RETO SUPERADO

Marta decidió ir sola al cine al que tantas veces había ido acompañada por León, el hombre con el que había mantenido una relación engañosa en la que ella quiso creer, alimentó y finalmente enfrentó al reconocer el peso de su cobardía. Aparcó el coche y cruzó la avenida dispuesta a luchar con la artimaña de un recuerdo feliz en la presión del abdomen y la tensión acumulada en los puños apretados. Se había puesto muy guapa así como ensayado todo tipo de saludos y respuestas corteses en el caso de toparse con él en la entrada; miró al frente y le pareció verlo en la acera con la hoja informativa de la película, la cazadora beige y el pantalón burdeos que habían comprado juntos.  Se darían un beso y accederían a la taquilla entusiasmados por la idea de disfrutar un tipo de cine por el que ambos sentían pasión, a la barra del bar y al patio de butacas con un par de cafés, una botella de agua y un Chupa chups de Coca-cola que él engullía de un bocado y que ella saboreaba hasta el final de la proyección.

Intenso era la palabra favorita de León para definir el amor que les unía y que Marta añadió al diccionario de definiciones en experiencias compartidas cuando me llamaba a medianoche para contarme de viajes, cenas o paseos por una ciudad que recorrían cogidos de la mano, sin rumbo fijo y como turistas extasiados por las plazas y callejones impregnados de bohemia. León era generoso, ameno, interesante y encantador; un tipo caído del cielo en mitad de una soledad a la que Marta se había acostumbrado y de la que no renegaba porque le proporcionaba la calma que necesitaba después de pasar diez años cuidando de un padre enfermo y dependiente. Llegaba a duras penas a final de mes y no podía permitirse lujos a excepción de una semana en una playa levantina con la compañía de alguna amiga que quisiera hacer vida de jubilados pese a no haber cumplido los cincuenta. Se burlaba de mí si le proponía apuntarse a una red de contactos, un grupo de senderistas o de singles con aficiones comunes: ¡Ni de coña! Respondía con una carcajada, antes muerta que reunirme con un conjunto de desesperados por hablar de sus ex.  

León fue producto del azar, un encuentro fortuito en una cena de antiguos alumnos a la que Marta acudió reticente por un encuentro social ajeno al de los compañeros de trabajo. Conseguí que se comprara un vestido, zapatos de tacón y un set de maquillaje con el que se sintiera cómoda y natural, luego le pedí que viniera a mi casa para acicalarse y poder darle el visto bueno del que ella se reía sin ningún tipo de miramiento:  Taboada, te repito que no me interesa ligar, estoy bien, de veras que estoy bien sin complicaciones ni enredos sentimentales que puedan llegar a esclavizarme.  Conozco la euforia y también la decepción, frustración y angustia cuando el amor hace ¡pluf! por la ventana.  No me interesa, no quiero pasar por lo mismo, ya no…

Puede que fuera su intención pero lo cierto es que León surgió de la nada con el atractivo innato de su carácter y Marta no pudo, o no quiso, evitar caer en el cordal de sus redes para renunciar a su identidad con los ojos vendados por un amor que la atrapó en el epicentro de un tornado. Borró la palabra No de su vocabulario por temor a perder el interés de su amante, cedió a todos sus deseos y se entregó al saco de justificaciones hacia él y hacia sí misma en aras de defender un globo de aire enturbiado por la inmadurez de un hombre que buscaba una madre-pareja y la rendición de una mujer que elude el envite de la autonomía en defensa de su libertad.

Todo fue bien hasta que Marta se asomó al borde de un precipicio que pudo haberla matado con sólo un paso más en el camino hacia el abismo. Tembló buscando la mano del hombre para soportar el miedo y en su lugar encontró el vacío de un niño que huye asustado ante los monstruos de un contexto cercano, abrumador y adverso a la comodidad en la que se había asentado. Tambalearon los te quiero, las caricias y los besos mojados en el portal; se cerró el telón de un escenario novelesco que Marta había entramado con quimeras sostenidas por una ilusión vana y, con la mirada de las tripas de la realidad, regresó a su guarida para recomponerse con lametones de ira, frustración y unas cuantas lágrimas de culpabilidad a la que no tenía derecho.

Pasaron meses antes de poder mirar atrás libre de resentimientos, semanas en las que barrer los regalos de León de las estanterías de su casa y días con el reloj como aliado para no sucumbir al reclamo de sus mensajes con el he cambiado, Marta, te prometo que he cambiado… Se cortó el pelo, renovó su armario, apuntó a un gimnasio, retomó el contacto con viejos amigos y alzó la frente con el desafío de su energía restaurada.

-          Voy a ir a ver una película argentina en la sala a la que León y yo estábamos abonados ¿te acuerdas? – me dijo cuando me llamó para contármelo.

-          ¿Sola?

-          Si – respondió firme – tengo que saber si soy capaz de sentarme con mi chupa chups de Coca cola sin que la nostalgia me queme por dentro.

-          ¡Estupendo! Hablamos luego, entonces

Recordé las crónicas vespertinas con el ardor en su voz enamorada, el pilón de maravillosos, únicos, intensos y especial con los que me había taponado los oídos y el quebranto por una burbuja de ideales rotos en el libro que Marta había escrito con el romanticismo ficticio de las tragicomedias de amor.

El teléfono sonó pasadas las nueve.

-  Cuéntame – respondí sin rodeos

-  Reto superado

-  Bien. Lo imaginaba...