INCONTINENCIA URINARIA - Almudena T

 

CASO 1

 

Mujer madurita regresa a su hogar después de abrazar a sus nietos. Reconoce el error de no haber visitado el toilett antes de tomar el Cercanías.  No importa, seguro que Renfe cuenta con urinarios para casos de emergencia. Fin de vagón, no W.C.  Fin del siguiente: tampoco.  Fin del tren: ni un solo cartelito con man o woman en la puerta.  Se baja en la estación de Atocha e investiga letreros en las paredes, en el techo, en las puertas, en la madre que los parió a todos porque allí no hay señuelo de un sencillo retrete.  La mujer sube y baja por la escalera, sale a la calle con atisbo de humedad en las bragas, encuentra tres contenedores juntos: orgánico, vidrio, papel, a la orilla de un parterre con cuatro arbustos secos. Se esconde tras sus muros de colores malolientes, agacha su posadera y relaja el esfínter observando el reguero con inmenso alivio.  Acaba de inaugurar el cuarto contenedor: el del Abono de Jardines Urbanos.

CASO 2

Mujer joven con útero prominente a causa de múltiples miomas que presionan la vejiga.  Camina por la 5ª Avenida madrileña con su pantalón blanco y la mochila a la espalda.  Siente un resquemor en el bajo vientre. ¡Merde! – piensa en francés por eso de estar en una calle mundana – ¡qué complicación!.  Se detiene en mitad de la acera e indaga bar para café y servicio de señoras, a ser posible, con papel en el portarrollos.  Los trajes, bolsos y relojes Dior, Loewe o Cartier espían con malignidad su figura: I’m sorry, milady, No bar here! Reinicia los pasos apretando las rodillas para sostener el dique.  Otra mujer viene hacia ella con su abrigo de visón, botas de amazona y melena cortada a lo Llongueras. La joven huele su perfume a lilas desde la distancia y, con el marcador de alergia cosquilleando la nariz, emite un estornudo que rompe la presa extendiendo el líquido amarillo a lo largo de sus pantalones blancos. La dama del visón se para en seco, dobla el cuello, mira la huella y abre la boca. La joven no se inmuta, descuelga la mochila de la espalda y la coloca tapando el surco dorado con total displicencia. En autobús tardaría 10 minutos en llegar a casa, andando poco más de media hora.  No vacila, esta tarde hará deporte con el bolso por delante a modo de triunfo.  Pasa al lado de la lady y, con esa chulería de la juventud, saluda con un: buenas tardes, señora mientras sigue su camino con expresión relajada y la vejiga vacía.

CASO 3

Mañana de mudanza a mi nuevo apartamento.  20 cajas apiladas cual torre de Pisa en el medio del salón. Sufro de estrés repentino y salgo a por un desayuno potente antes de empezar a abrir, repartir y colocar con calma, paciencia y ganas.  A las tres y media llega mi hija para dejar la cartera y regresar a su clase de teatro. Entra como un tornado: ¡ME HE HECHO PIIIIISSS! ¿DÓNDE ESTÁ MI ROPA? ¡TENGO MUCHA PRISA!. Repara en el fortín y ataca con las manos sobre los precintos adheridos al cartón.  Abrimos la primera: los platos. La segunda: los libros. La tercera, la cuarta, la quinta…. ¿TE HAS OLVIDADO MIS BRAGAAASSS? Volvemos al inicio, repasamos las grandes, las medianas, las pequeñas y ni asomo de ropa talla 12.  ¡RECUERDA, MAMI, RECUERDA DÓNDE LA HAS PUESTO! Invoco a Murphy y actúo en consecuencia: Mira la última, debajo de las láminas que no quieres colgar en tu habitación porque te parecen feas. ¡Voilà! Aparecen las bragas, los pantalones, camisetas y pijamas.  La  torpedo se lava, se muda, se larga y yo recojo los pantalones mojados para llevarlos a la cocina: hoy inauguramos la lavadora.

                                                                                        Almudena T.