VIOLENCIA INFANTIL

La noticia es demoledora: una niña de ocho años agredida brutalmente por un grupo de chavales que se retroalimentaron en su propia violencia para producirle lesiones físicas y un trauma difícil de superar en su cabecita infantil.  Los medios de comunicación y las redes sociales han llenado sus páginas de quejas y demandas a los profesores por estar ausentes del patio en el momento del ataque, y no discuto ni apruebo su falta de compromiso, pero tampoco dejo de preguntarme cómo es posible que unos críos, porque no dejan de ser unos críos, reaccionen como una manada de lobos hambrientos sobre una criatura que ha cogido su balón. En todo este laberinto de barbaridades trato de posicionarme en el corazón de la familia de los agresores, en su vergüenza o espanto, si es que lo sienten, o la indiferencia que exhiban porque es más cómodo culpabilizar a la víctima que asumir la responsabilidad de sus hijos y la suya propia.

Cuando terminé mi carrera conocí a Ester, una pedagoga que colaboraba en un proyecto enfocado a la normalización de niños marginales en un barrio conflictivo de Madrid.  Chiquillos de cuatro a doce años a quienes los Servicios Sociales albergaban una tarde a la semana, en el salón de actos del Centro Cultural del Área, con la excusa de proporcionarles ayuda con las tareas de la escuela.  Mi amiga me invitó a colaborar con el equipo y acepté con la condición de recibir formación con una serie de pautas a seguir cuando los angelitos tuvieran a bien emprender una pelea, rebelarse a la autoridad o amagar cualquier tipo de agresión. 

Estos chicos jamás supieron del miedo que pasé el primer día cuando abrí la puerta y me presenté ante ellos con la inexperiencia de una novata que no ha salido jamás del cascarón de un huevo protegido por las paredes de una familia estable.  No tenían ni idea del estropajo rascando el estómago ni de la apuesta conmigo misma a que mi coche, por viejo y pequeño que fuera, acabaría sin ruedas, faros o parachoques al final de la jornada.  Estaba preparada para enfrentarme a una horda de pre-delincuentes y lo que descubrí fue una pandilla de humanitos ávidos de cariño, reconocimiento, atención y bocadillo de salami que saciara el apetito.

Entre la docena de aspirantes a monstruos, había uno en particular al que yo denominaba rompecojones cuando aludía a él en el resumen de la sesión que comentaba a Ester al acabar el día.  Se llamaba David, tenía once años y era bajito, delgado, nervioso y chulo como un ocho cuando irrumpía en la habitación con el gesto marcial de un general de brigada. Lo asumí como un reto para cumplir la voluntad de conquistar su atención a costa de prolongar mi paciencia después de cada uno de sus arranques.  La norma fundamental era evitar el enfrentamiento con enfados o sermones a los que estaban acostumbrados y de los que ellos se burlaban porque nadie les había enseñado el valor de una caricia o un premio como recompensa a su esfuerzo. El juego era mi señuelo para atraer su interés y el chantaje emocional mi mejor arma para seducirlos y llevarlos a mi terreno cuando pretendían convertir el aula en un campo de batalla.  ¡Llora! Me decía mi amiga, ¡Llora! Y los dejarás K.O. porque no saben manejar las emociones. Y tenía razón, en los momentos de rebelión, abría los párpados y aguantaba el escozor de la sequedad hasta que las lágrimas corrían por las mejillas a la vez que empezaba a gemir lamentando su falta de cariño por mí que esperaba con tanta ilusión el viernes para poder jugar con ellos.  Era ponerme a llorar y, en un plis plás, oírlos venir corriendo a mi lado para consolarme a porrazos en la espalda porque no conocían otra forma más sutil de decir lo siento, te prometo que me voy a portar bien.

Niños, nada más que un conjunto de niños sin un hogar donde refugiarse a la salida del cole.  Pequeños bravucones a los que el entorno arrinconaba en las calles donde encontrar el amor ausente en las manos de sus madres. Críos sin teléfono móvil, Tablet o play station con el furor de la guerra a golpe de pulgar, fanfarrones de medio pelo a quienes no les temblaba el pulso para darme un sopapo en el cuello para llamar mi atención como cachorros que mordisquean los dedos en busca del mimo sobre la tripa abierta al aire. 

Supe del rompecojones hace no mucho tiempo gracias al repartidor de un supermercado que traía la compra a casa.  Un día le pregunté si vivía muy lejos y al decirme el nombre de su barrio se me ocurrió que quizá pudiera conocerlo.  Tuve suerte porque efectivamente habían crecido juntos y, aunque David no consiguió pasar de la Primaria, estaba trabajando, tenía novia y planes para irse a vivir juntos tan pronto encontraran un piso. 

Me gustaría saber qué pensará de los adolescentes que le han dado una paliza a la cría de ocho años pero si no ha cambiado, y no lo creo, andará mascullando cien mil palabrotas como en una de nuestras tardes compartidas cuando, asomado a la ventana, vio a un hombre pegar a su mujer y tuve que agarrarlo del brazo para impedir que saliera a protegerla mientras largaba unos hijo de puta, cabrón, desgraciado como roscas por la boca.

No sólo es necesario tener un profesor vigilando el patio, hace falta indagar qué ocurre para que haya chicos/as incapaces de dominar la ira contra algo tan inocuo como es agacharse a coger un balón de fútbol, y educar en la empatía como escudo contra la agresividad que brota de un ambiente forjado por adultos que se olvidan de amparar la frescura de la niñez.