CÁDIZ

 

La lista de la familia, es decir, yo misma, había decidido romper relaciones con el GPS que me tenía a mal traer con esa vocecilla femenina y empalagosa liando las rotondas y cuestas en el laberinto de mi trayectoria.  El objetivo era Cádiz, hora y media según el Maps y cuatro horas según la Taboada por esa fidelidad tan tonta de seguir los carteles que había visto la víspera a poco de regresar de Gibraltar en dirección al apartamento vacacional que habito. 

Salimos temprano, giro a la derecha y tomo salidas con flecha a la tacita de plata y a la A de una autovía que engulle los semáforos de una Algeciras bulliciosa con cientos de matrículas árabes y españolas en fila india por los accesos interminables a la ciudad.  Mis churumbeles han caído en las redes del sueño, Mecano ameniza la radio y Arya descansa a mi lado con las orejas gachas de resignación al sol que le machaca el cogote. Leo letreros buscando la A o la AP de autopista que ni en tres vueltas a la última rotonda aparecen por las alternativas de modo que enfilo la única opción con una E que suena a Taboada, la has pifiado. Recorro unos cuantos mojones en verde hasta que avisto una gasolinera en mitad de la nada a la que me dirijo utilizando el noble oficio de mis padres a lo largo de mi infancia: Preguntar.

Aparco, freno de mano, bajo, entro y solicito:

- Buenos días – cara de despistada – Voy a Cádiz pero no sé cómo recuperar la Autovía.

Gasolinero con expresión de guasa

- ¡Ufff! – replica cortés – Tendría que volver a Algeshiras y crushar todoh los semáforos hashta encontrar una rotonda que indica la salida a la autovía

Ni muerta (pienso) – No me diga eso – plañidera – Me da un ataque si tengo que perder otra hora en el atasco. ¿No hay otro modo de tomarla?

- No, pero no se preocupe, sólo tiene 75 kilómetros por carretera nacional hashta la shiudah. Podrá ver la prayita por la ventana

Me entra un sofoco que ni es por el calor ni por la menopausia que ya tuve.  Ante mí aparece el asiento de hermanos apretujados por los puertos gallegos cantando el Veo Veo a lo largo de 14 horas de viaje de mi niñez.  Exhalo bocanadas de aire cual pescado moribundo, compro dos botellas de agua, agradezco y regreso a Manolito en plan meditación trascendental:  ummm, ummm, ummm

Enciendo el motor, empujo la primera, quito el freno de mano y le digo a Arya:

- Sorry, pequeño can, hoy toca paseo en carro.

Ante mí discurre la calzada entre altiplanicies con el mar a la izquierda asomando sus olas a retazos de cunetas.  No miro el reloj ni hago caso del pozo de deseos con nombres de pueblos a visitar que acaba de sucumbir a la frustración por falta de tiempo.  Mi ángel de la guarda está operativo y elimina camiones o vehículos lentos que ataquen mi paciencia de modo que, casi en solitario (los listos han ido por la autovía), atravieso la provincia con la vista alternando entre el asfalto y el panorama salpicado con algún conjunto de casitas blancas que me dicen adiós desde los dos lados de la carretera.

240 minutos más tarde accedo a mi destino con las marmotas abriendo los ojos de a poco: ¿Hemos llegado?. Respondo afirmativamente mientras me escoro en la acera para llamar al tom tom con el casco histórico en la lupa de su sapiencia. Recupero la voz melosa y sigo indicaciones por vías y cuestas hasta llegar al párking de precio prohibitivo en el que reposar a Manolito entre columnas tituladas: Cri, cri, cri, Guau, Miau, Muack, Clac que a las niñas entusiasman y a mí me da por preguntarme si la idea de poner sonidos onomatopéyicos ha salido de un cerebro con alma de niño que se empeña en no crecer.

La puerta de salida se abre a una balconada sobre un mar increíblemente azul que resplandece haciendo honor al sobrenombre de una ciudad que exhibe su belleza en callejuelas de las que me enamoro hasta exprimir la garganta con zumo de cebolla empañando las pestañas. Mi hija me observa y esboza un gesto de burla:  Mami, tú siempre llorando…Quiero responder con acritud pero mi espíritu se ha trasmutado al suyo para recordarme cuántas veces escuchaba a mis mayores alabar el panorama y cuántas de ellas permanecía en silencio para no contestar que no era para tanto porque mi atención transitaba por otros recovecos bien distintos: amigas y chicos.

Las adolescentes hormonadas caminan siguiendo mis pasos sin rumbo por los adoquines ausentes de coches que arruinen el deleite por un lugar que me fascina. Aspiro el aire cálido y percibo la voz de Carlos Cano susurrándome al oído las Habaneras con música de carnaval, amores de melaza y tango de trovadores en las noches de luna con faralaes. Me quedo ensimismada en mis pensamientos hasta que escucho la voz de dos Pepitos Grillos a mi espalda: Tenemos hambre.

Tapeamos en una terraza cuajada de guiris con el okey a tragos de manzanilla y vino tinto pero hace tanto calor que decidimos visitar la playa antes de sucumbir como chuletas en barbacoa gaditana.  Recupero a Manolito y el GPS que por una vez, y sin que sirva de precedente, nos guía hacia la salida de la city en dirección Conil por el cartel de Autovía que me sabe a gloria.

(continuará)