SUEÑOS SIN CUMPLIR - VIDA REGALADA - Almudena T.

He ido a ver Mi gran boda griega, la segunda parte de una película divertida, amable y de las que, aparentemente, no dan que pensar. El cine estaba medio lleno y con esa suerte que Dios me dio, el hombre que se sentó delante era amo de una cabeza tamaño balón peludo que a poco me obliga a utilizar elevador de niños para no pasar el rato estirando el cuello hacia el tejado.

El argumento rondaba alrededor de una familia estrepitosa y surrealista que, cómo no, organizan una boda. Es curioso que una historia tan nimia a mí no me hiciera solo reír sino, también, llorar con las últimas escenas recordando mi adolescencia y el porrón de sueños que acumulaba después del beso de buenas noches y antes de quedarme dormida; quimeras con un maletín de médico, como mi padre, un marido estupendo, cinco o seis hijos, viajes alrededor del mundo y una relación idílica con hermanos, cuñados, sobrinos y nietos.

Si mis proyectos de entonces hubieran sido cruces en un boleto de quiniela no habría acertado el final de un solo partido. No soy médico, no hubo señor estupendo a largo plazo y tampoco descendientes numerosos, aunque si una hija excepcional y una relación familiar con un puñado de heridas de guerra. Rosa Montero, escritora y periodista, publicó un artículo en el que hablaba de un cordelito invisible que guía la vida por donde le apetece sin que nosotros podamos hacer nada para cambiarlo. Sé que parece fatalista creer que no somos nosotros quienes elegimos cómo y de qué manera vivir, pero no puedo evitar acordarme de su teoría cuando miro hacia atrás y examino cada decisión tomada con su consecuente cambio de rumbo como si, la nebulosa al aire sobre el colchón de mis quince años, se hubiera ido deshaciendo en mendrugos de un pan horneado con una harina distinta, sí, pero más auténtica.

Ahora tengo una hija que construye su futuro con la pasión incuestionable de su adolescencia. No le hablo del cordelito que tiró de mí para que fuera su madre, de señales imperceptibles en una carta o llamada de teléfono, coincidencias o casualidades para elegir su país de origen, el encuentro con el Hogar donde vivía o, incluso, ella misma entre otras 100 posibilidades con la necesidad urgente de ser rescatados de la orfandad. Hay tiempo para que descubra el hilo que marcó nuestro pasado y el que guíe su porvenir, aunque se enfade cuando me río al verla gesticular con la certeza de que yo no entiendo o comparto su forma de pensar. ¡Mira mamá! Tu y yo somos distintas, tu eres como la abuela y no entiendes que yo, aunque sea una niña, sepa per-fec-ta-men-te lo que quiero y lo que voy a ha-cer!

Permaneceré a la sombra de sus pasos hasta que crea que ya no depende de mí.  Seguramente no habrá una gran boda griega… o si…. una maleta, hijos, señor estupendo o cualquiera que forme parte de un destino soñado con la inconsciencia y ardor de sus catorce años pero, sea lo que sea que tenga que llegar,  me conformaré con verla firme y fuerte para saborear las guindas o vomitar, sin cicatrices, el moho de la hogaza de pan que conforme su propia vida.

 

                                                                               Almudena T.

 

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