UNO DE ESOS DÍAS...

 

Me despierto con Leo (es el amo de la intuición) dando voces en la cabeza: hoy no es tu día, insiste el puñetero, prepárate que hoy no es tu día. No le hago caso, positivismo y optimismo, Taboada, me digo y añado: Leo, tómate unas vacaciones, anda, que me duele la cabeza.. Me ducho, desayuno café con tostada, saco a Arya e inicio periplo de tareas no-tengo-tiempo-de-lunes-a-viernes. Cazadora plumífera, gorro, bufanda king-size, mochila y deportivas no-fashion para dirigirme al primer destino: el taller de joyería donde deposité un anillo para reparar la deformidad de su esfera, hace un par de meses, y que, temo, se quede para oferta de segunda mano si no espabilo y hago acto de presencia.  Horario antes de Navidad: Martes a sábado a mediodía. Horario 2019: De lunes a viernes.  Conclusión:  2 km de distancia, cuatro calles cuesta arriba, 3 semáforos y 10 pasos de cebra para topar con un cartelito en la puerta: CERRADO.

Tus muertos – me digo para mis adentros y contrarresto – positiva, Taboada, positiva… Segunda estación de la travesía sabadeteña: Cajero automático donde no cobren comisión. Dos manzanas, un semáforo y puertas y ventanas pintadas de blanco con un nuevo cartelito: Nos hemos trasladado. Percibo las carcajadas de Leo en el zumbido de las meninges: ya te lo decía yo – se burla el traidor – ya te lo decía yo. Tomo aire, inflo pulmones una, dos, tres veces, encasqueto el gorro empinado en la coronilla y calculo los metros que me separan del próximo dispensador situado en el límite de mis ganas de caminar. Paso.

Tercera estación: Telepienso.  Tengo bono de descuento a caducar en dos días, la vida está muy cara y unos euritos son unos euritos.  Diez manzanas, tres semáforos, cero pasos de cebra y puerta acceso a estanterías para adquirir dos juguetes para perra-que-se-pone-pesada, por valor del crédito regalado. Me acerco a la Caja con el mensaje en el móvil:  Buenos días, tengo el código de un vale que quiero utilizar antes de que caduque la vigencia.  La dependienta es muy amable y certera:  ¡Ay, Almudena! (me conoce), ¿No necesitas nada más? Te lo digo porque tienes que gastar un mínimo de 50 euros para que te aplique el descuento. Inflo los pulmones (están rígidos), contemplo las pelotas de mi mano con la vista real y el saco de pienso, lleno, con los ojos imaginarios de la memoria. Va a ser que no, tengo la despensa a tope – respondo decidida – bye bye disccount trampa de los señores directivos de la empresa (soy muy erudita cuando quiero evitar el ¡Sinvergüenzas!). Devuelvo los toys a su gancho, me despido y salgo a la calle dirección supermercado (es lo que me había propuesto después de una semana megasúperestresante: supermercading y sofáning). Cinco manzanas, dos semáforos, cuatro pasos de cebra y cero carrito de la compra.  Objetivo: leche. Resultado: verdura, fruta, arreglo paella, azafrán, refrescos, lácteos, pan y pollo. Subida por la escalera mecánica con tres bolsas repletas a dos céntimos el plástico. No llevo leche. Se me ha olvidado.

Abro la puerta del dulce hogar y Arya corre hacia mí con la lengua fuera.  No hay toy - le digo - timo descuento.  Se conforma con una salchicha. Preparo comida, recojo platos, enciendo la tele y suena el telefonillo: el chapuzas contratado para poner foco Hollywood (sin él, la habitación parece una sala de tanatorio) en el espejo del baño (había olvidado su visita…). Sube con su guardaespaldas. Entran en la estancia, cortan cables, unen hilos, coloca bombilla: No funciona.  El hombre se rasca la cabeza – lo siento, pero te vendí el último foco y está roto. Tendrás que venir el lunes para que te lo cambie y, en cuanto pueda me acerco a colocártelo…Respiro tranquila, el mal rollo lo tiene él porque yo no tenía cash y la hucha de mi hija (a la que recurro en momentos oportunos) está vacía, resumiendo en cinco palabras, de haber acabado el trabajo me habría quedado en deuda.

Los Pepe Gotera y Otilio se marchan y aireo con spray de limón el rastro a buitre que han dejado filtrado en las paredes.  Me arreglo y vuelvo a salir a la calle para rematar el supermercading de la mañana.  En la entrada me encuentro con una amiga, nos saludamos, ponemos al día y accedemos a los estantes de Bajada de Precio, próximo a caducar. Suena el teléfono y leo: Hija. ¡Mami! – tiene la voz llorosa – Me encuentro fatal, me duele la espalda, la cabeza, las piernas, tengo ganas de vomitar, he ido al baño tres veces, ¡vuelveeee!. 

Me despido de mi amiga, paso por Caja, pago, recorro las manzanas, semáforos y pasos de cebra con paso acelerado.  Subo a casa, tiene fiebre, la llevo a la ducha, refresco la piel, atizo ibuprofeno, cambio las sábanas, la acuesto, le doy la bienvenida a la gripe y, cuando regreso a la cocina para vaciar la bolsa, recuerdo:

¡Joder! - ¡la leche!