BLÁ BLÁ BLÁS

He inventado el término Blá Blá Blás para todos los agentes comerciales que contactan conmigo para ofrecerme el oro y el moro en un contrato en el que la letra pequeña oculta la jugarreta con la que las grandes compañías exprimen el fondo monetario del usuario. Soy peleona por naturaleza pero más brava que el Cid Campeador cuando descubro que, además, me han vendido humo en una cajita dorada; me irrita enormemente el abuso y la voz de los teleoperadores, últimos monos en la empresa que nos cruje el bolsillo, tratando de solucionar lo que ya no tiene remedio porque nos han atrapado en la cárcel de sus insidias.

La Organización de consumidores amontona reclamaciones y quejas que derivan en cartas de disculpas con la justificación apuntando el párrafo de serigrafía minúscula al que hemos ignorado porque el brillo precedente nos ha dejado ciegos a menos que hayamos espabilado lo suficiente para leer hasta el último punto con las gafas de la conciencia.  Confieso que me he tragado muchos sapos a costa de estas pequeñas salvedades con el consiguiente cabreo por no haber sido lista para detectar que bajo el papel amarillo había un usurero imposible de enfrentar porque no interesa que sus datos estén visibles para evitar una revolución que no se va a producir porque estamos demasiado cansados de bregar contra los titanes de maletín de cuero. Usureros y codiciosos forajidos parapetados por un call center que recibe los aullidos del pobre diablo al que han engañado con mentiras y al que, jóvenes con infinita paciencia, secan el vómito de su rabia con cuatro frases de cortesía y poco más.

Mis últimos blá blá blás proceden de una telefonía móvil y una comercializadora de hidroeléctricas.  Estos eran buenos, rápidos, eficaces y embaucadores como nadie y, aunque no recuerdo los nombres, la grabación debería premiar su labor como captadores de clientes gracias a una verborrea incuestionablemente convincente. La comercial de la Compañía de gas tenía tan bien ensayado el discurso que bastaron 10 minutos para atolondrarme y aceptar la oferta con un SI del que me arrepentí un par de horas después con las neuronas asentadas en el lago de la razón.  Traté de recolocar la información con coherencia y descubrí que no me había enterado de los beneficios que supondrían contratar sus servicios a la vez que mi correo se llenaba de mensajes agradeciendo mi incorporación a su plantilla de clientes crédulos y aturullados por un espejismo que, cuatro días más tarde, aún no he sabido descifrar.  En definitiva, la blá blá blá logró su propósito al conseguir mi afiliación y yo incrementé mi complejo de inútil por no haber sabido reflexionar antes de arrojarme al precipicio de la ignorancia con el temor a que la próxima factura se multiplique descabalando el presupuesto del mes.

La de la telefonía móvil fue otra señorita con una bolsa de golosinas adornada con una tarifa que no admitía un me lo pienso.  Me envió el documento con las promesas y garantías policromadas con una cláusula final en tamaño mini que especificaba:  en caso de desestimar la oferta una vez el técnico haya realizado la instalación, el cliente será penalizado con 150 euros por el servicio prestado. Unos minutos después del me lo pienso ya estaba la empresa de instalación llamando para enviarme al operario esa misma tarde con todo tipo de posibilidades horarias para facilitarme el trámite.  Pensé en la blá blá blá del gas, en cómo me había colado el gol en mi propia portería y, con las mismas, respondí que estaba en período de reflexión electoral, que mi casa estaba cerrada a visitas por orden de la presidenta, en decir, yo misma, y que una vez hechas las deliberaciones oportunas, me ocuparía personalmente de confirmar o negar el acceso a mi humilde morada. 

Visto lo visto, me envalentoné y decidí tomar la iniciativa para comunicarme con los blá blá blás de la competencia en aras de reducir el número del deber que aparece en mi hoja de Excel con los gastos y demás quebraderos de cabeza.  Acudí a un centro comercial para recorrer los mostradores con la oferta propuesta por la blá blá blá de la telefonía guay que envíó el documento en forma de texto y que no se podía imprimir porque no existe en la web.  La botica de expendedores de promesas estaba en franca desmejoría pues ni intención, ni ganas, ni formación suficiente para rebatir con reclamos más apetecibles. Otearon la pantalla apretando el ratón como quien pasa las fotos del verano por si lo han pillado haciendo nudismo en la playa: lo siento, señora (lo odio), el sistema no ofrece alternativas.  Rasqué las cuatro canas de mi cocorota y me pregunté dónde estaban las blá blá blás telefónicas que habían echado el suculento cebo para que yo picara, qué marcaba la diferencia entre el entusiasmo de las primeras y la apatía de los segundos, cuánto cobrarían por soportar los reproches de los usuarios y si ganaban comisión por cada pez que introducían en la cesta de los incautos que se creen en las manos de un pescador más benévolo. 

Blá blá blás que pueblan calles y circuitos como sirenas maléficas a la orden de empresarios avariciosos cuyo poder rige (desde la sombra) los gobiernos que presumen de proteger al ciudadano.  Somos carne de cañón cuando se trata de servicios de primera necesidad: luz, gas, agua, teléfono…eternos indignados con el precio del consumo, impotentes, rabiosos y resignados ante un enemigo intangible que blinda su poder con el escuadrón de hombres y mujeres a quienes otorgarles un sueldo miserable a cambio de vender humo negro con la evidencia de que a todos, en mayor o menor medida, nos resulta del todo imprescindible.

Estamos atrapados en un redil como corderos conformados con las cuatro briznas de hierba que los pastores nos lanzan desde la valla dorada pero la pregunta es: ¿Hasta cuándo?