LA NAVIDAD AÑORADA

 

Un par de semanas más y de nuevo la Navidad en diferentes colores según la cuna en la que hayamos nacido con el azar de padrino.  Hace tanto tiempo que estas fiestas dejaron de gustarme que he llegado a pensar si es que los años me hacen cascarrabiar como los abuelos cebolleta de los cuentos con olor a naftalina, o es que el vaso del optimismo se queda vacío a poco que asome el mes de diciembre en el calendario de mi cocina.  Los pedantes con filosofía de andar por casa opinan que tengo un trauma, no resuelto, de mi infancia y que debería darme al yoga con ayuda de hierbas aromáticas en varas de incienso distribuidas por la casa. No sé cuál de ellos fue convincente pero la cuestión es que lo intenté por el plazo de la media hora en la que mi pack, es decir hija y perra,  tardaron en ejecutar la maniobra de hasta-aquí-hemos-llegado con Arya sentada frente a la puerta de salida y su dueña con el paquete de esencias de herbolario en dirección al contenedor de la calle.

Visto lo visto, resolví tratar de recuperar la ilusión por la Nochebuena enfrascándome en los anuncios de regalos con almíbar que aparecen en la tele.  Gestioné la lista de ofertas eliminando juguetes (soy adulta), perfumes caros (soy de las que usa Nenuco), turrones (no me gusta el dulce) y bodegas de vinos exquisitos para no tener que soportar el rum rum de mi descendiente acerca de los problemas derivados del alcohol como si yo, que no tengo ni cerveza en la nevera, fuera adicta a las botellas con graduación en la letra de sus etiquetas. En definitiva, la cartera de peticiones a los Magos quedó reducida a tres deseos: salud, amor y gordo de lotería para comprarme un scalextric con el que reparar el trauma, este sí, de haber pasado mis primeros siete años peleándome con mi hermano para quitarle el mando del coche de carreras rojo que él se adjudicaba porque era suuuuuyoooooo.

Quiero pensar que, en cierto modo, la celebración de estas fiestas es similar a la compra de regalos de Reyes para hijos y familia con lo que supone de esfuerzo para conseguir un objeto original e innovador en la marabunta de posesiones que se guardan en armarios.  La Navidad era la excusa perfecta para pedir aquello que ansiábamos el resto del año porque sabíamos de antemano que no había otra opción que no fuera escribir la carta a sus majestades para conseguir aquello que tanto deseábamos y que, con suerte, encontraríamos en los zapatos el día 6 de enero. Papá Noel era un señor con barba y gorro rojo al que apenas si hacíamos caso y, desde luego, ni pensamiento de que pudiera ser la competencia a la excitación de colocar los zapatos, junto a una bandeja de comida y agua para los camellos, agudizar los oídos con los párpados bien abiertos por si escuchábamos el roce de sus pasos en el suelo, levantarse en la madrugada para caminar de puntillas hacia el salón (despertar a los padres era casi un sacrilegio) o descubrir la muñeca, la moto o la pelota con una nota: Querida Almudenita.  Te hemos traído la muñeca que nos pediste en tu carta porque has sido una niña muy buena.  Gracias por el agua, los dulces y las naranjas. Estaban buenísimos. Te queremos mucho. Muchos besos.

La Navidad también significaba la reunión de familias que apenas si podían comunicarse durante el resto del año. Quién más y quién menos procedía de un pueblo al que regresar para pasar las fiestas y, quién más y quién menos, tenía algún tío, hermano o primo emigrante en países lejanos y cuya conferencia en Nochebuena, desde una centralita, provocaba la alegría en los adultos que gritaban al auricular con la garganta anudada. La ausencia de tecnología fortalecía los lazos familiares con cartas que demoraban semanas en alcanzar su destino, así como desencadenaban el origen de leyendas sobre el indiano que los mayores narraban al calor de la sobremesa; misivas con matasellos emborronados por las manos de carteros; manuscritos en cuartillas primorosamente dobladas sobre fotos de niños con la sonrisa forzada ante el mandato de sus mayores: Sonreíd para que vuestros tíos vean lo guapos que estáis… retales de papel que guardar en el cajón de los recuerdos y que, años después, los sobrinos y nietos descubrirán como un tesoro enterrado por capitanes de un navío anclado en el puerto de la nostalgia.

Había magia en el deseo por el regalo, el único, el rencuentro con la tribu, la alegría de compartir una noche especial, el vestido de fiesta, las manzanas asadas, las puertas abiertas a vecinos y amigos sin temor a los ladrones, el consomé caliente, el reloj de la Puerta de Sol, las servilletas de tela, la botella descorchada, el delantal de cuadros, el quejido de la madre porque se le hace tarde la cena, la televisión en blanco y negro y el timbre de un teléfono que sobrevuela las olas del mar para acortar la distancia con un Feliz Navidad entrecortado y agridulce como una cucharada de miel suavizando la amargura del limón.

Navidad añorada, quizá, por el velo del olvido.