REGRESO AL BARRIO DE MI NIÑEZ

Mi hija me ha pedido regresar al barrio de mi infancia para visitar los establecimientos a los que acudía de la mano de su abuela como un trofeo que mi madre presentaba con el orgullo manando a borbotones de su garganta.  Se acabó llamar al carnicero para hacer un pedido con el señora de Taboada en el trocito de papel pegado con celo en la bolsa, no hubo más alusión al apellido anclado en la frente de los comerciantes de un mercado por el que tres generaciones de clientas habían transitado con el carro de sus costumbres, ni preguntas por la salud, hijos o vacaciones en el pueblo porque mi madre se había ocupado de eclipsar cualquier otra cuestión que no fueran las virtudes de la lentejilla morena que la acompañaba con la sonrisa presta a lograr el premio a su simpatía. El soy la señora de… pasó a ser soy la abuela de…en el altavoz de un teléfono que reproducía la lista de deseos a dependientes que incluían una golosina para la nieta entre los paquetes del reparto, así como las conversaciones acerca del clima o encarecimiento de los precios sucumbieron a las monerías de un pispajo con afán de un protagonismo alentado por la baba de su abuela.

Accedí a su petición e iniciamos el recorrido por la tienda de ultramarinos regentada por un matrimonio chino con quien había compartido la angustia por reunirnos con nuestras respectivas hijas: ellos por la gestión de un trámite eterno con la Administración china, yo por motivos parecidos pero para adoptar a mi pequeña. 

-        Qué mayor está – dice a modo de bienvenida la dueña del comercio

-        Si – respondí – demasiado. ¿Y tu hija?

-        Bien, bien – asiente sonriendo – trabajando

Nos miramos con complicidad por tantos días en los que ambas intercambiábamos noticias en una comunicación sincopada de monosílabos y gestos cuando ella apenas dominaba el idioma, pero no las lágrimas que humedecían sus ojos al balbucir un no sé cada vez que le preguntaba en español lo que ella traducía por un instinto excepcional que a ambas nos vinculaba. Trece o catorce años de aquél invierno que no olvidamos porque, aunque apenas si entro a la tienda, no hay día en el que no perciba que la corriente de afinidad se mantiene intacta a la hora de pagar con euros el sustento de una vida alejada de su hogar.

La droguería es la siguiente parada y cuya dueña actual tuvo su primer hijo a la par que yo fui madre.  Ana es nieta e hija de un par de hombres a quienes mi madre llamaba “los nariguditos” haciendo honor al caballete portentoso de sus narices.  Crecí con el mayor de los tres, de complexión menuda, espalda encorvada y el mentón apoyado en la pechera de una bata blanca e inmaculada sobre la que desplegaba su voz ronca y severa que a mí me imponía cierto respeto.  Su hijo le sacaba una cuarta en altura y afabilidad para compensar el mal humor de su padre cuando se le fruncían las cejas.  Entonces no me daba cuenta de la ternura con la que el más joven trataba al mayor, su paciencia y la sonrisa con la que justificaba los gruñidos por no encontrar lo que pedían en los estantes de su trastienda. La droguería era, y es, un tesoro para quienes necesitan productos de limpieza que recuerdan a las recetas magistrales de mujeres acostumbradas a fregar el suelo con la bayeta y conocedoras de trucos de limón, plata y vinagre que compartían en los puestos del mercado cuando se desteñía la ropa, se quemaban las ollas o tocaba abrillantar los picaportes de metal amarillento.  Ana es algo más joven que yo, pero lleva en la sangre la sabiduría de una estirpe dedicada a la higiene doméstica, ha heredado la afabilidad de su padre y es mi panacea cuando necesito un producto específico para alguno de mis desastres caseros. Hace mucho tiempo que no nos vemos y, al igual que la dueña del ultramarinos, comenta lo mayor que se ha hecho mi hija mientras observo al adolescente con sombra de bigote sentado en el escalón detrás del mostrador. ¿El próximo en seguir la tradición? – pregunto con interés. Ana se ríe: No lo creo. Y, sin pretenderlo, me entristezco al pensar en el final de un negocio familiar que, con toda probabilidad, terminará por desaparecer entre las garras de una multinacional carente del calor que desprenden las paredes abigarradas que me rodean.  Aprieto su brazo con un gesto afectuoso y nos despedimos con un hasta luego que mi hija no entiende porque sabe que ese luego no tiene fecha de proximidad al habernos mudado tan lejos.

Seguimos calle abajo para saludar a Ramón, el peluquero, que todavía recuerda con ironía el bochorno que mi hija me hizo pasar a poco de llegar a Madrid.  Su pelo ralo por culpa de la malnutrición había sido devorado por las tijeras del estilista con un resultado que me hizo exclamar, en petit comité y cuando estábamos en casa, Le voy a cortar los huevos a Ramón, pareces una niña de campo de concentración nazi. Dos días más tarde nos cruzamos con él en la calle y mi ex – huerfanita tuvo a bien delatarme con la inocencia de sus 5 años recién cumplidos: Ramón, mi mamá te va a cortar los huevos porque me has cortado el pelo.  Sobra describir mi embarazo y la cara de guasa con la que el peluquero respondió a mi intento inútil de justificación:  Si es que no se puede decir nada delante de los niños, Almudena, que no se puede...

