MALLORCA - ÚLTIMA ETAPA

La isla de las ensaimadas es la última parada de una travesía que ya echamos de menos aún sin haber desembarcado.  He elegido visitar las cuevas del Drach con la excursión programada por la naviera y en la que la guía nos ameniza el recorrido con historias y chascarrillos que acortan el tiempo de circulación por un paraje llano y que, creía, más verde. Me doy cuenta de lo mucho que he echado de menos los montes, valles y acantilados gallegos a lo largo de estos días de viaje por las islas que se anuncian con imágenes de arena blanca y mar verdeazulado que acaricia la piel con la tibieza de la que carece el Atlántico, pero soy rara y, en mi fuero interno, reconozco el pellizco de niña enfurruñada que pide por la cresta de olas que espolean al corazón con corrientes de escalofrío presionando los tobillos.

Decenas de estalactitas nos reciben cuando iniciamos la bajada al interior de la gruta. Catedrales de columnas deformadas por el agua que se desliza, gota a gota, a lo largo de los siglos, y laberintos de arcilla que esconden el latido de la naturaleza ahíto de vida en cada mineral que conforma su estructura esponjosa. Tengo la impresión de estar invadiendo un terreno que no nos pertenece y al que asediamos con el ruido de las voces, los pasos y el clic de móviles tratando de retener la belleza en el cuadro de su pantalla. Somos intrusos vigilados por fantasmas y duendes como camaleones mimetizados con las paredes rugosas, cotillas de lo que consideramos de nuestra propiedad encaramados al olimpo de los reyes que destruye la matriz que los cobija con las bayonetas de su prepotencia.

Rocío y yo queremos despedirnos del viaje con un baño en una cala a la que llegamos subidas a un taxi cuyo conductor nos advierte de las dificultades para encontrar un transporte que nos devuelva al buque antes de la hora fin del embarque.  Nos jura que la playa se llama Illetas pero el cartel del chiringuito en el que nos deposita se puede leer bien claro:  Playa Comtessa.  Somos confiadas con el taxista y escépticas con el tablón por muy grandes que aparezcan las letras: estamos en Illetes. Cargamos nuestras mochilas y bajamos a la arena de una bahía torpedeada por la multitud que no nos cede más que un pedazo de roca para apilar los bártulos.  No importa, somos generosas y tolerantes con el turismo local y, en consecuencia, nos lanzamos al agua con rugidos de alegría en plan club de fans enloquecido por un David Bisbal cualquiera.  Nadie repara en mí que soy la que más grita idiotizada por el calorcillo del agua; ni en mí ni en mi amiga que se une al concierto coreografiando mis gritos con el kazachok y los brazos en posición arsa y olé.  Me alegra verla tan entusiasta por la conjunción de folclores, la suponía tradicional en sus gustos pero ese baile ruso mezclado con la sevillana modifica mi perspectiva de su personalidad hasta que un golpe en mi pierna me impulsa al país soviético con el susto clavado en los talones.

-        ¡Co…!, Almudena – exclama la (ahora) ex - bailarina – ¡Ehto etá lleno de pese!

Acechamos el fondo marino y allí no aparece un solo pez que nos zarandee las piernas. Levantamos la barbilla, ampliamos el círculo de vigilancia y nada, ni la sombra de una aleta.  Unos minutos después, los traidores con escamas vuelven a azotarnos los gemelos para desaparecer sin darnos tiempo a maldecir su osadía, miramos alrededor y deducimos que, o bien los bañistas están acostumbrados a su presencia, o bien estos animales flotantes nos tienen gana por eso de haber nacido foráneas.  Insisto en que somos generosas y tolerantes pero tanto kazachock nos agota y, en consecuencia, decidimos recuperar nuestro trocito de roca para secarnos y llamar a un taxi que nos venga a recoger.

La teleoperadora pregunta el punto de encuentro y respondo:  Playa Illetas con el cartelón de Comtessa apuntalado en el suelo.  La señorita me garantiza veinte minutos que se alargan a cuarenta.  Marco de nuevo: 

-        Buenas tardes, milady (lo pienso pero no lo digo), hace más de media hora encargué un coche para trasladarme al buque y aquí no aparece ni Blas (traducción libre de lo que en realidad dije)

-        Pues no sé, pero me temo que el chófer ha recogido a otros pasajeros. – responde la dama – espere que voy a enviarle otro que tardará unos diez minutos.

Ni diez, ni quince, vuelvo a marcar y descargo una serie de reprobaciones a un servicio que deja mucho que desear… recibo disculpas y la garantía de un tercer coche en menos de lo estipulado.

El sesenta y seis coma seis por ciento de las Dynamo miramos el reloj pelín tensas, se nos hace tarde.  La aguja sigue su camino y allí ni la bombilla verde en un techo blanco.  Nos ponemos de acuerdo en subir la calle al recordar una parada de autobús, no muy lejos del bar, como último recurso para regresar al puerto. Llegamos a una encrucijada y le pedimos a una mujer local que nos confirme el nombre del punto-mapa indicado como referencia a la operadora: Comtessa – responde la joven – Illetas está al otro lado de la curva. Deglutimos saliva y, en esas, nos percatamos de un taxi que baja hacia la intersección, donde estamos paradas, con el conductor inclinado sobre el volante como buscando a un cliente concreto.  Tal cual lo vemos, tal cual Rocío se propulsa al centro de la calzada con los brazos en alto:

-        ¡SOMOS NOSOTRAAAASSSSS! ¡PARA! ¡QUE SOMOS NOSOTRAAAASSSS!

El conductor la mira con gesto de no, bonita, que estoy pillado, y sigue su camino sin darnos la oportunidad de explicar que su colega (el muchacho que nos transportó a la beach) es el verdadero responsable del error en la terminología adjudicada al arenal con mar en el que nos hemos bañado. La desolación nos embarga hasta que descubrimos un autocar con número que suena a ciudad y, con el turbo en las sandalias, nos encaramamos contentas al escuchar que la ruta pasa cerca del puerto.

Descendemos un cuarto de hora más tarde y nos dejamos guiar por el instinto para recorrer un laberinto de callejuelas con la respiración agitada: - No te preocupes – consuelo a Rocío – ningún capitán se atrevería a dejarnos en tierra a sabiendas que se queda con dos adolescentes huérfanos de madre.  No sé cómo explicártelo… sería un marrón.. Sin embargo, mi amiga trota cual pony en feria a la vez que gira la cabeza para cerciorarse de que sigo en la retaguardia resoplando cual vaca frisona: - Tranquila, tranquila – hablo con hilo de voz – que yo llego, tranquila que yo llego

El pasillo de entrada nos recibe con dos marineritos que comprueban las tarjetas y las de otros tantos rezagados que caminan sin prisa porque sobra tiempo para el flush flush de la sirena que anuncia el desembarco.  Las dos terceras partes de las Dynamo toman el ascensor y se van directas a la piscina para recuperar el aliento y a la miembro número tres que nos recibe con su cócktail sin alcohol y una sonrisa de bienvenida:

-        ¿Qué tal lo habéis pasado?

Estupendo, fue la respuesta de entonces, pero cuando mi gente hizo la misma pregunta unos días después, la boca vibró con la narración de encuentros inesperados y la complicidad en las venas, música y secretos compartidos, risas infantiles, puestas de sol, copas en la terraza y la convicción de que la singladura por el Mediterráneo me regaló mucho más que la visita a un puñado de islas con playas caribeñas o mercadillos de artesanía porque lo que me traje de vuelta, lo que arraigó en la memoria, fue la certeza de haber sido feliz, simplemente feliz.