EL CASTILLO DE NAIPES

Soy una sensiblera empedernida y, como tal, lloro a borbotones con los finales infelices en las comedias románticas o en novelas en las que el rencuentro de los amantes queda expuesto a la imaginación del lector porque el autor, a quien secretamente odio, ha tenido a bien regocijarse con la incertidumbre que genera en el cerebro de los que queremos más y mejor.

Y tanto si son famosos como si forman parte de mi círculo de amigos, disfruto con los cuentos de amor a menos que terminen por peteneras cuando una o ambas partes renuncian a preservar el remusguillo en el vientre, la pasión en los besos y la complicidad sin fisuras que amarguen la blandura de lo cotidiano.

En el barrio en el que nací había una mujer, algo mayor que yo, con quien coincidía en la tienda de botones que regentaba su cuñada como un juglar de cotilleos que alargaban en horas los minutos dedicados a la compra de un dedal.  Se llamaba Pilar y su historia de amor era como para creer en el happy end de un cuento de hadas en el que el marido, compañero de instituto, había dedicado varios años de su juventud a enviarle bengalas de atención a un cariño del que ella recelaba porque su principal objetivo consistía en perseguir la independencia necesaria para viajar por el mundo antes de enredarse con responsabilidades familiares. Lo logró a medias pues, tan pronto terminó la carrera, se buscó trabajillos con sueldos susceptibles de pagar la autoescuela con la que aprobar el carnet de conducir y comprarse su primer coche en paralelo a la persistencia de su Romeo con tarjetas y una frase: te quiero

El azar tomó la palabra y resolvió acelerar el final de la trama con un accidente del que Pilar salió ilesa por una argucia del destino a la muerte presente en el arcén, y que ella esquivó con la conciencia alerta de lo que podía haber perdido. Un par de meses más tarde, con el susto aún metido en el cuerpo, la muchacha escribió una carta a su eterno pretendiente de la cual, me contó, no recordaba nada más que el sobre que él blandía en las manos cuando se presentó en su casa para decirle: Pilar, tú te casas conmigo.

Hubo boda e hijos con quienes me cruzaba en la calle cuando iba al mercado y ellos al partido de fútbol en el parque de la plaza.  Mi vena de sentimentalismo se hinchaba como un globo al pensar la novela de amor fraguado en el alma de un señor al que nunca había visto pero que presentía un Richard Gere a lo Pretty Woman con bastante menos fortuna en las cuentas bancarias. Habría dado lo que fuera por leer la carta de Pilar y la expresión de él al recibirla como en los fotogramas de una película que mi mente elaboraba con todo lujo de detalles.

Años después, cuando ya me había mudado de barrio, regresé a la mercería y pregunté a la dueña por su cuñada que, enseguida, me contó que el matrimonio se había divorciado porque el caballero se había enamorado de una nueva Julieta veinte años más joven, me habló de lo destrozada que estaba Pilar y de cómo los niños habían sido colocados en el centro de un ring de boxeo legal para conseguir la custodia.

La mercera no cesaba de parlotear mientras yo iba desmontando el castillo de naipes con corazones por la arena de mi desencanto. Y, al igual que me habría dirigido a cualquier otro hombre incapaz de madurar porque vive atrapado en la piedra filosofal de la eterna juventud, repliqué hacia mis adentros:

¡Idiota!