UNA NOCHE MÁGICA

 

Hace un año abrí la hoja de enero con la energía batiendo las palmas en el entresijo de mis deseos.  No había creado expectativas, pero sí leído un horóscopo en el que afirmaba que cruzaría el almanaque a brincos, que viviría cambios y chutaría goles en cualquier propósito que se cruzara por mi cabeza con la frustración en las suelas de mis botas.  No recuerdo el nombre de la web por lo que no puedo felicitarlos por haber acertado en un noventa por ciento ya que, efectivamente, estos meses han sido una carrera para modificar mi hogar, filtrar de toxicidad mi entorno y editar el libro de la Vida en Colores robando textos al blog que ya alcanza las 65.000 visitas porque, aunque sea al ralentí, continúa ampliando sus páginas con la impulsividad de mi inconsciente.

Mi amigo Javier se ha ido a reunirse con las estrellas, dos compañeros de oficina también, otros han sido eliminados de encuentros sociales que no aportan más que el dinero que cuesta una cerveza, un café o un chocolate con un trozo de roscón.  Me he vuelto más cascarrabias o, quizá, más sabia por haber aprendido a disfrutar de lo diminuto del día: un paseo con mi niña y mi perra, la lucidez efímera de mi madre cuando me llama hija, me dice que me quiere o me besa con su mente ausente, el calor de las sábanas, la dulzura de un mami amoroso, una llamada cariñosa o el ibuprofeno que amortigua el dolor de cabeza cuando la nuca se tensa.

El año empezó con un mensaje a la editorial Círculo Rojo para estudiar las condiciones para publicar 100 ejemplares y acaba con un resto de 8 libros en mi estantería a falta de iniciar el viaje a nuevos destinos.  Unos meses más tarde redecoré la casa con el título recién estrenado de Manitas Taboada (¡quién lo iba a decir!), viajé por el mar de Serrat, celebré las pequeñas metas y agradecí a la vida por estar acompañada de un grupo de mujeres que demostraron que la lealtad, fidelidad y cariño están por encima de la distancia. Recibí noticias que aliviaron el corazón de la pena y otras que prolongan la incertidumbre de conquistar la victoria en la batalla contra la lentitud de un proceso que inicié hace cuatro años y cuyo final no depende de mí por mucho que me cueste asumirlo.

La Navidad aterrizó una vez más con la lista de buenos deseos anudados a la estrella de Belén y las idas y venidas con el gorro rojo en una oreja y la corona de rey en la otra. La mayor de los Taboadas y yo habíamos quedado en reunirnos en casa de mi madre con Jessi, la muchacha que la cuida, y un amigo.  No parecía un planazo muy apetecible pero subestimé el corazón de mi hermana que tuvo la originalidad de invitar a cuatro miembros más de la familia centroamericana para cenar juntos en una mesa resplandeciente de luz y alegría.  No hubo tacones ni lentejuelas, tampoco música porque todos ellos se ocuparon de generar canciones que hablaban de ilusión por el nido que empezaban a construir en España, amor por su tierra de origen y por la de acogida, un pellizco de nostalgia por los que dejaron atrás y el coraje y gratitud por trabajar en condiciones que ningún españolito querría para él.  Contemplé sus sonrisas abiertas, el abrazo espontáneo, la sorpresa por el regalo que mi hermana les había comprado, la felicidad que desprendía su piel, la armonía en la expresión, la connivencia en el humor y el disfrute de unas horas en las que recuperar el aroma tropical que impregnaba las bandejas.

Miré a mi hermana y le guiñé un ojo.  Hacía mucho, demasiado tiempo que había dejado de creer en la Navidad como un tiempo de regalos y encuentros felices; sin embargo, allí estaban ellos para recordarme que no hacía falta una genética común para brindar por la vida en una noche mágica donde desprenderse de la nostalgia a cambio de una copa colmada de ilusión con el porvenir burbujeando en su cristal.