PREJUICIOS Y CORTOCIRCUITOS - Almudena T.

Estoy frente a la pantalla dilucidando de qué forma voy a escribir para que resulte lo más auténtico posible.  Después de casi tres meses en esta aventura blog-web he descubierto, no sólo una pasión, casi una adicción, que me atrapa hasta el extremo de pasar el día tecleando palabras en mi cabeza, sino también el laberinto en el que se enreda mi propósito, lo que escribo y lo que se recibe al otro lado de la red.

Hay días en los que el planteamiento es muy claro, pero otros, empiezo con una idea que termina materializándose en un texto distinto como si la imaginación hubiera usurpado el timón de mis dedos para reflejar lo que a ella se le antoja y al margen de lo que la razón le dicte. Algo parecido ocurre con la conexión entre seres humanos tanto si es verbal como escrita y las interpretaciones que se generan cuando se antepone lo que uno pretende leer o escuchar a lo que el emisor ha intentado decir.  Prejuicios vanos que crean suspicacias y rupturas de confianza difíciles de reconstruir.

En la época de la universidad algunos de mis compañeros se afanaban en debatir novelas como si fueran descendientes del autor o videntes de sus emociones en las que me encantaba participar, especialmente, si los libros trataban sobre acontecimientos históricos.  Diseccionábamos personajes como forenses de medio pelo analizando cada una de sus reacciones en las que proyectábamos nuestro modo de sentir.  A Ana Karenina la teníamos frita con la crítica hacia sus devaneos entre el ardor amoroso y las normas de buena conducta que, suponíamos, Tólstoi defendía en su relato.  A ninguno se nos ocurría situarnos detrás de las páginas para analizar si León había escrito la historia como la crónica de un tiempo concreto o bajo los efectos de un enamoramiento frustrado del que se vengaba describiendo a la protagonista como una mujer inestable y desgraciada. No llegábamos tan lejos porque Ana había dejado de ser un personaje de ficción para introducirse entre nosotros como la amiga que observa sin participar en el debate, Ana respiraba, tenía pasión y desengaños como cada uno de los que discutíamos su elección de suicidarse con la desesperación de una mujer a quien Tólstoi había autentificado con la magia de su pluma.

Las cartas no tienen el backstage de novelas o poemas a no ser que pertenezcan al ámbito administrativo con el querido/a señor/a, las misivas reproducen el consciente o subconsciente de opiniones y sensaciones cálidas, apasionadas o frías según quien gobierne el corazón.  Me confieso pasional, la flema británica y yo tenemos muy poco en común pero esa intensidad que traslado a la firma ha sido a veces mal interpretada provocando conflictos que ni pretendía ni deseaba.  Por otro lado, he tropezado con gente que a fuer de vivir con la espada a modo de defensa personal, integran con apreciación subjetiva lo que su interlocutor escribe sin considerar otra visión que no sea la propia y en consecuencia, juzgan, critican o enaltecen al remitente bajo el prisma de su percepción estrictamente individual, ya sea como repudia ya como la sorpresa de saberse conectados.

Conozco un chiste que me hace reír aunque sea una bobada:  Entra un tío a un velatorio y le dice a la viuda: lo siento y dice la viuda, no dejelo echao.  Es un chascarrillo pero cortocircuitos como este vibran demasiado a menudo entre las relaciones y sólo, cuando nos alejamos de los prejuicios, somos capaces de escuchar, leer o interpretar lo que nos cuentan desde el otro lado del espejo al que nos miramos con los ojos obcecados por el poder del ombligo.

 

Almudena T.