SEVILLA Y OLÉ (II)

El sábado nos levantamos temprano gracias a la interpretación vocal y callejera de un grupo de rumanos pendientes de la recuperación en la asignatura de Por favor, guarden silencio que hay gente durmiendo. Miro por la ventana y a la puerta donde asoman dos caras enfurruñadas y somnolientas que presagian un litigio conmigo de saco para recibir los abucheos de su desacuerdo con los gallos que emiten los hombres vocingleros. Tengo avituallamiento para el desayuno pero deduzco que un buffet con jamón y tomate es más efectivo a la hora de mejorar el humor que un Cola Cao con magdalenas; no me equivoco y un par de horas después salimos dirección Sevilla con algo más de brío en los zapatos de deporte. 

El itinerario, según recepcionista, consiste en acercar a Manolito a la boca de Metro, aparcar en un espacio gratuito, tomar tren y arribar al centro de la ciudad en cinco minutos.  Pregunto indicaciones y después de pasar tres veces por delante del hotel (las rotondas son maléficas), me aproximo al punto destino con parada en un descampado a 100 metros de la entrada al suburbano: “estos andaluces a cualquier cosa le llaman párking gratuito” – comento a las mozas.  Descendemos, preguntamos a una peatona y responde que tenemos que caminar un trecho porque nos hemos quedado lejos de la meta.  No importa, el jamón ha hecho efecto y estamos energéticas y activas.  Cuando alcanzamos el objetivo, leemos un cartel en el frontal de una fachada: Metro.  Hay un ascensor exterior que sube por un riel que recuerda a la montaña rusa de un parque de atracciones; entramos, pulsamos el botón y el artefacto traquetea hasta llegar al top de la rampa.  Salimos a una especie de patio sostenido por cuatro columnas que huele a error en el intento por encontrar el Metro.  Volvemos al ascensor y bajamos al punto de partida desde el que atisbamos el acceso deseado con un precioso aparcamiento asfaltado a la vera del inmueble: mami, ese era el aparcamiento – comenta la Pepito Grillo que tengo como descendiente – ese y no el descampado donde se ha quedado Manolito (le gusta remachar sus argumentos).  Me hago la sorda y entramos en el recinto donde hay dos máquinas expendedoras de billetes con una única opción: Recargar tarjeta.  Miro la taquilla: cerrada. Pulso el botón de opciones y la pantalla sigue erre que erre con el recargar tarjeta que no tenemos en nuestra condición de turistas. Hay una mujer de la limpieza que me sugiere llamar a los interfonos distribuidos por el espacio (máquina, tornos, puerta). Obedezco y allí no responde ni el Tato, hago tres rondas por los pulsadores y a la cuarta decido pasar al plan B: Niñas, nos colamos.  La limpiadora me oye y replica: Señora, yo me voy a hasé la tonta pero como la pille el revisó, son 60 euros de sansión. Mi hija empieza a lagrimear contagiada del quejío andaluz:  No soy ilegaaaalll, mami, que yo no soy ilegaaaalll, no me obligues que no pasoooo, me quedo aquí aunque sea sola, que yo soy legaaaalll. Su amiga la mira y después a mí con expresión de pingüino pero soy la máxima autoridad y, como tal, consumo el plan después de comentarle la cuestión a la primera viajera que se acerca a las puertecillas del torno, pedirle que cruce rapidito para que nos dé tiempo a colarnos sin quedar aprisionadas por los cristales y agradecerle su colaboración con la ejecución de la trampa.  La chavala se encoge de hombros y nos hace el favor de permitirnos pegarnos a su espalda con el plus de un par de empujones de más a la disidente a quien le dedico una frase lapidaria: Hija mía, siempre hay una primera vez para todo.

El andén tendrá unos 120 metros de longitud pero los dos vagones del suburbano ocupan el tercio que hemos dejado atrás cuando nos hemos ido al extremo final para otear el paisaje.  ¡Mamá, corre que lo perdemos! – grita mi hija. ¡Corred! – grita su amiga.  Ponemos el turbo y subimos en el justo momento en el que el conductor pita para anunciar el cierre de puertas.  Tengo que hacer deporte, concluyo, pero mucho, mucho deporte... Recorremos cuatro estaciones con mi cuello al techo por si aparece el señor revisor y su libreta de multas pero tenemos suerte y bajamos en la Puerta de Jerez con alivio hasta que descubrimos que no hay modo de salir a menos que tengamos tarjeta para apoyar en el torno. Al otro lado de la barrera hay un musculitos de chaleco naranja con cartel en la pechera: Seguridad. Mi hija me enfrenta con los pelos tiesos: No se te ocurrirá hacerlo de nuevo, ¿verdad mami?, que yo no te conozco… Niego la posibilidad de repetir el jueguecito infantil del tren con un viajero generoso y me dirijo a las expendedoras de ticket plastificado donde conseguir la llave que nos devuelve al camino recto de la legalidad.  Pago religiosamente y abandonamos el recinto después de haber fichado como corresponde a la gente seria y responsable.

En la calle nos espera mi amiga Rocío para ejercer de cicerón por la urbe. Me disculpo por el retraso, le explico de nuestro infortunio y contesta:

¡Bienvenida a Sevilla!

Todavía estoy pensando si lo dijo por cortesía o por alusión a la costumbre que tienen los funcionarios del suburbano de ausentarse en sus horas lectivas. Es una duda existencial que tengo que resolver para evitar la corrosión de la conciencia como madre delincuente frente a la rectitud de su hija. 

¡Qué cosas, madre, qué cosas!

(Continuará..)