EL SUR - PARQUE DE AVENTURAS SELWO

Nos habían recomendado visitar un centro de conservación animal, SELWO, al que decidimos ir porque está asentado en un entorno adaptado a su hábitat natural, sus moradores se desplazan con más libertad de la que carecen los parques zoológicos y cuya finalidad es preservar determinadas especies en peligro de extinción. No soy fanática del partido animalista pero sí estoy en contra de cualquier tipo de maltrato en circos y espectáculos en los que se abuse de nuestros cohabitantes en este planeta de descerebrados que se creen superiores por el hecho de tener un arma en las manos. Me indigno con las cacerías furtivas y me enferman las imágenes de los prepotentes millonarios que sonríen a la cámara con el cadáver abatido a los pies de su insolencia; no entiendo el atractivo de una cabeza disecada en la pared ni concibo que se pueda admirar como un trofeo, pero tampoco soy capaz de ponerme en la piel de los que encuentran placer en el abuso sexual a los niños y ahí siguen, condenados o no, pero siguen apareciendo como hierba envenenada en los pastos de la inocencia.

Mi hija es más pasional que yo en lo referente a la defensa de los animales y, en consecuencia, inicia el paseo con ojo avizor por si descubre trazos de un maltrato impensable en un recinto que tiene que mantener el negocio activo. La taquillera le ha vendido una bolsa de comida para cabras y allá que se va convencida de que su metro cuarenta y tres de altura será suficiente para dominar al rebaño de cuernos que pelean para arrebatarle la bolsa con sus pezuñas apoyadas en los hombros menudos, el hocico apuntando la nariz y las astas por encima de su frente. Tomo el móvil y retrato la escena con las carcajadas de los turistas haciendo coro a los quejidos de la incauta, el balido de las glotonas barbudas y la mirada cómplice de uno de los cuidadores a quien sólo le falta decir: si yo se lo avisé, mira que la avisé … - Primera lección aprendida - le digo llanamente - los reportajes de la tele son eso, reportajes, la realidad tiene ojos y carácter para zamparse las chucherías.

Rocío es la guía perfecta para leer un plano que a mí me mantendría dos horas dando vueltas alrededor de la entrada, extiende el papel y se coloca en primera fila con el índice apuntando los números consecutivos que nos conducen a un camión de safari africano al que nos encaramamos para adentrarnos en el refugio de animales sesteando a la sombra de un sol despiadado y voraz.  La guía nos habla de persecuciones y masacres con voz neutra que delata el control sobre la ira que agita su pecho; recita lecciones sobre biología y repite advertencias con el periscopio de su mirada enfocando los tres pequeñuelos que nos acompañan. Una vez acabado el circuito, descendemos del camión y nos despide con la sonrisa ensayada en el espejo de lo correcto.  Me vuelvo hacia ella antes de continuar y le pregunto si ha estado alguna vez en Africa – No – responde encogiéndose de hombros – cuesta mucho dinero y aquí el salario es muy bajo pero iré, algún día iré y se ríe con la esperanza manando a borbotones de su garganta.

Las jovencitas se han adelantado por la cuesta de una senda en la que los organizadores, con empatía por los visitantes, han colocado una suerte de duchas bajo las que nos turnamos para permitir al agua fresca empaparnos desde la raíz del pelo hasta el suelo de nuestro sudor.  Apenas hay gente a nuestro alrededor y ese privilegio nos regala el poder zambullirnos en un entorno donde, a tramos, nos traslada a la tierra de los masáis. Los carteles anuncian espectáculos con aves que renunciamos a ver porque no encontramos aliciente en conocer pájaros domesticados por los humanos en aras de provocar entretenimiento a los excursionistas; preferimos ser intrusas con interés por explorar el comportamiento de los animales desde la frontera de nuestras diferencias hasta que alcanzamos la puerta que nos devuelve a la realidad de Manolito abrasado por un defecto de orientación por mi parte: el volante al sol, el portaequipajes a la sombra.

Al caer la tarde regresamos al encuentro de Arya y, como es habitual en ella, nos recibe como si nos hubiésemos ausentado durante meses.  Le colocamos el arnés y nos vamos al rincón de la playa vacía de sombrillas que estorben sus correrías sobre las dunas de una arena oscura.  Esa noche nos tumbaremos abrigadas con toallas para avistar perseidas con la lista de deseos por cumplir.  Tengo varios en la almohada de felpa pero escojo el principal para repetirlo en cada estela fugaz:

  • Detente

Pero no me hacen caso.