EL ARTISTA

Sara, la madre de Lolita, y yo no nos habíamos visto desde antes del verano aunque sí habíamos intercambiado whatsapps con fotos y tonterías varias para no perder el contacto. El ritmo de vida que llevamos no deja mucho tiempo para florituras personales de modo que fijamos una fecha, inamovible, y quedamos en el bar habitual de las tardes dedicadas a nosotras en exclusividad.

-  Bueno  - empecé con curiosidad - ¿Qué tal el novio de Lolita? María me ha contado que siguen juntos y felices.

-  Es un artista – responde con un deje socarrón – Todo un artista

Me río y continúo

-  Eso suena a coña. ¿A qué te refieres con artista? Hasta donde yo sé está estudiando

-  Si – abre la boca y se traga un boquerón – ahora sí, pero lo había dejado para dedicarse al noble arte de escribir letras boum boum hasta que sus padres se pusieron firmes y le dijeron que la paga semanal quedaba suspendida hasta la firma innegociable de un nuevo acuerdo: tú estudias, nosotros aportamos a la causa.

- En resumen, ni un céntimo mientras no se pusiera las pilas

- Exacto

- ¿Y entonces?

- Pues lo normal, tan pronto vio que sus colegas, como dicen ahora, no eran tan generosos como pensaba y que los prestamistas habían cerrado el crédito, no le quedó más remedio que volver al redil de los estudiantes rezagados en descubrir que un título es imprescindible para esa independencia que ambicionan con tanta pasión.

- ¿A qué le llamas letras boum boum?

- A las del rap – cambia el tono y recita una canción arrastrando las vocales – me molas tú tú tú, me molas mogollón ón ón

- Sara – reconvengo – eso suena a reggaetón

- Llámalo como quieras Almudena, pero para mí son todas lo mismo: boum boum

Nos reímos

-  Mira Taboada, sea cual sea lo que escriba, a este chico le faltan cien hervores. Guillermo es muy noble y buen tipo pero tiene 18 años de nebulosa en el cerebelo.  El otro día, sin más, lo invitamos a comer a casa por eso de la confraternización con Lolita y el pobrecillo salió escaldado con las orejas coloradas – pilla otro boquerón – Ya conoces a Ricardo y sabes lo tranquilo que es hasta que le tocan su punto flaco, o sea, su hija.  Todo iba bien hasta que mi amado esposo sacó el tema de los planes de un futuro para los jóvenes que pretenden conseguir autonomía y estabilidad económica; le habló de la vida paupérrima de los músicos a menos que se llamaran Rolling, de lo importante que era tener una buena formación y remató la faena sacando al abuelo sesentero que lleva dentro: yo exijo a la pareja de mi hija la misma responsabilidad que le exijo a ella porque para vagos ya tenemos bastante con el gato (con un par…). El boum bounero, que había permanecido callado hasta entonces, abrió la boca y replicó:

  • ¡Bah! En el arte lo que cuenta es el sentimiento porque el dinero es sólo un papelito que, por encima, da problemas. 

-  ¿Estás de broma?

-  Qué va, la broma vino luego cuando Ricardo se ofuscó para contestar con el corazón al borde del soponcio: Mira, TDC (antes de que preguntes, es el acrónimo de Tonto de los Coj.. que Ricardo se ha inventado cuando no quiere delatar la grosería), con ese papelito Sara y yo pagamos la casa, los recibos del gas (por cierto, Taboada, mira bien tu factura que a nosotros Iberdrola nos ha dado un palo), la educación de nuestros hijos, las vacaciones y el filete de pollo que tú te estás comiendoSi no te gustan los papelitos, múdate a la selva y forma una banda con los monos que esos sí que tienen mucho ritmo

-  ¡Vaya con Ricardo, pues sí que lleva mal lo del novio!

-  Fatal – se zampa el último boquerón

-  ¿Y Lolita no se puso de pie para defender al chaval?

-  ¡Qué va!

-   Qué raro

-   De hecho, oí cómo decía bajito: yo a la selva no me voy

-   ¿Y cómo acabó la historia?

-   Al principio de maravilla porque, después de recoger la mesa, a mi amado marido se le ocurrió que Guille necesitaba ampliar su nivel cultural con los fascículos de una enciclopedia que teníamos guardada en el trastero.  Bajó con el carro de la compra, metió todos los libros que pudo, subió y se lo entregó al chaval con una mueca de indulgencia que retrataba la ironía:  ¡Cultura, Guillermo, cultura!

-  No lo reconozco

-  Ni yo, y eso que estoy casada con él desde hace 23 años..

-  ¿Y por qué dices que acabó de maravilla?

- Pensamos que había acabado de maravilla porque habíamos conseguido liberar espacio del trastero para guardar todas las porquerías que acumulamos en casa; de hecho ya lo teníamos bautizado como el museo de los horrores.

-  ¿El museo de los horrores?

- Es el nombre que le daba mi madre a una estantería donde almacenaba los regalos horteras que le hacían los clientes a mi hermano Tomás.  Ya sabes, figuritas espantosas, jarrones imposibles e, incluso, un artilugio de hierro del que nunca supimos para qué servía.

-  Pero esa tradición ya no existe, quiero decir, ahora apenas se hacen regalos de gratitud.

- Ya, pero si entraras en las habitaciones de mis hijos, te darías cuenta de su perfecta habilidad para acumular trastos que habíamos decidido trasladar al sótano hasta la próxima limpieza con la sepultura final en el contenedor oportuno.

- Muy hábil, pero ¿Qué pasó para que esa maravilla que dices sólo fuera al principio?

Carraspea

-  Al día siguiente vino el padre de Guillermo en su coche con dos carros: el nuestro con la enciclopedia, y el suyo con la colección de fascículos sobre filosofía que su abuelo se había empeñado en comprarle cuando era un estudiante de bachillerato. Llamó al timbre con su hijo al lado, se presentó y nos dijo: Nosotros también estamos haciendo limpieza en el trastero. ¿Os interesan las teorías de Descartes?

-  ¡Qué bochorno!

Suspira, apura la cerveza y continúa

- No te creas, acabamos cenando los cuatro en una taquería mexicana del barrio

- ¿Y?

- Que son muy majos

- Pues qué bien

- Eso pensamos nosotros, que qué bien