LOS JUEGOS DE LOLITA

Hacía mucho tiempo que no hablaba con Sara porque tanto la una como la otra andábamos a mil por hora.  Sabía de Lolita por mi hija pero, como es habitual entre adolescentes, la versión filial de su amiga llegaba cargada de comentarios acerca de la poca o cero empatía de los padres con los problemas gravísimos de su hija: el granito de acné en la nariz, la prohibición de llegar más tarde de las once a casa, el menú con verdura (a la que es alérgica porque le sienta fatal..) o el desorden sistemático de la habitación porque el tiempo que dedica a estudiar no lo emplea en recoger los calcetines que, además, y porque Kike lo maleduca, se los zampa el gato a poco que entre en el dormitorio al que Lolita tiene prohibida la entrada para evitar la bronca de sus padres que no entienden, o han olvidado, lo que es ser niña de su edad.

Hemos cenado ya cuando marco el teléfono dispuesta a pasar un buen rato.  Tarda en responder pero, cuando lo hace, su voz está alterada y afónica al cincuenta por ciento.

  • Hola Taboada.  Te iba a llamar yo pero este sinvivir me tiene frita.  Supongo que María te habrá contado las últimas novedades aunque con esa visión tan particular de las niñas (qué bien la conoce..).

  • Bueno, ya sabes lo útil que resulta filtrar la información eliminando el: en plan de, es que no puedes imaginar, es importantíiiisimo, no escuchas, no entiendes, no sabes….

  • Exacto, pero lo que seguro no te ha contado es la última chaladura de mi querido esposo (retintín).  Resulta que ahora se ha apuntado a un gimnasio porque empezaba a tener barriga cervecera y, en lugar de suprimir el botellín, se sube a la cinta, que yo llamo, lava-conciencia, para correr los cien metros que aguanta sin bajar la velocidad a la de un patinete.  El caso es que su vecino de aparato es un psicólogo infantil con el que ha hecho buenas migas y con el que sale a tomar un aperitivo, naturalmente con caña, después de la hora haciendo ejercicio metiendo tripa cuando pasa cerca el monitor (me juego el tipo a que lo hacen).  Se llama Antonio y tiene una consulta especializada en las relaciones entre padres e hijos cuando éstos cumplen 13 años o, lo que yo digo, cuando empiezan a ponerse burros. Ricardo le habló de Lolita y su interés especial en llevar hasta el límite nuestra paciencia, le contó del rum rum diario con sus quejas, gruñidos y blás blás blás que se callan (bendito sea) cuando duerme. Pues aquí, el colega del pchicólogo, va y propone un jueguecito para fomentar el diálogo y la comunicación que, según su teoría, es infalible para conseguir la paz familiar.

  • ¿Un jueguecito? Sorpréndeme…

  • Se trata de reunir a los implicados en una mesa frente a una jarra de algo que sepa asqueroso, por ejemplo, agua con sal y mostaza (invento de Ricardo), y a continuación, establecer un turno de preguntas a las que hay que responder con sinceridad a menos que no se quiera contestar, en cuyo caso, estás obligado a beber un trago del brebaje. Mi amado marido pensó que era una idea maravillosa y no se le ocurrió nada mejor que ponerla en práctica con su hija, es decir, él, ella y yo en la cocina con Kike en el salón viendo dibujos por eso de que todavía no le ha llegado su hora – resopla - ¡uf! ¡Qué mal ha sonado eso!.  Bueno, al grano, le dimos la oportunidad a Lolita de ser ella la que empezara a preguntar y quince minutos después ya habíamos terminado el juego por imperativo paterno.

  • ¿Tan rápido? ¿Pues qué fue lo que os preguntó?

  • ¿No te lo imaginas? – vuelve a resoplar – que si cuándo habíamos perdido la virginidad, que si practicábamos sexo oral, que si habíamos tenido aventuras extramatrimoniales, que si sabíamos lo que era un gatillazo o si en la antigüedad, es decir, en nuestra juventud, los preservativos eran de colores o en blanco y negro como en las pelis que tanto nos gustaba poner en la tele.

  • ¿Sólo preguntas de sexo?

  • No, naturalmente que no, también tipo, por qué nos molestaban los calcetines en el suelo si tropezarse con ellos no hacía daño, el caos de su cuarto, los suspensos cuando ella era tan responsable y estudiaba (eso sí, admitía que con la música a todo trapo) infinitas horas (si llega a una me doy por satisfecha), las horquillas repartidas por la casa, y el timbre del Whatsapp a cada minuto porque teníamos que entender lo importantísimo que era tener muchos amigos y no estar sola en el horrible mundo que le había tocado vivir por todo lo que oía en las noticias y que le hacían convencerse de que estábamos a punto de morir todos cuando los chinos inventaran bombas atómicas mucho peores que las de la Guerra Mundial en la que se destruyó Jiromena

  • ¿Jiromena?

  • Hiroshima, Taboada, Hiroshima en lenguaje lolita-no-tengo-ni-idea.

Me río.

  • Si tú ríete cuando te cuente que Ricardo y yo nos bebimos media jarra hasta que él dio un golpe en la mesa, dio por acabado el juego, envió a su hija a estudiar, cogió el móvil y llamó a su amigo para decirle que cuánto cobraba por la consulta porque, fuera lo que fuera, le parecía carísimo.

  • ¿Y qué pasó al final?

  • Que descubrimos que mostaza con sal produce gastritis.  Te lo digo más que nada por si se te ocurre probarlo

  • No pensaba hacerlo

  • Ya… me lo imaginaba…