GUARDIAS RESALAOS

Ocurrió volviendo de una boda-barbacoa en la campiña donde mudamos el vestido de lentejuelas por un pantalón corto, zapatillas de deporte y camiseta con los que acompañar a los novios, sin chaqué, en una fiesta entrañable y divertida.  No iba sola pues me acompañaba una mozuela veinteañera cuyo parloteo me tenía atronados los oídos con la frescura de su juventud y el aliento de unos cuantos centilitros de alcohol en las venas. Habíamos pillado un buen atasco y cuando ya palmeaba el volante con la vista en el horizonte de las torres de Madrid, mi primer Manolito cuatro ruedas tuvo a bien calentar el motor y pararse en el arcén de una autopista cuajada de coches.

Salí del utilitario ahumada con el sofocón, abrí el portaequipajes y descubrí con horror que no tenía la parafernalia obligada por ley en caso de avería: no triángulo de advertencia ni chaleco reflectante.  Tomé el móvil y llamé al seguro con mi copilota recitando lista de probabilidades con la sapiencia que le otorgaba ser hija de un mecánico del automotor experto en bobinas, culatas, manguitos, embragues y correas de distribución.  Escuchando sus profecías mi glotis se estrechaba en proporción al número de euros en el coste de reparación sin contar, además, con el pedazo de multa que tendría que pagar por carecer del pack exigido por la Dirección General de Tráfico.

Diez minutos después apareció la patrulla de la guardia civil con la luz azulada girando en el techo por si no nos habíamos percatado  de su llegada.  Churri, mi copilota, se acercó con decisión a los dos gendarmes y, antes de que éstos preguntaran si habíamos parado para tomar el aire, espetó: ¡Hala colegas!¡qué rápidos! Tragué saliva... por si no era bastante haber incumplido la ley, ahora llegaba la sobrina del cuñado del novio para faltar al respeto de la autoridad con un tuteo inapropiado. Sonreí con el mejor de mis encantos y enseguida empecé a gemir con la esperanza de lograr que ninguno de los dos vigilantes de la seguridad vial reparara en mis infracciones.

-          ¡Buenah noshe! – saludó el mayor de los dos con acento andaluz- ¿Qué le ha pasao ar coshe?

-          ¡Que se ha calentao! – respondió mi Churri – para mí que es un manguito del radiador que se ha roto.

-          No se han dado cuenta…. No se han dado cuenta… (pensé yo)

-          ¿Has llamado a la grúa? – intervino el más joven

-          Si – replicó mi Churri – pero con el atajco que hay a saber cuándo llegan…

-          No se han dado cuenta…. No se han dado cuenta… (repetí para mis adentros)

-          ¿De dónde vení?

-          De la barbacoa en la boda del cuñado de mi tío.  Yo estoy que reviento y ahora tengo una fiesta de cumpleaños con mi banda a la que no sé si ir porque he comío demasiado y no me abrocha el pantalón.

-          ¿Y no tenéis morcilla? ¿O chorizo? – preguntó el joven – Podríamos tomarnos un pincho mientras viene la grúa..je je

Bizqueo, ¿he oído bien?

-          Qué va, tío – nos lo hemos papeado tóo

-          ¡Vaya! ¡qué pena!

-          Pero sí quieres te pués apuntar a la fiesta de esta noche. Vamos a la discoteca Aluzina y no empieza hasta las once.

-          Ya me gustaría pero tengo turno hasta las siete..

El guardia maduro me mira y, encogiéndose de hombros, me invita a entrar en el coche e intentar arrancar el motor.  El píloro sigue en estado de chok pero le hago caso, me siento, introduzco la llave, giro y mi Manolito ruge las turbinas con verdadera alegría.

-          ¡Olé con la guardia civil! – jalea mi Churri

El agente maduro me da una palmadita en el brazo y me recomienda poner la calefacción a tope (estamos a mes de julio) para evitar el segundo calentón de la noche. Llamo al gruero y me propone alcanzarme en una plaza cerca de mi casa para echar un vistazo no vaya a ser que me quede plantada con la Churri en mitad de la calle.

-          Ea, vamos – termina el agente con hambre de chorizo – os acompañamos un trecho por si tenéis algún problema.

Mi copilota les da un beso, yo no, se sube al utilitario y empezamos a rodar con los agentes motorizados como escolta. Espío la vecindad por el espejo retrovisor y descubro la curiosidad de sus pasajeros asomando las cabezas por la ventana tratando de averiguar a qué grupo del famoseo pertenecemos: si al de Hollywood, cantaoras y artistas o a políticas con poder entre los leones del Congreso.

Entramos en la circunvalación y los amiguetes de uniforme nos rebasan moviendo la mano en señal de despedida:

-          ¡ Adiós guapas! – grita el pollo más joven

-          ¡ Adiós enrollados! – responde mi Churri

Cuando entro en casa tomo el móvil y llamo a mi amiga la novia:  Lola, no te lo vas a creer, la Churri y yo hemos venido a Madrid escoltadas por la Guardia Civil

-          Almudena, ya te advertí que el vino que trajo mi cuñado era demasiado fuerte.

-          No si ya te he dicho que no me ibas a creer...