LA PRESENTACIÓN

 

Era la tercera vez que invitaba a mis amigos a la presentación de mi libro La Vida en Colores con un atrevimiento forzado por esa parte de mí que bombea la seguridad que no tengo en mi capacidad para sorprender, amenizar o azuzar el interés de los espectadores por conocer mis vivencias en las páginas de un proyecto pergeñado a poco de iniciar el año.

El lugar, un restaurante-bar asturiano cuya encargada se ofreció como agente comercial de un tomillo del que no había visto, ni siquiera, la portada. A Juani Terremoto le bastó escuchar un ¿te he contado que he publicado un libro? Para responder con un ¿Cuándo lo presentamos? que resucitó la adrenalina enclaustrada en el fondo del carro de la compra al que me abono los sábados de 12 a 2 de la tarde.  No sufrí un infarto porque mi punto débil no está en el músculo cardiaco, si no en la glotis, pero el acelerón del plasma fue suficientemente importante como para que mi vaquero diera un respingo sobre el taburete a la vez que mi vecino de barra se giraba para preguntarme si se me había caído algo al suelo.  Tomé la taza, bebí un sorbo, miré a la Terremoto y respondí que no pensaba aceptar hasta que ella no tuviera el objeto con páginas numeradas en la mano, lo leyera y juzgara si realmente merecía la pena organizar un evento con cartel de propaganda en el cristal de la entrada.

Una semana más tarde Juani confirmó su oferta y nos pusimos manos a la obra para elegir fecha, hora y publicidad entre el personal del barrio.  El 19 de mayo nos pareció oportuno y, como si fuéramos un par de colegialas preparando la fiesta de fin de curso, nos lanzamos a la aventura maquinando el plan del que, confieso, tenía dudas por ese toque de bruja en modo casual que brota de las meninges para llenarme de miedos.

Compartí, invité y animé a mis amigos a sabiendas que su respuesta sería abrumadora, no tanto por la representación de mi vida en colores, si no porque su cariño está por encima de cualquier compromiso que suponga perderse la siesta con el murmullo de una película ñoña en la sobremesa de un día festivo.  Tengo la impresión de que vivir tan deprisa e inmersos en el torbellino de tareas y obligaciones circunscritas al entorno más cercano nos hace olvidar que la sustancia no reside en cumplir objetivos, que las horas van y vienen cargadas de fruslerías y que, al final, cuando queramos darnos cuenta, cuando el espejo refleje las canas de una maratón vital, lo que recordaremos, lo que realmente pesará en la memoria, será la emoción de haber amado en paralelo a la de sentirse amado con el contador del lo que yo hice por ti o, tu por mí, apartado en el rincón del qué importa.

La Vida en Colores es más que un libro, o blog, escrito por una aficionada a transcribir el dictado de las vísceras cuando rugen con la pasión que apremia su pulso; es la niña que crece y se enfrenta al mundo con el desafío de su picardía en los hoyuelos que me alimentan, el hilo de experiencias, propias o ajenas, que se asoman inquietas por aparecer en el rótulo de una nueva entrada, el whatsapp que no sabe fingir, la copa de cerveza que brinda por los miembros de una terapia cañera, el joven con corazón de gelatina que me protege, la sonrisa fiel de una azafata de vuelos infinitos, el amor incombustible de la rosa que abandona al Principito para venirse conmigo, la dulzura de una Taboada con ojos azules, el aroma a taco mexicano que tanto extraño, el eco de un tango argentino, la risa de un milagro que borra la amargura a poco que apriete la mano, el calor mediterráneo que abriga cuando tengo frío, la campanilla que golpea la puerta de lo solidario, la complicidad y discreción del viento norteño, la mujer que teme la violencia y aquélla que camina a mi lado con las muletas de su lealtad.

Gracias a todos los que me acompañaron el sábado 19 de mayo, los que intentaron venir y no pudieron, los que adiviné intangibles y los que frenaron la noria del quehacer diario para enviar tres palabras con una carita de besos: ¿Qué tal fue?

Y aquí tenéis mi respuesta...