ESCAPADA A LA SIERRA DE GREDOS COMO TERAPIA CONTRA LA RUTINA

Habíamos pensado salir a las 10 de la mañana hacia la sierra de Gredos pero las Taboada, es decir, mi hija, la perra y yo, somos de habitual dormilonas y madrugar un sábado suponía un esfuerzo que no logramos cumplir.  A las doce en punto estábamos en la autopista en medio de un reguero de coches que circulaban a media velocidad como si quisieran alargar el fin de semana en horas robadas al estrés de los días laborables.  Mis acompañantes con la cabeza apoyada, una en la ventana y la otra en el asiento, se rendían al sueño acunadas por Morfeo mientras que yo canturreaba la música de un cd antiguo, que diría mi descendiente, a la vez que elaboraba la lista de tareas que había postergado con cero remordimiento en el pulso: compra, lavadora, polvo y plancha a pesar de ser una fan incondicional de la arruga si, a cambio, tengo que doblar la espalda con el artilugio de vapor sobre la mesa.

Llevaba un mapa de papel en las rodillas por mi desconfianza hacia  un GPS que más de una vez me la ha jugado con su vocecita despistada y chillona, las gafas con el cristal izquierdo (el derecho se perdió en algún punto que desconozco) y las ganas de enterrar el tambor de mis problemas en la nieve que arropaba la sierra.  Tarareé unos cuantos estribillos, pagué el peaje, subí un puerto, bajé, y, de nuevo, Manolito alzó los faros hacia la loma donde nos esperaba la habitación de un hotel cálido y acogedor, no sólo con las humanas, si no también con Arya a quien le habían preparado cama y bebida en un plato reluciente.

Abrimos las contraventanas y ahogamos el grito de alegría al contemplar las cumbres nevadas bajo un cielo azul que echábamos de menos en la ciudad.  - ¡qué pasada! – exclama mi hija con la misma pasión con la que la perra recorre la estancia con la cola abanicando el aire - ¡Qué pasada! - repite paralizada ante el cristal del que la aparto para irnos a buscar la cafetería con el apetito azuzando las tripas y el hatillo de ganas por salir cuanto antes a explorar el entorno.  

En recepción nos habían comentado de un recorrido de unos tres kilómetros alrededor del hotel, una media hora aproximada – informan – es muy agradable…Mi hija me mira confiada en mi orientación y yo simulo ser una india apache con instinto para detectar las señales que me lleven por el camino correcto cuando la realidad es que, con o sin brújula, a mí, si no me guía un experto senderista,  tengo un ciento por ciento de probabilidades de acabar en Sevilla tocando las castañuelas.  Abro la puerta con decisión y empiezo a caminar por lo que parece el sendero certero.  Arya corretea libre de la cuerda que la ata y mi hija arrastra las botas cuatro pasos por detrás con esa dejadez adolescente de estar perennemente cansada.  Hay hielo, charcos y caballos pastando indiferentes a las tres Taboadas aventureras de distinta condición: una de cuatro patas, otra de dos con el móvil en la mano para retransmitir el paseo a los colegas, y la última con el periscopio girando 360 grados por si encuentra un cartel de colorines que apague la bombilla de aprensión en el estómago: te vas a perder, te vas a perder, te vas a perder

Llegamos a una encrucijada: pueblo a la derecha, cámping a la izquierda. Debatimos opciones y gano a pesar de la marisabidilla que insiste en que los de la antigüedad no sabemos orientarnos tan bien como los milenials.  Levanto la vista a las nubes y resoplo buscando al zen en el horizonte blanco; me da en la nariz que no he hecho caso a la recepcionista (sin querer, lo juro) y que, entre un centro urbano con posibilidad de taxi o un cámping, posiblemente vacío, elijo la civilización donde pedir ayuda para retornar al hotel aunque sea con un par de bicicletas prestadas.  Está atardeciendo y los montes nos regalan el resplandor de los últimos rayos en su vestido de novia; apenas si escuchamos el relincho de un caballo, el chapoteo de Arya en los charcos y el silbido de la respiración entrecortada de una jovencita que se extasía con el panorama al mismo tiempo que pide volver porque lo de seguir caminando a ciencia incierta, como que ya no que se cansa…

Media vuelta pensando en si no debería haber dejado piedras, a modo Garbancito, para no acabar en las noticias de la tele:  Madre, hija y perra han sido halladas en buen estado de salud después de que su desaparición fuera denunciada por los familiares al carecer de noticias en las últimas 12 horas.  Ningún alma humana se cruza con nosotras, al menos tangible y que hable, de modo que nombramos a Arya perro guía por eso de que tan pronto se huele que volvemos a casa, se lanza a la carrera con el regocijo en el rabo alborotado.

A 50 metros del hotel encontramos un cartelillo:  Senda del pinar. Mi hija lo lee, mi mira reprobadora y dice: Era por aquí, mamá. - Pues sí – respondo displicente – tu madre tiene muchas cualidades, y una de ellas, es que sabe de dónde sale pero nunca dónde llega. ¿A que es divertido?Desde luego, mami, desde luego – y se ríe.

Esa noche saldremos al jardín, nos sentaremos en los escalones de piedra, miraremos el firmamento y descubriremos miles de estrellas parpadeando en el azul infinito del universo.

-        Me encanta, mamá, me encanta

Y a mí, tesoro – respondo a sabiendas que, algún día, ella tomará el relevo con un pequeñuelo o dos a quienes enseñarles el cosmos en la maleta viva de sus recuerdos.