EL PRECIO DE LA VOLUNTAD

Se despertó temprano para ser una mañana de invierno, asomó la nariz por encima de las mantas y el frío la retrotrajo hasta volver a zambullirse bajo el calor del embozo. Se estremeció disfrutando el momento más dulce del día, este en el que se desperezaba escuchando el rumor de los platos que su madre apilaba en el fregadero, el ladrido de los perros y el crepitar de la leña en el hogar para calentar el agua. La noche había sido especialmente dura y el hielo que empañaba los cristales tamizaba la luz ahuyentando los fantasmas cuyos retratos en sepia gobernaban las paredes del comedor con el marco gris de su apariencia. 

Parpadeó y esperó oír los pasos de su hermana abriendo la puerta de un golpe para ordenarle que se levantara e hiciera las faenas del hogar que ambas se repartían con distinto interés.  Teresa había nacido marcial y disciplinada, Carmen rebelde y soñadora por una vida lejos del pueblo donde la prioridad para las mujeres consistía en boda, hijos y la labranza de la tierra con la espalda rota y las manos agrietadas. La más joven de las hermanas odiaba el destino al que todos la empujaban porque la única opción posible era seguir la tradición de  generaciones reacias a conocer el mundo más allá de las fronteras del valle. La televisión, radio o teléfono mutaban sus cables por el boca a boca en los encuentros de vecinos en las ferias de ganado donde las noticias importantes giraban en torno a la maquinaria que, paso a paso, se abría camino para facilitar la labor en el campo, o en las cartas de familiares y amigos que habían abandonado el país en busca de nuevas oportunidades.

Maruja, amiga de Carmen desde que empezaron a compartir pupitre en la escuela, formaba parte de los viajeros emigrados a Caracas.  Tenía dieciséis años cuando embarcó rumbo a América y diecisiete cuando escribió las primeras letras pidiéndole a su amiga que se reuniera con ella: Aquí hace mucho calor y se trabaja duro pero podrás conseguir en un año bastante más de lo que puedas lograr en toda tu vida si te quedas en la aldea. Anímate y vente conmigo porque tengo una habitación para ti y conozco gente que te ayudará a encontrar trabajo. Somos muchos los españoles que estamos en esta ciudad acompañándonos unos a otros para salir adelante. Piénsatelo y decídete. Merece la pena.

Carmen lo pensó a lo largo del verano, sopesó pros y contras tratando de medir el precio de la nostalgia que tendría que pagar aun teniendo la voluntad tan clara. Era consciente de que la despedida sería definitiva, que no habría camino de retorno y que el rumbo elegido para iniciar una nueva senda entrañaría la soledad, temor y desamparo a los que tendría que enfrentarse con los nudos firmes de su convicción. Tendría que decir adiós al olor de su madre cuando la besaba en un acto inesperado de cariño, al gesto taciturno de su padre sorbiendo el tazón de vino agrio en las comidas, la algarabía del gallinero, la visita de Don José, el cura, de Paco el lechero y Amelia la manca. No los acompañaría en su entierro ni guardaría el luto en la negritud de la ropa aunque si en el corazón rasgado por la distancia sellada en la superficie del barco que los iba a separar.

Se frotó los ojos y empujó las mantas con decisión apoyando los pies en el suelo: hoy era el día. Se calzó las zapatillas, se envolvió con el mantón de lana y salió al encuentro de sus padres antes de que pudiera lamentarlo.

Entró en la cocina y los encontró sentados alrededor de la mesa debatiendo la organización de tareas. Carmen se  acomodó frente a ellos y, con la voz firme, declaró:

  • Voy a tramitar los papeles para emigrar a Venezuela.

Su madre inclinó la cabeza y, con el tono ligeramente quebrado, respondió

  • Lo sé. Lo imaginábamos