UN DÍA MÁS - HÉROES ANÓNIMOS

 

He perdido la cuenta de los días de confinamiento porque mi atención está puesta en una rutina que pinto con colores brillantes para evitar  los grises de la incertidumbre y miedo que acechan desde la suela de mis botas. No hay menos, hay más, uno más para recuperar lo que el viento se ha llevado con la ponzoña de sus pavesas, uno más para liberarnos de su insidia, uno más para celebrar el triunfo con el último aplauso en los balcones de la resistencia.

Mi amiga Nathalie me cuenta que se le ha roto la silla en mitad de una clase de franchute impartida por video llamada, caído despatarrada hacia atrás y mostrado la voluptuosidad de sus pantorrillas a los alumnos conectados puntualmente a su pantalla – escríbelo, Almu, escríbelo – me pide, y eso hago con la risa en los dedos al imaginar la escena de una película de Charlot en versión francesa: Nat de bruces en el suelo, las zapatillas de felpa ondeando cual banderines sobre los mástiles de sus piernas enfundadas en pijama, la cara de los estudiantes al descubrir que su profesora se ha esfumado de repente para ser suplantada por una uve de tela con ositos amorosos y el aullido proyectado en el español de toda la vida: ¡Mierda, Mierda, Mierda, qué leche me acabo de dar! 

Por otro lado, la tenia ha despertado en el estómago de mi hija que no para de engullir desde que asoma la cabeza por la puerta hasta que le doy el beso de las buenas noches.  Eso tiene su punto pues he pasado del comemos cualquier cosa a poner creatividad en el plato con decoración gourmet que ella fotografía para futuros chantajes cuando regresemos a la normalidad de una cocina austera. A mí no me vengas luego con que no te sale, que te conozco mami, que te conozco, y sabes que a mí, sin florituras, como que se me quita el hambre… Y sí, estoy de acuerdo en que es divertido, pero lo que no me hace tanta gracia es el gen de mariscal de campo que ha salido de la trinchera para ponerme a punto con una tabla de ejercicios cada tarde a las seis.  Ha sido todo un descubrimiento enterarme de músculos de los que no tenía ni idea formaran parte del cuerpo humano y que, ahora, crujen con auténticas ganas de llamar la atención. La mariscal Taboada se enfada si intento hacer trampa, ordena, exige y su madre, es decir yo misma, acato pensando si me salté alguna cláusula en el acta de adopción que dijera: su hija tiene dotes de mando.  No sé, creo que de haberlo leído, la habría educado empleando la pantufla voladora de mi madre cuando nos rebelábamos a su autoridad con puntería certera.

Asimismo, daba por hecho que la sensibilidad se calmaría en el transcurso de los días de confinamiento pero me equivoqué y no hay noche en la que no me acueste después de haber abierto un par de veces el grifo de mis pestañas.   Patricia, mi vecina de la puerta de al lado, ha tejido 40 mascarillas con telas y puntillas que tenía almacenadas en el taller de su casa.  Me llamó para decirme que me dejaba una en el pomo de la puerta y, el resto, en una caja sobre el aparador del portal con un cartel: Mascarillas solidarias. Mi amiga Geno está esperando material, donado por anónimos, para coser con su máquina lo que mi hermana, médico, necesita para llevar con urgencia a su centro de trabajo. Sé de gente que se está organizando para hacer la vida más fácil a los enfermos así como me ha llegado un vídeo en el que un bombero explica cómo, cada mañana durante los tres días en los que se ha levantado un hospital en las instalaciones del recinto ferial del Ifema, encontraba filas de cientos de voluntarios expertos en fontanería, electricidad, albañilería o, simplemente, hombres y mujeres que habían acudido en masa para ofrecerse en cualquier tarea que pudieran ser de utilidad. Héroes anónimos, decía el hombre de azul, tan valiosos y dignos de aplauso como los miles de sanitarios, militares, policías, ingenieros, técnicos, científicos, costureras, psicólogos y tantos otros que salen a la calle, sin afán de protagonismo, para construir los muros de contención con el granito de su maravillosa arena.

A menudo he pensado en lo que significaría tener mono de algo como el alcohol o la droga, pero nunca imaginé que yo lo tuviera de abrazar a mi madre a pesar de saberla ausente.  Mi hermano, también médico, me cuenta de lo doloroso que es acudir con la ambulancia al hogar de un enfermo para trasladarlo al hospital porque ha empeorado en casa. Me habla de la impotencia al no poder tocarlo cuando empujan la camilla, la despedida porque creen que ya no vuelven, el llanto incontrolable y la angustia que mi hermano trata de tamizar con mensajes de optimismo. Cara y cruz de una bofetada que el destino nos ha pegado a todos por sorpresa y, no, no me vale que se cargue toda la responsabilidad de la epidemia a la manifestación del 8 de marzo, me irrita que culpabilice al ciento por ciento un evento que defiende los derechos de las mujeres y se esquive, en idéntica proporción, la irresponsabilidad al permitir la celebración de partidos de fútbol en los estadios repletos de aficionados, mítines políticos o conciertos carentes de butacas vacías. Si hay que buscar culpables, si hay que mirar con lupa, que sea circular y hacia todos y cada uno de los encuentros masivos de ciudadanos que seguían creyendo en el “esto no puede pasar aquí”.

Sobreviviremos, resistiremos y nos fortaleceremos porque no hay otra, no hay dos alternativas, sólo una: seguir adelante.  Y volveremos a las terrazas de los bares, al saludo afectuoso, al roce de un abrazo, la sonrisa de bienvenida, el despertador de las seis, las prisas por llegar a tiempo, el enfado por tal o cual cosa, los chascarrillos y planes de fin de semana, el cumpleaños con velas en un pastel, la cena postergada y las meriendas de domingo en casa de mi madre. Antes de lo que pensamos estaremos repasando estos días con cientos de anécdotas, algunas divertidas, otras tristes, pero siempre, siempre con la convicción de que ganamos la batalla al formar parte de un equipo humano en el que la solidaridad gana por goleada al individualismo, la generosidad a la cicatería y el privilegio de contar con la vanguardia de un batallón de héroes anónimos a los que les debemos lo más preciado que tenemos en sus manos: la vida.