EL SUR - RONDA Y EL REGRESO

 

Nos levantamos sin ganas de recoger los últimos bártulos para cargar el coche; el desayuno en la terraza, el mar en la línea del horizonte y un cielo limpio de nubes no ayudaban a desperezar la apatía con la que nos desplazábamos por las habitaciones revisando mesas y armarios para no dejarnos nada en el olvido, a la vez que hacíamos cábalas para evaluar el espacio reducido de Manolito y el equipaje multiplicado por bolsas de mercadillo en el que mis dos churumbeles habían hecho estragos a cuenta de los 10 euros por biquini, 5 por camiseta y tres por pulseritas, llaveros y colgantes de pared para acumular el polvo que sacudir las madres.

La idea era hacer escala en Ronda como despedida de un programa preestablecido antes de salir de Madrid, y del que habíamos cumplido apenas tres puntos por nuestra pertenencia al club de la improvisación con la inestimable colaboración del tom tom y su habilidad para despistarnos por los puntos cardinales de las provincias andaluzas. Calculé el tiempo que nos llevaría desviarnos de la ruta original con optimismo ya que la carretera que subía hasta la ciudad del puente viejo semejaba los rabillos de un chipirón frito por los que Manolito circuló, a modo motocarro, en la cuneta del miedo por si me cruzaba con algún paisano que invadiera mi carril. Distancia: corta, intervalo: hora y media de rezos y mandíbulas apretadas hasta que alcancé las calles en las que sucumbí con la respiración embargada por el encanto de sus ventanas. Buscamos una terraza para saciar el apetito, nos endilgamos unos cuantos litros de agua, divertimos con el camarero, simpático como el que más, y nos fuimos a explorar el mirador sobre la campiña que se abría entre los brazos de carreterillas grises. Escuchamos el sonido de un acordeonista tocar viejas canciones con su sombrero de paja, el siseo de las voces de turistas que, como nosotras, deambulaban sin prisa por la muralla y nos maravillamos con los arcos de un puente escoltado por fachadas como centinelas de cal.

Atardecía cuando por fin recobramos a Manolito para proseguir el viaje de vuelta a casa.  La ausencia de tráfico me permitió repasar las imágenes de unos días con la piel empapada en risas, la aventura en los mapas de una guía imprevisible, la ternura en el abuelo que juega a las cartas con los nietos en la toalla de su paciencia, las matronas que desahogan sus cuitas con los pies al albur de las olas, el marido que sostiene a su mujer, inválida, en el agua mansa de una piscina, las correrías de Arya por la arena de una playa solitaria, la luz en el pelo de un par de niñas asomadas al balcón de los sueños, la plata en la superficie del mar de Cádiz, el castillo encantado y la roca que desdeña las fronteras de ambición con la majestuosidad de su reino.

La luna llena nos recibe en el portal con el siseo del aliento fatigado.

  • Mami – susurra mi hija – el próximo viaje a Buenos Aires

  • ¿Y eso?

  • No sé, que me ha dado por ahí

Abro la puerta, cojo una maleta y respondo:

  • Muy lejos, muy caro, muy imposible

Y Rocío, que suele estar callada, interviene

  • Pues yo sé bailar el tango

Mi hija y yo la miramos

  • Ro – replica mi hija – Ha dicho muy lejos, muy caro, muy imposible.

  • ¡Qué pena! – contesta su amiga

  • ¡Qué pena! – replico yo

Arya mueve el rabo contenta.

Para mí que no le gustan los aviones.