EL ÁRBOL DE KEVIN - Almudena T.

La ciudad tembló con el terremoto que nadie esperaba porque nadie lo había previsto. Pablo estaba leyendo en su cama cuando la pared, donde colgaba sus pósters favoritos, se partió en pedazos como si fuera de cristal

El niño se levantó asustado y gritó llamando a su madre, pero el ruido era ensordecedor y ni él mismo pudo escuchar el sonido de su garganta.  La oscuridad era absoluta, el suelo no dejaba de temblar y el techo parecía a punto de caer para enterrarlo con el peso de sus vigas. El niño tenía 12 años y estaba solo en una habitación que ya no parecía la suya, que ni siquiera parecía una habitación porque, desde el lateral de su cama, sólo veía y olía una nube negra de humo y polvo denso que ahogaba sus pulmones.

Tosió y volvió a llamar a sus padres llorando aterrado.  Necesitaba estar con ellos, sentirse seguro lejos de aquél laberinto que no cesaba de vibrar y del que quería huir sin saber por dónde. Al fin, después de unos minutos, la figura de su padre apareció por el hueco de lo que había sido la puerta.

-       ¡Hijo! ¿Estás bien? – exclamó tomándolo con fuerza entre sus brazos.

Luego, apretándolo contra su pecho, caminó hacia la escalera y empezó a bajar como si ésta fuera un barco en mitad de una tormenta. Cuando alcanzaron la calle, su madre lo estaba esperando angustiada, la gente corría de un lado a otro y el asfalto había quedado sepultado por árboles, farolas y cascotes de fachadas derrumbadas.

Aquello no era una película de cine, era de verdad, estaba ocurriendo de verdad y con la gente que Pablo conocía y quería.  Luis, el panadero, lloraba delante del escaparate de su tienda, María, la peluquera cubría con una manta el cuerpo de una mujer que parecía herida, policías, bomberos, médicos, enfermeros/as y voluntarios saltaban entre los escombros para rescatar el mayor número posible de vidas.

Hacía calor pero Pablo tenía frío y miedo, mucho miedo.  En la acera de enfrente vio a Kevin, el perro cojo, sin un dueño particular, pero alimentado y querido por todos. Su pelaje color canela estaba cubierto de cenizas que sacudía mientras husmeaba entre las ruinas haciendo caso omiso a las llamadas de advertencia.

De repente, se detuvo y empezó a aullar moviendo la cabeza arriba y abajo con desesperación. Pablo quiso correr para sacarlo de allí pero su padre lo detuvo agarrándolo por el brazo. 

Kevin, parado sobre un montón de ladrillos y tierra, siguió aullando hasta que uno de los hombres se acercó preocupado.

-       Este perro ha encontrado algo y nos está avisando – dijo rascándose la cabeza

-       Tienes razón – contestó el padre de Pablo.

Ambos se arrodillaron y apoyaron la frente tratando de ver si había algún herido. En unos segundos reconocieron a Ramón, el anciano solitario al que nadie había echado de menos porque apenas salía de casa.

Los dos hombres dieron la voz de alerta y rápidamente se organizó una cadena de manos intentando abrir un hueco que les permitiera entrar y rescatar al anciano.

Kevin no se había movido de su sitio y ladraba de vez en cuando asomando el hocico por el agujero que se iba abriendo en el suelo.  Estaba amaneciendo cuando por fin pudieron ver a Ramón tumbado en el suelo.  Tenía sangre en una pierna y apenas podía moverse si no era para inclinar el cuello hacia donde estaban sus vecinos que gritaban para que se quedara tranquilo. El perro ladró una vez más y, dando un salto, se coló por el agujero para unirse a Ramón sin que nadie tuviera tiempo de sujetarlo.

Los hombres y mujeres del barrio empezaron a discutir la manera de sacarlo por el hueco con urgencia porque la tierra aún temblaba y había muchas probabilidades de derrumbe.  La única solución era introducir a una persona menuda por el orificio atar a Ramón con una cuerda y tirar de él hacia la calle.

Pablo no lo dudó. El era el chico indicado por estatura y fortaleza gracias al trabajo que realizaba cuando acompañaba a sus padres en las labores del campo:

-       Yo puedo hacerlo.  Dejadme ayudar a Ramón.  El me conoce, está muy delgado y podré levantarlo para anudar la cuerda en su cintura; estoy seguro que podré.

Los vecinos asintieron con la cabeza y, entre todos, fabricaron un arnés para sostener a Pablo mientras descendía por la cavidad.  Tan pronto como el niño puso los pies en el suelo corrió hacia el anciano con Kevin ladrando de alegría a su alrededor. 

Luego, obedeciendo las indicaciones de los mayores, aupó a Ramón para colocar la soga bajo los brazos, apretó bien el nudo y llamó para que empezaran a izarlo. 

-       ¡Ya está ¡ - gritó Pablo – Podéis subirlo

Poco a poco y con mucho cuidado, Ramón se elevó hacia el exterior entre lágrimas y palabras de agradecimiento. Fuera había una ambulancia además de los bomberos que se encargaron de liberar a Pablo tirando del arnés, pero, cuando quisieron bajar a por Kevin, el techo se desplomó enterrándolo definitivamente bajo las piedras.

Los vecinos estallaron en gritos y sollozos porque Kevin no sólo era el perro de todos sino el amigo fiel que los acompañaba en sus paseos con la alegría de su rabillo alborotado.

Días más tarde, cuando las máquinas quitaron los escombros, los vecinos decidieron enterrar a Kevin en una plaza donde había un parque de columpios para los niños.  El alcalde ordenó poner una placa con su nombre y el dibujo que Luis había diseñado con sus mejores pinceles.

El milagro se produjo un año después.  En la esquina donde Kevin había sido enterrado, nació un árbol tan extraño que ningún especialista en botánica pudo darle un nombre.  Sus ramas se enredaban como hilos formando maromas de barco, las hojas brotaban en invierno, caían en primavera y, cambiaban de color a lo largo del día.

El pueblo lo acogió como algo natural, era el árbol de Kevin y si algún turista preguntaba o tocaba su tronco para pedir un deseo, los habitantes del pueblo les contaban la historia del temblor y de cómo el perro, su perro, había salvado la vida de un anciano con su pata torcida y el coraje de un león.

  

Almudena Taboada