EL CHICO DE ROJO

Hace unos meses que me encuentro con un chico muy joven, quizá de unos diecisiete o dieciocho años, en cada paseo con Arya por un callejón no muy lejos de mi casa.  No importa si es a mediodía o a las once de las noche, subo por la calle, giro a la izquierda, camino cuatro pasos y allí, en la contrafachada de un edificio, aparece él con su anorak rojo, cascos del mismo color, media melena de rizos negros cayendo desordenados sobre la frente, deportivas y un móvil al que contempla fijamente mientras balancea su cuerpo como la proa de un buque que navega en alta mar.

Desconozco el tiempo que permanece encerrado en esa especie de burbuja en la que se introduce y cuya superficie trasluce el gesto imperturbable de sus facciones.  A veces me gustaría quedarme escondida detrás de un muro para espiar sus pasos cuando regrese a casa, calcular los minutos que permanece ensimismado y, en un alarde de sinvergonzonería, preguntarle por qué ha elegido cobijarse en un lugar tan frío con la música y la soledad por compañía. Se lo cuento a mi hija y, con esa convicción poderosa de su carácter, replica contundente que lo deje en paz, que lo más seguro es que su situación familiar sea complicada y necesite huir de un padre o madre que lo maltratan, o bien, de una abuela enferma de alzheimer que agota su paciencia con la cantinela de sus desvaríos. Le comento de mi curiosidad y tristeza cuando conjeturo a propósito de su desamparo y responde categórica: No te metas, mami, que te conozco. No te metas, no preguntes o le hables porque es mayor y él sabrá lo que se hace.

Pablo, lo he bautizado así, no fuma y, aparentemente, no bebe pues nunca le he descubierto con una botella. Su pelo ensortijado no parece descuidado; tampoco es alto ni flaco si no más bien algo regordete, calza deportivas limpias y marca la rutina sin saltarse un ápice la hora en la que se mantiene de pie con la mirada fija en la pantalla del móvil con los cascos de orejeras coloradas.  Los paseos de Arya no son tan disciplinados porque mi perra (con genes de gato) no se caracteriza por ser especialmente aficionada al asfalto ni mucho menos socializar con los de su especie o algún que otro humanoide que le inspire desconfianza, ella es la reencarnación de un ermitaño y Pablo el lobo con quien ha establecido una curiosa relación basada en un cruce de miradas que ambos intercambian a hurtadillas cuando rebasamos la pared en la que el chaval se recuesta.

Me intriga que un chico tan joven elija una guarida tan expuesta a la curiosidad ajena y no el parque que hay un par de manzanas más abajo; me resulta extravagante y audaz su actitud severa frente a la de cualquier otro miembro de su generación con las hormonas en rebeldía contra el planeta que habitan y me intimida, aún más, su decisión de romper la barrera que nos separa, hace sólo un par de días, con una frase expelida a bocajarro: 

- ¿Conoces a Román? - preguntó echando hacia atrás los cascos - Acaba de pegarse un tiro...