Aprendí la lección.

La última estación del trayecto fue la farmacia cuyo antiguo dueño, así como su ayudante, formaron parte de una niñez en la que los niños bajábamos en pijama, entrábamos por la puerta que daba al interior del edificio, y pedíamos el jarabe asqueroso de la tos que nuestras madres pagarían al día siguiente cuando bajaran a la compra.  Pablo y Salvador eran el Zipi – Zape del barrio; el primero un hombre muy serio que en su juventud había sido un atractivo seductor al que ninguna mujer se le resistía hasta que llegó una andaluza que lo puso firme si quería pasar por el altar. Salvador, el ayudante, era el contrapunto de su jefe con un trato cariñoso y humorístico que me provocaba hasta el punto de pasarnos un buen rato compitiendo en decir barbaridades para acabar riéndonos a la vez que yo lo reconocía como ganador del concurso.

No sólo nos veíamos en la farmacia si no en las bodas de los seis hijos de Pablo a quienes mi padre había ayudado a nacer.  Y, una vez empezaba el baile, tanto la mujer de Salvador como  la andaluza de Pablo se quejaban de sus maridos porque no les gustaba bailar mientras que a ellas les encantaría ir a la boîte, una vez por semana, con el fin de recuperar los años mozos en las fiestas y verbenas de su juventud. Son un par de aburridos – solían decir – con eso de que son socios del Real Madrid, los domingos por la tarde al fútbol y ya.. Ellos las escuchaban, se encogían de hombros, y seguían fumando su cigarrillo con absoluta indiferencia.

Pablo tenía 70 años cuando le diagnosticaron un cáncer de páncreas que se lo llevó en menos de tres meses dejando el negocio en manos de su primogénito.  El barrio lamentó su pérdida porque, de algún modo, su muerte representaba el fin de una época en la que los vecinos formábamos una familia de padres con maletín de oficina, confidencias en el mercado y Misa dominical con el bullicio de niños que corretean en la calle persiguiendo una pelota.  No hubo más bodas después de su marcha, pero sí la revelación de un secreto que me desconcertó y divertía cada vez que entraba en el local para saludar a Salva. La responsable del delito de delación fue Pilar, la vecina del sexto, a quien temía encontrarme en el descansillo por lo  mucho que se explayaba para relatarme sus aventuras en los quehaceres diarios.  Viuda de tres maridos, como la canción, y con un físico muy poco atractivo, conseguía tener una legión de admiradores bajitos (ella era muy alta) y barrigudillos a los pies de su vivacidad, buen humor y personalidad arrolladora. Creo que no habían pasado ni dos meses del fallecimiento de Pablo cuando me la encontré en la puerta del ascensor con el último de sus pretendientes cargando con las bolsas de la compra.

-        ¡Ay qué pena lo de Pablo! – gimió nada más verme - ¡Qué pena!

-        Si – reconocí – una tristeza

-        No sabes cuánto lo echo de menos

-        Es cierto – afirmé – se echa de menos no verlo en la farmacia

-        ¡No! – continuó lastimera – Si lo digo por las tardes de los domingos en la discoteca.  No sabes lo bien qué bailaba, mejor que Salvador que, aunque no lo hace mal, no es lo mismo, Almudena, no es lo mismo..

Me atraganté con la saliva

-        ¿Me estás diciendo que Pablo y Salvador iban a la discoteca los domingos para bailar contigo?

-        No, mujer, conmigo sólo no.. bailaban con todas y no sabes lo bien que lo pasábamos con ellos.. siempre tan animados, siempre tan tan animados…Y fíjate que ahora Salva ha dejado de ir porque dice que no es lo mismo sin Pablo, y lo creo, Almudena, lo creo bien.

Subí corriendo a casa y entré como una tromba en el despacho de mi hermana.

-        ¿Te acuerdas de cómo se quejaba Mª Angeles porque ni a Pablo ni a Salvador les gustaba bailar y que sólo querían ir al fútbol los domingos?

-        Si

-        Pues que no era el fútbol, que lo que hacían era darle al pop de los cincuenta

-        ¿De qué hablas?

-        Que me he encontrado a Pilar, la coleccionista de maridos, y se ha quejado de lo mucho que echa de menos a Zipi y Zape por lo bien que bailaban en la discoteca

-        ¿Estás de broma?

-        No, te juro que no

-        Ji ji ji – se ríe – si es que no se puede mentir, Almudena, que no se puede mentir que te pillan

-        ¡Y tanto!

Ha pasado mucho tiempo de aquello, Salva se ha jubilado, Pablo hijo traspasó la farmacia y la nueva dueña ha tomado el relevo con la misma predisposición que sus antecesores para que la botica sea el club social de un barrio que cerró sus puertas a los negocios tradicionales, cines de sesión continua y serenos con gorra de plato en su derrota frente a la intrusión de bares impersonales, negocios efímeros, calles vacías de niños, mercados desposeídos de calor familiar y motos de repartidores de comida rápida aparcadas en la acera de mi infinita nostalgia.