SEVILLA Y OLÉ - ÚLTIMO CAPÍTULO

Una vez superado el caos Madre-que-se-cuela-en-el-Metro con su hija cabreada nos disponemos a pasear por la ciudad con la cámara a todo trapo para retratar las maravillas que decoran sus barrios.  Al llegar a la catedral pregunto a las niñas si quieren entrar y ambas rechazan la idea por dos motivos: Uno: vista una iglesia, vista todas; Dos:  No creo en Dios. Miro de reojo a mi amiga y noto un ligero mohín de estupefacción por encima de sus gafas oscuras: Ni caso, Rocío, ni caso – le digo con resignación justificativa – son un par de pazguatas hormonadas con intereses culturales difusos, pero temo que no cuela y que mi cicerone andaluz se ha quedado en estado de shock. 

Nos adentramos por callejuelas atiborradas de una mezcla de turistas y locales reunidos para tomar el aperitivo en terrazas donde el sol aprieta el cuello acrílico, made in China, que me calcé por la mañana cuando la temperatura marcaba once grados.  Empezamos el destape para terminar en una mesa con un par de cervezas, montaditos y un cerro de ropa apilada en las rodillas.  No tenemos prisa ni itinerario planificado porque huimos del estrés que conlleva marcar rutas con horario establecido; prefiero andar al libre albedrío de las neuronas zen que al estatus marcial de las que siempre presionan para rellenar la lista de monumentos visitados como si fuera una carrera de ¡lo conozco! en cualquier reunión de amigos en la que prime la intelectualidad por encima de los chascarrillos cotidianos. Nada como caminar por las calles, impregnarse del ambiente, disfrutar del paisaje urbano y tapear en los bares para descubrir que la calidad de vida consiste en paladear los minutos de paz que se escapan de la cárcel de las inquietudes. 

Nos despedimos de Rocío y regresamos al hotel para que mis dos acompañantes muten su ropa viajera por la elegancia de un par de camisetas de estreno.  Sus maletas son pequeñas pero me asombra su capacidad para albergar mudas que lanzan al colchón mientras deciden cuál de ellas será la apropiada para una tarde de jovencitas escoltadas por una nodriza que no ha cambiado de vaquero.  Esta vez vamos a ignorar el transporte público porque acabo de descubrir que el Cabify cuesta sólo un euro más caro y, aunque tengo tarjeta multitrayectos, pensar en la ronda por los interfonos me oprime las ganas de repetir experiencia.  El cabifero nos traslada a Triana y de allí nos vamos a la taquilla del barco que navega por el Guadalquivir a velocidad de crucero.  Todavía hace calor de modo que subimos al primer piso y nos acomodamos, melena al viento quien la tiene, en la fila de los guiris nacionales.  Estando como estoy afiliada a las letras, me ha dado por sumar los metros de río que recorremos, dividirlo por la cantidad de pasos que hubiéramos dado en paralelo, anotar el precio de los billetes y descubrir, con gran arrepentimiento, que acabo de hacer el canelo. No refunfuño porque ha anochecido y el viento que nos azota el escote es frío como un paquete de croquetas congeladas; contemplo a las niñas teñidas de azul en las mejillas, blanco en las manos y rojo en la nariz: ¡Ea! Vámonos abajo antes de que se os ponga la cara de Nefertiti. No rechistan ni siquiera para indagar de quién estoy hablando (cultureta juvenil), nos vamos a la escalera para descender al abrigo del techado y esperamos el atraque con la vista puesta en el escenario de luces que reflejan su hechizo en la superficie del agua.

De vuelta al asfalto, y con tufillo a mutuo acuerdo, me convidan a dar un paseo mientras ellas se quedan en una terraza, con ración de calamares, para intercambiar confidencias propias de su edad y que, traducido al cristiano, viene a ser:  mamá, desaparece un rato que nosotras vamos a cenar solas para ver si ligamos. Lo capto a la primera y, como soy empática, les ayudo a elegir el restaurante apropiado en donde la media de edad de los comensales es de 50 años (sin acritud). Se sientan con las piernas cruzadas y ensayan una ráfaga de posturas a diestra y siniestra con la intención de simular aplomo en el experimento de nombre: Soy mayor. Fotografío el frontal y apuntalo el GPS del móvil para regresar cual Garbancito tecnológico por si acaso me pierdo en el transitar por el barrio.  Camino quince minutos, veinte, entro en una tienda de souvenirs, me enrollo con el vendedor, salgo, llego hasta el río, regreso, me acerco a la Giralda, vuelvo y llamo a mi hija para notificarles que mi misión de contabilizar los adoquines del suelo ha finalizado con éxito, tengo hambre y toca cerrar maletas con la ropa desperdigada en el dormitorio.

A las doce de la noche me siento frente a la tele sesentera, con una taza de Cola Cao y unas cuantas magdalenas, pensando en los kilómetros que me separan de mis deberes como asistente laboral, señora de la limpieza, ama de casa, madre disciplinada, hija amantísima, fontanera y manitas chapucera para componer los desperfectos. Miro la pulsera inteligente de mi muñeca y busco la opción del contador: 20.000 pasos y quema de 300 calorías.

Pocas… para mí que son muy pocas