MI QUERIDA NIÑA

Hace 12 años que los hombres grises, aquéllos de los que te hablaba cuando te expliqué el proceso para llegar a ti, abultaban la carpeta de tu expediente con los certificados que entregaba con la apostilla azul de una ciudad europea.  Tu imagen, en tamaño carnet, poblaba mi mesa, las estanterías de tu familia e, incluso, la de la agente comercial del banco quien celebraba con entusiasmo cada avance que yo le comentaba como si formara parte de mi equipo de animación en la carrera a tu encuentro.

Varias veces me has preguntado qué sentía cuando estaba en la recta final y, otras tantas, aunque menos, si me has defraudado a pesar de conocer de sobra que voy a reaccionar lanzándote un peluche a la cabeza. A ver si puedo explicártelo para que lo entiendas, jovencita, las decepciones son la cara B de las expectativas que generamos con un proyecto, amigos o hijos, según qué padres, pero qué quieres que te diga, a mí lo que me preocupaba no eran ni las notas del cole ni si llegarías a ser ingeniero, médico o abogado porque mi objetivo principal era que tuvieras una infancia feliz que te ayudara a superar el abandono de tu familia biológica y los meses encerrada en un Hogar sin manos suficientes para arroparte, mimarte y protegerte.  Tú no te acuerdas pero no imaginas el aburrimiento que me suponía escuchar los reproches de la gente cuando te cogía en brazos porque tú me lo pedías, los múltiples consejos y recomendaciones sobre cómo debía actuar y el manual de buena madre que recibía de propios y extraños como si se tratara de las indicaciones que señala un GPS infalible. Me guié por la intuición y así sigo, anduriña, para bien o para mal, te enseño con lo que manda el instinto, la sangre caliente cuando me llevas al límite de la paciencia y la lágrima del corazón en esos momentos en los que te abrazas a mí con la congoja cayendo a borbotones por tu nariz.

El entorno escolar no te lo puso fácil porque muy pocos entendieron de ese mochilón de piedras de nombre orfandad, malnutrición, malos tratos y desconocimiento pesaban como una losa en tus hombros al pisar el suelo del que se vanagloria de llamarse primer mundo. Ni los tutores ni los alumnos te ayudaron a aliviar la carga con empatía porque es una virtud frágil si tiene que combatir con un ego que teme reconocer que es vulnerable. Al principio te enfurecías porque no entendías ese afán por atacarte donde más dolía: eres negra, te han comprado, esa no es tu madre, la verdadera está lejos…te transformabas en un lanzafuegos que explotaba en casa con una sarta de proyectiles directos a los armarios para desfogar tu rabia mientras yo comenzaba mi batalla personal con orientadores, profesores y jefes de estudio que replicaban con mentiras y tópicos de una pedagogía más que cuestionable.  Y, así, poco a poco, empezaste a apagarte excepto cuando te sentías a salvo de la selva al llegar a casa, con tu abuela, tu familia de adopción, la que tú adoptaste, y con los tíos que mueren por ti. El cascabel que había cruzado la puerta con el mami, te tero, la sonrisa perenne en las primeras fotos y el brillo de tu piel morena fueron desapareciendo a medida que madurabas con el esfuerzo por superar el abismo que te separaba de los que crecían a tu lado con su espalda ligera, y la batalla por engrosar el granito de mostaza en el que te parapetabas de las balas del entorno.

Hace un año publiqué el libro con los textos del blog al que tú me animaste a escribir. Te pregunté tu opinión y no lo dudaste ni un segundo: Hazlo, mamá, hazlo.  Pasé horas corrigiendo a la vez que tú hacías de reportera para conseguirme imágenes que insertar en las páginas de lo que había sido el fruto de mis pensamientos.  La editorial envió los ejemplares y no te cortaste un pelo para acudir al Instituto y venderlos al claustro de profesores con el orgullo de ser protagonista de la parte que te corresponde, la del relato de mi embarazo a lo largo de cinco años y los dos meses de parto en Panamá donde aprendí que el cordón umbilical se teje con el tacto, calor y ternura de una figurita que pide a gritos que la quieran. Te subiste conmigo al tren de las presentaciones en librerías, bibliotecas y bares con la alegría en tu sonrisa recuperada, participabas de cada acto y confesabas tu resquemor por mi indiscreción, cuando escribía nuestras vivencias, aunque lo dabas por bueno al ver a tu madre tan feliz con su proyecto.

Vas camino de la mayoría de edad y, aunque tu fuerte no son ni la aritmética ni las oraciones gramaticales,  eres una experta en sabiduría para ponerte en el lugar de los que te rodean y leer lo que ocultan o son incapaces de expresar.  Cuando eras un duende de siete años solía decirte que ser mamá era lo mismo que compartir un cuaderno de deberes en el que tú redactabas lo que aprendías y yo aprendía lo que tú me devolvías escrito.  Te lo tomabas a broma porque no concebías el cambio de roles que te proponía: tú maestra, yo discípula; refutabas mi argumento convencida de que tu madre había perdido un tornillo y volvías a enfrascarte con las muñecas de colmillos que coleccionabas en el cubo de juguetes y que a mí me parecían horrorosas.

Has vadeado precipicios con una valentía admirable, sanado heridas conmigo de enfermera, transitado y cabalgado por la vida con ese corazón que late con la fuerza de un ciclón.  No eres perfecta, por supuesto que no, sabes cómo estirar el chicle de mi paciencia y cómo dar la vuelta a la tortilla para desacreditarme cuando me enfrento a ti con la experiencia que me dan los años.  Discutimos y reímos, viajamos, sueñas, te emocionas y planeas un futuro entre animales salvajes al estilo Tarzán brincando entre lianas (seré la mona Chita si hace falta…).

Hace no mucho mi amiga Claudia me dijo que esa teoría de que los hijos tienen que volar del nido está muy bien pero que, por favor, lo hagan a la parcela de al lado.  Estoy en ese mismo punto que ella sugiere de modo que, aunque no te guste, te diré que alces el vuelo cuando llegue el momento, que abras las alas y te bebas la vida a tragos de alegría, optimismo e ilusiones, pero eso sí, cariño mío, en la parcelita de al lado…

Te quiero