SEVILLA Y OLÉ (1ª PARTE)

Para mí que este trimestre tan largo entre las Navidades y la Semana Santa como que me ahoga el gaznate y, teniendo en cuenta mi condición de trashumante culo inquieto, no hay año en el que no me busque escapada finde largo a cualquier punto del mapa que me aleje de la rutina para elevar la serotonina y rebajar el estrés.

Hace una semana sentí el aguijón del vete-de-viaje-Taboada en la médula espinal y, tan pronto empezó a escocer, tan pronto le dije a mi hija: Nos vamos. Tenía dos opciones a elegir: Norte gallego, Sur andaluz que se redujo a la segunda porque a mi descendiente la visión romántica de los prados bajo la lluvia le producía sarpullido en la lengua plañidera y quejica por no hablar de su mejor amiga, Rocío, que se apuntaba a la excursión siempre y cuando Manolito Cuatro Ruedas Júnior nos llevara a la tierra de geranios y olé.

Así pues, reservé apartamento a las afueras de Sevilla, busqué canguro para Arya, cargué las maletas y salimos el viernes dirección Andalucía con parada en Córdoba para visitar la ciudad a lomos de un relámpago.  El tom tom me guio hasta una encrucijada frente a la Mezquita en donde había una placa pegada al muro con una flecha hacia arriba: Párking.  Miré fijamente con las gafas y luego me las quité por si la pared de piedra fuera un espejismo en los cristales de presbicia en el ojo derecho y miopía en el izquierdo.  Si hacía caso y seguía de frente, abollaba a Manolito, libre si giraba a la derecha e incógnita si lo hacía a la izquierda.  Seguí mi instinto y me decidí por la right donde había un semáforo que cambiaba de color, del rojo al naranja, en cinco segundos.  Mi predecesor en la fila arrancó y yo le seguí como una cordera a la vez que escuchaba un aullido procedente del asiento trasero:  ¡EL PALOOOOO!. Frené y me giré dirigiéndome a la platea: No gritéis que me asusto y podemos tener un accidente.  Dos caras pálidas me observaron ojipláticas: ¡EL PALOOOO! – insistieron con fervor casi religioso – ¡Por poco no te has comido el palooooo!.  Tienen hambre – pensé para mis adentros – esto es porque tienen hambre…Puse primera y empecé a conducir por una callejuela que me llevó a una plaza peatonal con un par de calesas aparcadas a la espera de turistas.  Bajé la ventanilla y pregunté por el aparcamiento al bandolero con guirnaldas que me miraba con ironía: Señora, se ha metío en diresión prohibida.  Ehto eh solo para los hoteles y ya se ha pasao.  Tiene que dar toda la vuelta para regresar donde ehtá el párking de la Meshquita.

Estoy de vacaciones y no me pone nerviosa, ni siquiera, la posibilidad de toparme con la autoridad pertinente que sancione mi infracción.  Pulso las luces de emergencia y salgo del embrollo para volver a la encrucijada. Giro a la izquierda, encuentro la P azul, accedo, recojo ticket, aparco, bajamos, salimos a la calle y antes de dirigirnos a la Mezquita me asomo al punto semáforo rojo-naranja intrigada con el palo: no es una barrera, es un pequeño cabrón que emerge del asfalto para detener los autos que tienen a bien colarse en el recinto destinado a los huéspedes con tarjeta codificada.  Mi hija señala con el brazo: El palo, mami, el palo…

El templo musulmán acoge decenas de turistas más pendientes de la cámara que de la belleza que encierran los arcos.  No es la primera vez que visito el lugar pero sí la primera vez que me irrita contemplar el boato de los altares católicos como intrusos de un morabito del que se han adueñado falseando su belleza.  Se lo explico a mis colegas hormonadas y responden con los hombros encogidos, la curiosidad apagada y el apetito suplicante en la mirada. Deduzco que la parte cultural está servida y que si quiero mantener el clima de paz que reina en el grupo, más me vale llenar los estómagos de salmorejo, jamón y bravas en el primer bar que sirva comida en horario ininterrumpido (son las cinco de la tarde…).

Hora y media más tarde reiniciamos viaje destino Camas (Sevilla) donde el GPS colabora conmigo para dar la misma vuelta a dos rotondas, pasar tres veces por delante del Leroy Merlin sevillano, otras dos por el Hipercor y acabar frente a un bloque de aspecto algo fantasmagórico con el letrero de la foto de reserva: APARTAMENTOS XXX.  Bajo del coche, me acerco a la puerta y llamo al timbre. La recepcionista es un solete que toma los datos con una sonrisa encantadora, ofrece las llaves de plástico cuadrado y nos informa del número de apartamento, piso incluido, en el que vamos a alojarnos por dos noches.  Las crías están excitadas por la novedad, pero su alegría dura el tiempo justo en el que reparan que no hay Wifi, su dormitorio tiene mosquitos y la televisión es tipo escultura de Botero en la que echo de menos la flamenca y el toro encaramados a la antigua usanza.  Entro en el toilet y la bañera muestra un desconchón negro la mar de decorativo en uno de los extremos, la mesilla del salón tiene una grieta que se amplía cuando apoyo la mano para coger el mando y las sillas cojean según les dé el aire del trasero que las ocupe.

  • Mamá – escucho la voz de mi hija - ¿Ya pagaste?

  • Si – respondo contundente – ¡Es barato y estupendo!

Escucho su suspiro

  • ¡Vaya tela!

(Continuará)