ARYA, MI PERRA, ESCRIBE...

Querida ama,

Hace días que todo ha cambiado en casa, no me sacas de madrugada antes de salir hacia el trabajo, hueles diferente, en realidad, todo huele diferente desde que cambiaste tu rutina y, en consecuencia, la mía.  Si te fijas bien, hasta yo estoy más tranquila, no llamo tu atención para que juegues conmigo (ahora tienes tiempo para hacerlo), me lanzas la pelota y luego, cuando yo ya me tumbo en el sofá jadeando, te enchufas al móvil para ver a un señor con las piernas y los brazos arriba abajo mientras tú resoplas como una ballena cuando sube a la superficie del mar para escupir el agua por el surtidor de su lomo. No te ofendas que no te estoy llamando gorda, te lo juro, pero reconoce que hasta tu hija se burla de ti cuando te descubre haciendo trampas con las manos apoyadas en el suelo. Mira que te he oído decir que el deporte no es lo tuyo, que no corres ni detrás del autobús pero estos días, en los que pasas tantas horas encerrada, zapateas claqué mientras limpias el polvo, cocinas haciendo flexiones y friegas el suelo saltando con el palo de la fregona a modo bruja entre las piernas. Ver para creer, ama, ver para creer.

Tampoco te había visto llorar tantas veces al día, de hecho, creo que nunca te había visto llorar hasta que has cambiado de rutina. Aparece un niño cantando en un balcón de las noticias, y lloras, a las ocho de la tarde, cuando te asomas a la terraza para aplaudir, lloras, si te envían un mensaje con imágenes de gente maravillosa ofreciendo comida gratis a los sanitarios, lloras y, si se trata de una calle con los vecinos jugando al bingo, veo veo o coreando una canción, lloras. Vale, no estás deprimida que te conozco y para ti la depresión es lo mismo que el deporte, no va contigo, pero blanda, vaya si estás blanda como el almohadón de tu cama y, qué quieres que te diga, a mí me gusta verte con la sensibilidad a flor de piel porque reafirma tu condición de humana, bajita, dinámica, vital, sorda, miope, cabezota y optimista, en definitiva, humana.

Te escucho hablar por teléfono con hermanos y amigos, preocupada y, a veces, enfadada cuando se quejan por la gestión del gobierno.  Que yo sepa, tú no sueles envalentonarte para defender una u otra opción política, pero te enfurruña la facilidad con la que se juzga a quien contemplas desesperado por afrontar este caos con la mejor de las soluciones posibles. Abogas por la responsabilidad de cada uno en su parcelita privada, reivindicas el compromiso y te conmueves con la solidaridad y generosidad de la gente que utiliza el ingenio para socorrer a los abuelos que están solos y amedrentados.  Hay que ver lo que son las cosas, tú que eres muy achuchona, lo que más echas de menos es tocar y besar a los tuyos, acudir a la oficina y saludar a tus compañeros con un gesto recíproco de cariño, te mueres de ganas por regresar para celebrar que estáis juntos y que, todo aquello que os separaba, no eran más que un hatajo de tonterías si las comparas con la batalla contra un virus puñetero que tanto os tiene en jaque. El café en el bar de la esquina, antes de ir a la compra, el saludo con el camarero, la charla con la vecina del tercero en la escalera, la caricia a tu madre ausente, el chascarrillo con el vacilón de tu colega de despacho, las confidencias y risas alrededor de una mesa de cañas y tapas, el encargo de tu hermana, las tareas pendientes o el rollo de pensar en el menú de la cena, porque no has tenido tiempo de ir al supermercado, te suena a una gloria de la que no tenías ni la más mínima conciencia hasta hoy en que, por fin, has descubierto que lo pequeño no era tan insignificante, querida ama, no lo era.

Has cambiado las costumbres, ama, inventas recetas y el aire huele a guiso riquísimo que sólo percibía en los fines de semana. Sin embargo, el virus no te ha hecho más generosa y, aunque me coloco en la puerta de la cocina, ladeo la cabeza, te miro plañidera y sonrío, tú ni caso, el pienso de bolas marrones, agua y, si tengo suerte, un pedacito de pollo o salchicha. No sé cómo ladrar para que entiendas que te estoy llamando roñosa, cutre, egoísta…porque por la buenas no funcionas y, si no es por tu hija, que me da comida a escondidas, tú ni siquiera una miserable migaja.  No te maquillas, ni pones colonia para salir a la calle, no abres el armario y murmuras qué me pongo mañana porque te has aficionado al pijama de andar por casa, el vaquero para sacarme a pasear y poco más.  Te escucho hablar con tus amigas y reír a carcajadas cuando comentáis los vídeos divertidos que circulan por las redes y está bien, ama, está bien que te rías a pesar del encierro que a mí tanto me gusta por tenerte siempre cerca. Sé lo mucho que te preocupan los amigos que han tenido que cerrar sus negocios y tratas de mostrarte optimista con ellos aún sabiendo que el miedo les paraliza el alma y, cuando tu hija se pone burra porque está hasta los pelos de la prisión en la que se encuentra, acudes a los refugiados por la guerras, a su desolación en los campos, angustia y huida de una muerte segura para que entienda que no es tan terrible recluirse en las cuatro paredes de un apartamento con todos los medios a su alcance para poder distraerse (que no sea hacer ganchillo, que ya te oí proponérselo con la guasa que te caracteriza y a ella responderte que ni hablar del peluquín, que tejer como las abuelas era cosa de la antigüedad y que si ella había nacido en el siglo XXI era por algo.. así, tal cual, ama, tal cual).

Enfin, ama, que yo estoy feliz de pasar las 24 horas contigo, tu hija y el fantasma al que ladro cuando se pone pesado en la puerta del baño. Tienes suerte de que ése no hable, aunque a ti te ponga enferma cada vez que gruño a una madera blanca, enciendas dos varas de incienso y, entonces, tu hija y yo seamos las que protestemos porque nos ahogamos con su perfume.  No sé de dónde has sacado que esa cosa guía a los espíritus hacia la luz, como dices, el Pepe (no te apures que su nombre es idea mía) está muy cómodo aquí, dice que nosotras somos mucho más entretenidas que el edén y que, por mucho que te empeñes en que se largue, aquí se queda sí o sí.  Vete haciendo a la idea, ama, vete pensando que no vas a encontrar incienso que lo aleje de casa, ni agua bendita pulverizada ni rezos a Santa Rita que, seguro, anda muy ocupada ahora con tanto humano desesperado por un futuro incierto.

Es la hora de mi paseo y, como bien sabes, odio la calle de modo que, antes de que te vea levantarte para ir a buscar el arnés, voy a colarme debajo de la estantería para que cambies de idea y me dejes tranquila con un arenero como si fuera un gato.  Manía la tuya esa de sacarme a rastras tirando del rabo, no te muerdo porque soy una perra buena, pero caramba, ofréceme un trozo de filete y te prometo que salgo solita y sin protestar.

Querida ama, pase lo que pase, estamos juntas en esto.  No enfermes por favor, ni tú ni tu hija porque no quiero que me cuide nadie que no seáis vosotras dos. Y, por favor, cuando os dé por bailar reggaetón para pasar el rato, engrásate las articulaciones que, aunque te moleste, tu hija tiene razón al decirte que pareces una zombie.

Sin acritud, ama, sin acritud.

Te quiero