CARBALLIÑO - Almudena T.

Te asombras cuando miras los brotes del roble diseminados bajo su sombra dorada.  Te inclinas y acaricias con tus dedos las bellotas abiertas al cielo entreverado de nubes, al aire fresco del monte, a la luz de un sol que juega a esconderse entre las ramas del bosque.

Eres niña de ciudad, de libros con fotos de ríos, mares, flores y letras en negrita que aprendes a tragos de minutos robados al juego;  Escuchas hablar del respeto a la naturaleza y te hablo del amor y el mimo que ella necesita como tu cuando tienes sueño, fiebre o te duele la garganta.  Crees que sabes lo que digo pero no es cierto porque hasta hoy, nunca habías escuchado su voz ni respirado su aliento.

Te tomo de la mano y te guío hasta el tronco más grueso para que apoyes tu oído en su superficie arrugada.  Cierras los ojos con un punto de ironía en la sonrisa: “mi madre está loca” musitas divertida, pero hay magia en el ambiente y, sin pretenderlo, te dejas llevar hacia el interior del árbol para confundirte entre sus astillas viejas.

Ya no hay libros, ni letras en negrita ni fotos de flores de colores brillantes, es la vida lo que tocas con el tacto de tu piel, el latido de tu afán por un universo inadvertido al que acabas de asomarte con tus sentidos despiertos.

Siempre te ha gustado que te cuente anécdotas de la aldea con sus espíritus errantes sobre suelos de madera carcomida.  Te asusta si le añado mis particulares efectos especiales pero son mis recuerdos, exagerados quizá, pero mis recuerdos.  Sé que, si  no te atreves a salir sola de la cocina, es porque temes cruzarte con un espectro y que subir al desván, morada de ratones y telarañas, es un reto que no afrontarías ni con la mejor de las promesas.

Te he hablado de veranos de siega con hoces y guadañas, de carros repletos de hierba donde encaramarnos como un premio otorgado por los mayores; de tojos que se clavan sin piedad en la piel desnuda y de mantones de lana áspera con los que protegernos de la helada; sin embargo nunca te conté de las tardes de excursión a nuestro bosque, éste en el que estamos ahora, el que nos apropiamos como si fuéramos bandidos perseguidos por una justicia imaginaria.

Traer las vacas a pastar aquí era siempre una novedad y una alegría para tus tíos y para mí.  La robleda era espesa entonces, como también umbría y misteriosa.  Tumbados sobre la tierra, guardábamos silencio con la esperanza de que un lobo bajara del monte para acceder a nuestro escondrijo.  Luego, hartos de esperar y con la ropa empapada, volvíamos al lado de Maruja, la hermana mayor de tu abuelo, para escuchar leyendas familiares que nos relataba con diferentes versiones según le alcanzara la memoria.

Carballiño era el personaje de una de esas historias y el que más nos fascinaba porque, según contaba, deambulaba por el bosque mascullando palabras ininteligibles con su cabeza perdida. Lo llamaban O Tolo Carballiño[1] y a pesar de nuestras múltiples expediciones, con mayor o menor disimulo, nunca habíamos sido capaces de topar con él para ver qué aspecto tenía.

Tolo Carballiño era un enigma del que no teníamos más información de la que recibíamos con cuentagotas por parte de familia o amigos.  Si preguntábamos su edad, rasgos o cómo iba vestido, la respuesta era un  Dejadlo en paz que espoleaba nuestra curiosidad hasta el extremo que, cuanto más más intrigados estábamos, más nos disponíamos a emprender cientos de empresas con el objetivo de lograr acorralarlo.

Nuestros métodos detectivescos mejoraban año tras año pero Tolo Carballiño nos esquivaba o, en todo caso, se ocultaba en algún rincón que nunca logramos descubrir. A veces, teníamos el presentimiento de que era él quien nos espiaba emitiendo una combinación de silbidos que nos hacía correr de un lado a otro para terminar, exhaustos y malhumorados, en el mismo punto de partida.

Era un juego excitante con normas que Carballiño establecía y que nosotros aceptábamos algo decepcionados porque no conseguíamos una pista, una nota o una especie de premio a nuestro esfuerzo como exploradores contumaces. Un juego que acabó bruscamente la noche del incendio, la más larga de nuestros veranos, la que nos devastó el corazón con una marea de cenizas.

Nadie supo qué lo provocó ni qué pudo ocurrir para que los robles fueran devorados tan rápidamente por las llamas, pero si que, aquél día, cuando escuchamos los gritos, cuando salimos corriendo al camino, cuando divisamos el horizonte aterrorizados, nosotros no sólo estábamos perdiendo nuestro paraíso sino, también, el encanto de la niñez.

Hombres y mujeres sofocaron el infierno hasta bien entrado el amanecer.  El panorama era desolador pero más aún ver a los mayores llorar con lágrimas silenciosas sobre la piel agrietada de sus mejillas toscas, recias, ennegrecidas por el hollín.

La naturaleza es sabia – nos dijo Maruja con su pertinaz optimismo – ya veréis como el próximo verano vuestro bosque estará como nuevo.

Tu tía tenía razón pues los vecinos organizaron partidas entre la gente del pueblo para limpiar el suelo de madera calcinada, eliminar basura y replantar la tierra con árboles y arbustos con el fin de que los supervivientes crecieran con su fuerza renovada.

- ¿Y Carballiño?  ¿Qué fue de Tolo Carballiño?

Resoplo y continúo con la historia…

- Carballiño vino aquella tarde a visitarnos con ramas de roble germinando entre las mitades de un puñado de bellotas. Fue su manera de decirnos que nada había cambiado entre nosotros y que, algún día, aquellas semillas que él nos regalaba, servirían para recuperar el verdor de nuestro laberinto encantado.

        ¿Cómo era? ¿Sigue vivo? ¿Puedo verlo?

Sonrío de nuevo para responderte con los duendes de la aldea cosquilleando en la boca

  • Cariño mío....  déjalo en paz

 

                                          

Publicado por la editorial Casiopea en el libro Mujeres Viajeras



[1]En castellano: El loco pequeño roble