LA INFANCIA DILUIDA

Regreso a la aldea para despedirme de mis mayores. Alicia se consume día a día con su expresión ausente, Virginia parlotea sin cesar con el desvarío de su demencia y Manolo, mi dulce Manoliño, se desvanece entre sondas y escayolas sobre el respaldo de su sillón. Me acerco y le digo que es el hombre más guapo del mundo, sonríe y musita un gracias que casi me hace llorar.

Ya no pertenezco aquí. Los muebles, la era, los manzanos bajo los que temblaba con leyendas de almas en pena, se han convertido en extraños que observan con frialdad el perfil de mi figura. El aire de la montaña borra los veranos de siega con hoz y guadaña, de carros crujientes bajo el peso del heno, gallinas cacareando en la madrugada, mugidos de la vaca que pare y el aroma a leña que crepita en las tripas de una cocina de acero.

Años de una casa que me apropié por ser hija y nieta de los primeros moradores y que nunca fue mía a pesar de la sangre que, según los ancianos, nos unía en una misma corriente. Mi retrato no estará entre las fotos de los que murieron, aquéllas en blanco y negro colocadas con pulcritud sobre el aparador con olor a naftalina; antepasados que me escrutaban con la seriedad de su semblante y cuyos espíritus vagaban por el tejado a tenor de lo que contaban mis hermanos mayores.

Tampoco pisaré de puntillas el suelo traidor que alerte a mis tíos de nuestra rebelión ante la obligada siesta, ni las voces recias de los vecinos exhortando al ganado por el lodo del camino.  No rezaré en la iglesia arrodillada en el reclinatorio cedido por las mujeres, ni espiaré la barandilla del piso superior para calcular el número de hombres que acuden a Misa a pesar de reproches y condenas de Don José, el cura del concello. 

Dejaré atrás las plácidas tardes en los pastos verdes, el temor al vagabundo que arrastraba los pies para llevarse a los niños insumisos, a las moscas que enturbiaban los días de sol y los platos de loza cuyos agujeros se sellaban con pedacitos de tela porosa. 

Iré a un establo vacío de animales y recorreré los muros con los flecos de la memoria, encontraré el hueco de mis tesoros y las briznas apagadas del tojo reseco.  Aspiraré el olor a estiércol, a leche recién ordeñada y a sudor de cuerpos que envejecen sin conocer el descanso.

Bajaré al lavadero de piedra y encontraré el sumidero por donde fluye el agua en su trayecto hacia el prado.  Buscaré la vieja fregona con la que taponar el agujero de salida y esperaré a que el líquido cubra la superficie para sumergir las sábanas de mi niñez con un taco de jabón Lagarto. Luego, extenderé la ropa bajo las nubes y otearé el otro lado del valle para vislumbrar la niña, mujer ahora, con su silueta inclinada sobre la huerta con la bata cruzada en la cintura y el cesto repleto de fruta para vender en la próxima feria.

A continuación, robaré un puñado de cerezas con las que subir al pajar donde trasmutaré los ladrillos de su fachada por los maderos de antaño. Me tiraré al suelo y acecharé al gato con la frente acoplada al espacio entre los bordes de las traviesas. El polvo de la hierba penetrará en mi nariz provocando un estornudo que silenciaré con un pellizco de los dedos: no quiero delatarme. Me burlaré del felino en su fracasado intento por cazar una paloma y, cuando por fin renuncie, saldré de mi escondite para perseguirlo hasta la puerta de la cancilla donde me detendré en seco: está prohibido salir fuera.

Y allí, con la espalda apoyada en la hilera de barrotes herrumbrosos, tornaré a esta tarde de verano para contemplar mi infancia diluirse en un viento exento de melancolía.

Sonrío con el corazón ligero de nostalgia y los brazos abiertos a un horizonte cálido y luminoso:

Mi niña me está esperando.

 

Publicado por la editorial Casiopea en el libro Mujeres Viajeras