MAMÁ EN SOLITARIO

Soy madre en solitario y apetecible, como suelo decir cuando estoy inspirada para soltar tonterías, de una adolescente prototipo de aventurera emocional con sacudidas que oscilan entre la infancia y la edad adulta a la que se va a tener que acoplar si no quiere permanecer en la isla de los Niños Perdidos con un novio vestido de Peter Pan.  La maternidad fue una opción elegida con plena conciencia de que iniciaba una andadura por terrenos llanos y abruptos con el instinto como brújula apuntando a una única y codiciada meta: que mi hija fuera feliz. El propósito era muy claro pero las asignaturas de esta especie de carrera universitaria, en la que obtener el doctorado es tan complejo, pertenecen al ámbito de la serenidad, aciertos y equivocaciones, riesgo, miedo, incertidumbre, a veces culpabilidad, otras convicción de haber actuado con criterio y, lo más importante, un motor inagotable de amor que impulse a tirar de la cuerda aunque la personita atada al otro extremo nos lleve al borde un precipicio rotulado con unas cuantas sentencias: Estoy agotada, me rindo. Apáñate tú como puedas.

A lo largo de los años he escuchado alabanzas sobre mi fuerza y energía para educar a una niña sin un compañero con quien compartir la carga, pero muchos de los que me halagan olvidan que hay infinidad de mujeres que, estando emparejadas, no dejan de ser las máximas responsables de soportar el peso de la educación de sus hijos, su cuidado, toma de decisiones y el orden en lo que se refiere a proporcionar seguridad a lo largo de su infancia.  No digo que no haya hombres que compartan o, incluso, se ocupen en mayor medida que sus mujeres en la atención a los pequeños chupópteros que nos consumen con sus exigencias pero, desafortunadamente, seguimos a años luz en la equiparación de deberes mientras existan caballeros anclados en el patriarcado y, por otra parte, el sector femenino continúe portando el morral de la culpabilidad cada vez que cede su parcela al masculino por considerarlo incapaz de aprobar el examen de paternidad con un título honorífico que lo glorifique.

Recuerdo una tarde en la que me presentaron al primo de una amiga mía en un encuentro fortuito en la calle.  Era un hombre relativamente joven, treinta y tantos años, me dio un beso y a continuación comentó:  Así que tú eres Almudena. Me han hablado mucho de ti porque has adoptado una niña tu sola – sonrió mefistofélico - ¿Y no echas de menos un marido para criarla?.  No lo pensé ni un segundo y, con esa impronta Taboada que suele ocasionarme conflictos respondí: Pues sí, ahora que lo dices sí, en dos ocasiones: para llevar el equipaje y cuando tengo que cargar la escalera para ir a ver la cabalgata de los Reyes Magos. Escupí la grosería y me arrepentí de inmediato cuando noté cómo se ponía rojo hasta las orejas mientras su novia hacía un gesto de reprobación hacia él con un movimiento de cabeza. Balbucí que tenía prisa y continué mi camino renegando de los genes heredados de una tía cuyo mal genio nos tenía a los sobrinos arrinconados en el comedor de su casa.

Admito que no es fácil, nada fácil equilibrar la balanza entre la tradición de la zapatilla como arma educativa y la tendencia a suavizar las frustraciones con la ausencia de límites que los niños necesitan.  Hemos confundido allanar el camino con tirar las vallas que circunscriben parcelas de tierra firme para que los pequeños corran desorientados, se enreden con la maleza y, luego, cuando intentamos que regresen al corral, nos reten con la prepotencia de quien se sabe victorioso en la batalla que los ha enfrentado con los padres en el bando de los perdedores. Me desplazo por el terreno de la duda con ecuaciones interrogativas que me tienen perpleja, indecisa y preocupada porque el resultado de mis decisiones saldrá impreso en la estabilidad emocional de mi hija en la medida en la que se enfrente a sus propios demonios.

Ser la única patrona del barco no tiene un mérito especial porque conozco muchas parejas en las que la mujer es quien distribuye su tiempo entre trabajo, niños y calculadora entre ingresos y gastos con el teléfono ahíto de números comerciales para rebajar las facturas emitidas por los forajidos de empresas que nos venden los servicios indispensables a precio de oro. No me siento ni más valiente ni más tozuda por criar en solitario, tengo alrededor de mí una multitud de referencias con las que comparto la misma aventura y con las que me confabulo para defender nuestra condición en el caso de encontrarnos con algún despistado que mantiene prejuicios basados en el pensamiento medieval de que una mujer necesita un marido para salir adelante. Recuerdo con especial ternura un librito de contabilidad que mi padre rellenaba cada noche al acabar la consulta con ayuda de mi madre; lo encontré no hace mucho y me conmovió leer la última fecha en la que él escribió y la primera en la que su viuda había tomado el relevo con la angustia de afrontar en soledad la crianza de cinco hijos.  No tuve en cuenta su coraje ni medí la presión que tuvo que soportar en el pecho dolorido hasta que adopté a mi hija con la maleta henchida de temores.  Sin embargo, y de algún modo, crecer bajo la sombra de una mujer independiente, aunque fuera a la fuerza, me enseñó a dirigir el timón de mi vida con una soltura dilatada de soberbia a la que soslayé cuando la vida me zurró donde más dolía para revelarme que no existe el no hace falta, que yo no era inquebrantable y que el cariño de mis hermanos y amigos más fieles fue lo que me sostuvo en la barca sobre la que navegaba con un butrón repentino en la proa.

He oído que muchas personas que han perdido a su madre, jóvenes o mayores, en los momentos antes de morir, piden por ellas o les dicen que ya van como si ésta estuviera esperándolos. Inventé una frase que repito a mi hija sin cesar: vayas donde vayas, hagas lo que hagas, digas lo que digas, yo siempre estaré contigo. Parece amenazante pero no lo es y ella lo sabe; sin embargo y con la esperanza de que no lo lea, tengo que reconocer que ahora que la explosión de sus hormonas me sitúa en el ring de la paciencia, hay días en los que cambiaría la frase por una palabra contundente: Fin.

No hay modelo de familia perfecto ni necesitamos estereotipos para defender cuál de las situaciones es la idónea para que los niños crezcan felices porque la felicidad no es la meta o, en todo caso, no debería serlo si queremos evitar hundirlos en el charco de las frustraciones. Madres, padres, tíos, abuelos… qué más da si de lo que se trata es de saber que, vayan donde vayan, digan lo que digan, estén donde estén, hay una figura que protege, vigila y acompaña hasta que ellos baten las alas con la seguridad de ser suficientemente fuertes para disfrutar de los envites del viento aunque éste sea huracanado.