LOS TEJADOS DE LA CATEDRAL DE SANTIAGO - Almudena T.

Buceando entre carpetas antiguas encontré la foto que aparece entre las letras de mi relato:  Los tejados de la catedral de Santiago, el lugar adonde antiguamente los peregrinos llegaban para culminar el trayecto. Las cúpulas se deterioraron tanto que tuvieron que cerrarlo durante años para evitar peligros de derrumbe, pero está reformado y visitarlo es casi una obligación para quien quiera recrear el espíritu con la huella de aquellos caminantes y la húmeda caricia del viento.

El guía nos enseñó el chamizo donde vivía el guardián con su ganado, la fachada construida como un mural que cierra una plaza, pero no un edificio de viviendas, la tradición de quemar la ropa sobre la piedra y, conjeturé, los rezos con promesas, empeños o voluntades consumadas.  Vale todo, allí vale todo porque nada hay más elástico e inagotable que un corazón hambriento de deseos que se escapan del control de nuestras manos.

Mi padre murió un mes antes de mi décimo cumpleaños y las plegarias de antes de dormir se convirtieron en un registro de peticiones que empezaban con el aprobado de un examen y acababan con un convence a mamá de que no nos vayamos a América.  Franco estaba en las últimas y los herederos andaban expandiendo rumores de cataclismos apocalípticos si los españoles aupábamos a los socialistas, comunistas o radicales de la izquierda con cuernos y tridente.  Amén de la tragedia que representaba la pérdida de mi pequeño dios, escuchaba el miedo en la voz de mi madre contagiado por los periodistas leales al movimiento y que, según ella, jamás escribirían nada que no fuera cierto.  Si leía un editorial o columna vaticinando las iras del infierno, mi madre levantaba la vista sobre las hojas del periódico y dictaminaba solemne: como las cosas se tuerzan nos vamos a vivir a América.  El efecto de su sentencia incitaba a mi imaginación para facturarme al  far west con John Wayne, los indios y las chicas del saloon agitando el can can sobre la cara de los sucios y harapientos vaqueros. Suspender un examen no era tan terrible como la imagen del desierto con los cowboys cubiertos de polvo, sedientos y acechantes a la horda de apaches que, aunque eran mis favoritos, siempre aparecían como los malos y feos de la película. El beso de buenas noches era el resorte para empezar la lista de súplicas con el por favor, por favor, por favor  hasta que caía en la cuenta que no había realizado la introducción adecuada, es decir, no me había santiguado, rezado el Padre Nuestro, el Ave María o el Jesusito de mi vida…La impaciencia por reclamar lo esencial abolía las reglas sin una pizca de mala conciencia, al fin y al cabo, si Dios era tan bueno, entendería que lo urgente no eran las oraciones sino acatar mis deseos porque sí,  porque era una niña buena y, además, me debía una compensación por haberse llevado a mi padre.

Resulta extraño cómo los recuerdos saltan a la luz cuando menos lo esperamos.  Acceder a los tejados fue el resorte para precipitarme a la almohada con aquellos por favor anudados por el fervor de mis dedos cruzados.  Ante mí flotaron los miedos aligerados y absurdos con la perspectiva que regala el calendario; me concentré en el inventario de deseos cumplidos y deduje que el señor de la Biblia había sido bastante tacaño porque, entre todos los encargos demandados a golpe de lágrima, únicamente dos habían sido concedidos: Aprobé la E.G.B. y no nos mudamos al país de los vaqueros.

Me siento con las manos apoyadas en un pequeño saliente y aspiro el olor a ceniza y estiércol que emana, todavía, del viejo establo; la piedra cosquillea la piel de mis palmas, los identifico, son ellos... los millares de vidas como cristales de un caleidoscopio que gira alrededor de un dios con sus infinitos nombres.

Almudena T.