NUEVAS GENERACIONES

Llevo una temporada rodeada de conocidos con múltiples problemas que generan chutes de ansiedad, bien por temas económicos, bien por hijos adolescentes e ingobernables que les roban el sueño y las ganas de comer un buen filete.  Quebraderos de cabeza unidos al corazón, fundamentalmente de las madres, que alerta de peligros reales e imaginarios, alentados por las noticias de un entorno social convulso por la información que proporciona el veneno de la tecnología.

Generación tras generación se repite el tópico de no hay nada como los jóvenes de antes cuya responsabilidad para afrontar la vida era precoz e irrefutable.  Se lo oí a mi progenitora y ahora soy yo quien se lo repito a mi hija como un loro cansino y cargante del que huye o protesta con los cascos del no-me-importa-qué-pesada incrustados en los tímpanos. Esa frase tan manida de: yo a tu edad…me sirve de desahogo para compartir lamentos entre los cómplices de mi estatus de madre incomprendida tan pronto sale el tema entre los vapores de una cerveza que sabe a quejío compartido.

Me encantaría ser una profesional del buen humor y optimismo en situaciones especialmente delicadas pero es difícil cuando el miedo al peligro atenaza la respiración aunque sea fruto de una imaginación desbordada.  Son miles los jóvenes que alcanzan los 18 años viviendo en la inconsciencia porque se saben protegidos por los bomberos en los que se han convertido sus padres por imperativo social; chicos y chicas infinitamente más ilustrados en las consecuencias de asumir riesgos inconcebibles en mi adolescencia pero que eluden con una ráfaga de modismos vacíos de prudencia.  No hay día en el que no se publiquen agresiones sexuales a niñas o mujeres que, hasta no hace tanto tiempo, podían salir solas a la calle (yo lo hacía) sin un teléfono móvil a mano para pedir auxilio; mujeres asesinadas por sus parejas, chavales que aspiran al reconocimiento social con una botella de vodka y un cigarro de heroína, pornografía gratis en lugar de la revista de Play boy escondida en los muelles del somier, cebos de placer efímero que paladean con ansia hasta que el globo de toxinas les estalla en la cara de su inocencia.  Nos piden confianza porque se creen dioses de una sabiduría adquirida en los mentideros de las redes sociales y, cuando yerran, cuando se topan con una realidad que en nada se parece a lo prometido, acuden a nosotros compungidos, frustrados y avergonzados como niños arrepentidos de su travesura. Confieso que me cuesta soltar la cuerda que sujeta a mi hija porque la aventura que ella emprenda será muy diferente de la mía cuando me llegó el turno de volar lejos del nido; había riesgos, naturalmente que los había, pero ni tantos ni de consecuencias tan graves a las que temo con el corazón en vilo.

Nuevas generaciones de un primer mundo pertrechado por recursos económicos más o menos sólidos y, a la vez, carentes de la madurez lograda por el esfuerzo y la disciplina de un sistema que no admitía alternativas. Chicos y chicas como globos de helio fluctuando sobre las púas de un jardín de cactus al que sus padres protegen con la malla de sus miedos, estudiantes con la llama de la creatividad apagada porque no la necesitan para conseguir lo que alcanzan con las yemas de sus dedos, jóvenes de un mundo abierto a la comunicación sin filtro que separe la verdad de la mentira, la ética del sarcasmo, la dignidad de la manipulación de valores en desuso.

A veces, cuando contemplo a mi hija tecleando a toda velocidad su móvil (yo con un dedo y a cámara lenta), me pregunto si los hijos de su generación contemplarán a sus padres con el matiz de antiguallas que percibo en el tono de su voz cuando le hablo de las horas entretenidas con un puñado de canicas, el surco que deja un pie para dibujar una carta o la rueda de alfileres que despuntan en la tierra golpeada por una piedra victoriosa.  Posiblemente se haga eco de mis arengas con el: ya verás cuando seas madre o ¿qué parte del No no entiendes? ¿La N o la O? Se reconocerá en mi discurso aunque el orgullo le azuce, agrandará el mandil de salvaguarda y, con la experiencia conquistada por los años, asumirá los desafíos que le proporcione su prole levantando el estandarte heredado de mí con una frase lapidaria: Hijo/a mío/a, te pongas como te pongas, tu madre siempre tiene la razón.

Por los siglos de los siglos…