LA HORA MÁS BONITA

Me despierto a las diez, desperezo, doy un par de vueltas más en la cama, aparto el edredón, coloco los pies en el suelo y me acerco al balcón para subir la persiana.  Abro la puerta y asomo la nariz: hace frío.  Entro en el baño, me lavo la cara, las manos, atuso el pelo con los flecos desordenados y camino hacia la cocina para preparar el café. Arya abre los ojos y vuelve a cerrarlos con indiferencia porque sabe que aún falta un rato para salir a la calle. Me subo al banco de qué rollo ser bajita y no llegar al tercer estante, tomo la pastilla del tiroides, el inmunoferón para levantar las defensas y la de los vértigos que, en primavera, brotan como la lava de un volcán en erupción; abro el grifo, lleno un vaso de agua y me trago las tres pensando si no estaré acercándome a la edad de abuela pastillera a falta de la píldora de la tensión, azúcar y colesterol. Caliento la taza de café con leche, tomo el canuto de galletas y me siento en el sofá multiusos que hay frente a un televisor con el coronavirus en cada esquina de la pantalla. Enciendo y apago porque hoy estamos de novedad en el patio manzana al que da mi ventana:  Tenemos un DJ en una de las fachadas animando la vecindad con música a todo trapo para alegrar el ambiente con la marcha de su chunda chunda que agradezco a pesar del chirrido que me produce el banderón de España que ha atado a su barandilla, y que me recuerda los años de botas militares con el brazo en alto, que recorrían las calles mi primer barrio.

Leo los memes del Whatsapp y me río con los más tontos felicitando a los ingeniosos que nos hacen pasar los días con el humor en las tripas.  Respondo, reenvío, recojo y me ducho para continuar con el horario de esta nueva rutina a la que me acostumbro con paciencia y talante positivo.  Mi hija asoma la frente somnolienta: Duerme un rato más que no tenemos prisa – susurro para no espabilarla, me visto y observo cómo Arya sale escopetada a su escondite para evitar el paseo: - eres rara, cariño, muy rara – le digo mientras tiro del rabo para abrochar el arnés. Me pongo la cazadora y salimos a una calle silenciosa donde atisbo un par de perros con los que nos cruzamos tomando distancia para prevenir el roce.

En casa me espera la escoba, fregona y la estantería que siempre quería ordenar y nunca tenía tiempo para hacerlo.  La observo de arriba abajo y pienso qué demonios ocurre para que no tenga ganas de vaciar, limpiar, distribuir y colocar los libros por autor, en orden alfabético, ahora que las horas alargan los minutos como el chicle en la boca de los niños. Enciendo el ordenador y encuentro un mensaje de mi jefe con un trabajo puntual que necesita le envíe lo más pronto posible.  Salto de alegría y choco las manos a modo cuadro flamenco alrededor de un bailaor, estoy de suerte, tengo por delante un entretenimiento del que rezongaba no hace mucho cuando la alarma del despertador se ponía a timbrar a las seis de la mañana. Me acomodo, concentro y finiquito la tarea antes de ponerme con el pollo en salsa de orejones, ciruelas pasas y dátiles que me acabo de inventar y cuyo resultado, confío, no nos haga regresar al recetario tradicional que heredé de mi madre.

Comemos tarde, no hay prisa, con un notable alto a esta receta que no he apuntado y que, seguro reinventaré cuando mi hija me pida ese pollo tan rico que hiciste cuando estábamos encerradas. Salimos Arya y yo a dar la vuelta a la manzana, regresamos en diez minutos y me conecto al zapeo entre cadenas televisivas a la vez que me río a carcajadas con los vídeos caseros que mi amiga Pilar, escritora de Torrejón, graba con su marido de cómplice en la creación de sketchs llenos de imaginación y humor. Nuria me pregunta qué tal lo llevamos, José Luis me escribe desde Chicago, Olga desde Santiago, Andrea desde Boston, Josh, Gloria, Cristina, Antonio y así un largo etcétera de amigos con los que ponernos al día hasta que mi hija me pide ayuda para elaborar torrijas y bizcocho para distraer nuestras neuronas con el manejo de la glucosa.  No tenemos horno pero somos optimistas y ponemos la fuente en el microondas a medio gas.  La joven Taboada está en fase de energía total y continúa el plan repostería-para-pasar-el-rato con el pan, leche y huevo para freír las tostadas de azúcar y canela que empalagan al paladar y engrosan, sin piedad, los adipocitos.  Nos miramos y sonreímos con las manos, cara y delantal embadurnados de harina y pasta amarilla que chupamos con los dedos de la pastelería que acabamos de fundar con pocas posibilidades de triunfar en el gremio. El microondas pita, abro la puerta y me encuentro un adoquín tostado en lugar de un bollo esponjoso y suculento.  - ¡Vaya! – dice mi hija - ¡Vaya! – digo yo. ¡Guau! – ladra Arya que no se ha movido de la puerta desde que hemos empezado a trastear con los cacharros.

Miro el reloj de la pared: 7:55.  Me lavo las manos, me quito el mandil y empujo la hoja del ventanal para salir al balcón: la hora más bonita – le digo a mi Taboada.  La oscuridad de la noche se enreda con los destellos de luz que traspasan las cortinas.  Reconozco la silueta de una madre y su hijo pequeño que apenas llega al alféizar y que, como de costumbre, me envía besos con su manita chica; el chico que pasa las horas frente al ordenador de su mesa, la mujer que mueve los brazos con la señal de la victoria y, el DJ que ha instalado un equipo de sonido con flashes que parpadean al ritmo del himno que nos une para cantar con viveza a la par que con las voces desafinadas de una coral discordante.  Comienzan los aplausos con la emoción sobrevolando el eco de las palmadas, el nudo de las gargantas y la lluvia de pupilas que chispean sobre los travesaños y barrotes de aluminio gris sobre los que apoyar la cintura.

Mi hija está a mi lado contemplando la escena con la mirada puesta en el guaperas cuyos abdominales descubrió antes de que el invierno ensombreciera el cielo poco después de las seis.

- Tienes razón, mami, es la hora más bonita del día

Y sé que no lo dice por el musculitos de su quinta que aplaude con vigor al grito de ¡Ánimo! ¡Arriba! ¡Vamos! rebotando entre los muros.

La hora más bonita – repite – la más… mami…la más…