas.  El señor López frecuentaba los locales de variedades con su sombrero blanco, su libreta de notas y la apretada cartera en el bolsillo.  Don Manuel no podía presumir de ser guapo, pero los billetes con los que pagaba propinas eran un reclamo más que suficiente para seducir a las señoritas, y a los dueños de locales que, una vez cerradas las puertas, soportaban los relatos de un periodo feliz en el paraíso de un lugar de leyenda.

Pasaron años antes de que Teresa siguiera sus pasos cuando el país ya se había partido en pedazos desperdigados más allá de las fronteras.  Franco había cerrado los confines de escotes apetitosos con prendas de luto y moral de escaparate; Trenes y barcos surcaban sus rutas con sollozos de emigrantes que las coplas reproducían con el mismo lamento con el que narraban historias de mocitas de balcón y claveles de terciopelo.  Años en blanco y negro entreverado por el color de las plumas que adornaban espectáculos de Revista y Varieté donde olvidar, por unas horas, la tristeza que imperaba en el ambiente.

En las noches de invierno, la cocina de la Pensión Ruiz olía a salsa criolla cada vez que Cascabelitos representaba su propio espectáculo ante los ojos enternecidos de su protectora.  El pelo recogido a modo de turbante, la falda al vuelo sobre los tobillos y la camisa anudada bajo el pecho, convertían el lugar en un reducto de mil colores girando sin control bajo el son de una bachata.

Placeres contemplaba a una Cascabelitos con poder para conmutar la amargura en amor por la hija que nunca pudo tener, el odio por el beso de las buenas noches, la inquietud por la dulzura de sentir su respiración pausada cuando Teresa, cansada de bailar, se dormía abrazada a su cintura.

La vida de Cascabelitos transcurría entre la pensión y las calles de una ciudad que recorría con la foto de Manuel encerrada en su guardapelo.  Su tesón, aliado con el azar, logró al fin su objetivo al descubrir al traidor una tarde de verano.  El hombre, de caminar resuelto y nariz aguileña, se dirigía al teatro cuando percibió la figura familiar que le salía al encuentro. Aceleró el paso y con el brío habitual de su mal carácter, se enfrentó a la muchacha asiendo con fuerza su brazo. 

¡Teresa! – exclamó atónito

La caribeña alzó el rostro sin reparar en las huellas del tiempo sobre su cabeza cana, ni en las arrugas de su frente, ni en el bigote marchito. Quiso hablar pero Manuel le amordazó la garganta con preguntas, reproches y desprecios a la mujer que lo miraba anhelante.  Quién le había dicho que podía venir a Madrid y con qué derecho.  Ese papel, firmado bajo los efectos del ron, no significaba nada para él que ya tenía su propia familia

-      Te daré el dinero para el viaje de vuelta a Cuba y te largas cuanto antes, tu no pintas nada aquí..márchate. 

Cascabelitos miró la mano que ofrecía los billetes para pagar el frío con el que su hombre acababa de dinamitar las páginas, nunca escritas, del libro de amor y besos que ella protagonizaba ante los ojos escépticos y siempre tiernos de Placeres.

La mujer de caña y azúcar se estremeció matando de un golpe la ingenuidad que tanto le había ayudado a sobrevivir al resguardo de su soledad.  La humillación, vergüenza y un profundo sentido del ridículo hacia la imagen, que ella había pergeñado con el delirio de su fantasía, se precipitaron en su boca para inundarla con ríos de saliva amarga.  Se encogió como un animalillo herido buscando cobijo entre la multitud quien, ajena a su silencioso aullido, la arrastró hacia un destino sin nombre, un lugar ignoto, un punto en el horizonte de asfalto y hormigón donde sumergirse con su alegría agostada.

Cascabelitos nunca regresó a la pensión.  Placeres la buscó por callejones, hospitales y prisiones hasta que agotada y, rendida ante lo que creyó inevitable, se encerró en un mutismo del que apenas salía más que para cobrar el dinero de los alquileres.  Preservó su dolor entre los muros de la cocina donde a veces, en los atardeceres de invierno, creía verla bailar con la cadencia de su cintura y la tela de su falda al vuelo.

      El señor Manuel, mi abuelo Manuel, murió sin que yo pudiera averiguar nada que mi madre no quisiera contarme.  Su retrato, vestido con el liki liki cubano, me vigila desde la estantería de mi dormitorio. Hay una dedicatoria escrita en puño y letra: A mi querida mamá, de su hijo Manuel...

Me acerco y tomo la foto entre mis manos: Contemplo su rostro y allí, entre los pliegues del papel agrietado, escucho su voz con el eco de unos cascabeles que vibran al compás de un corazón enamorado.

 

Almudena Taboada