ENFADADA

A todos aquell@s que utilizan las redes sociales para derramar lo peor de sí mismos 

 

Estoy enfadada contigo, te llames como te llames, irritada con tu maledicencia, aturdida por la crueldad y desprecio que destila el acento de tus mensajes, atónita con la frialdad de la saliva con la que empapas las letras de tu teclado, intrigada por la cara que luces y la cruz que escondes entre los pliegues de tu camisa.  Te crees protegido/a con el poder efímero de un anonimato que expande el ego con los likes que recibes, individuos que aplauden tus fobias enfermas de intransigencia, pseudónimos de una manada que se nutre, como tú, de la hierba envenenada.  La amargura es el dios al que veneras y el odio el fusil que utilizas con la munición de tu bilis; quizá te hagan gracia los reproches que recibes, quizá te burles o, quién sabe, notes un picazón incómodo en el cristal de tu conciencia, si es que todavía la mantienes limpia a pesar de los despojos con los que tú has decidido vestirte.  No te engañes, ni te creas el/la más fuerte por el daño que provocas, sé un poco más valiente y más listo/a para enfrentarte a la debilidad de tu espíritu y a la soledad que lo habita, desafía la rabia que anida en tu sangre con un vaso de besos y caricias, refúgiate en las páginas de un libro que te abrace con ternura, una canción, un paseo por el parque o el lametón de una mascota; huye de truenos y rayos que azuzan tus miedos, húndete en los calcetines de aquéllos a los que agredes con la superioridad de tu ignorancia, sacúdete el polvo con el que firmas el vuelo de un boomerang que vuelve a ti con la ira incrementada, libérate de amarguras que gobiernan tus entrañas y baja el número de expectativas al simple hecho de respirar con los pulmones vacíos de rencor.

Estoy enfadada contigo, te llames como te llames, enfadada y esperanzada en que no sea contagioso el virus de tu grosería para que no alcance a aquéllos que creen encontrar su identidad a la sombra de tu inquina. Mírate desde fuera, júzgate con argumentos plausibles y, si a pesar de todo, te mantienes firme en tus comentarios obscenos como un pobre Salomón de lo justo y de lo injusto, hazme un favor, cuando la vida te devuelva el daño que solo tú provocas, ten al menos el coraje de aceptar su medicina con la misma energía que empleas para disparar el desdén de tu corazón infectado.