CdC - PUEBLO DE HADAS Y DUENDES

He decidido no escribir el nombre completo del pueblo para mantenerlo en el anonimato de una lista de puntos de interés turístico que pervierta la belleza de sus calles con la llegada de visitantes a tropel.  Lo descubrí por casualidad en el mapa del entorno en el que nos movíamos con Manolito Cuatro Ruedas circulando entre las cunetas de una carretera poblada de urbanizaciones que ocultaban la vista al mar con sus edificios apretujados a ambos lados del pavimento. Añoraba los bosques del norte, el olor a tierra mojada y la vista descansando sobre el azul grisáceo de las rías gallegas en las mañanas de lluvia. Quizá la nostalgia, quizá el cansancio de tanta gepesera confundiéndome por las infinitas rotondas del sur, fue lo que me llevó a salir del programa establecido para aventurarme por una carretera solitaria y estrecha que subía zigzagueando hacia una loma rocosa donde se asentaba un puñado de casitas blancas alrededor de una fortaleza convertida en hotel para viajeros de paso, o bohemios que deseen dedicar sus días al silencio que transpiran sus muros.

Aparcamos a Manolito en el primer solar que encontramos para escalar montaña arriba guiadas por la brújula de nuestro instinto.  Sorteamos baches y matorrales hasta alcanzar un camino empedrado que acababa en una explanada, a pie de fortaleza, con cuatro coches aparcados en perfecta simetría.

  • Mami, no sé cómo lo haces, pero hemos dejado a Manolito a tomar viento cuando podíamos haber llegado sin resbalar por la tierra.

  • No te quejes, señorita, que es mucho más divertido equivocarse y vivir una aventura que seguir los pasos de un folleto como si fuéramos borregos.

Mi hija menea la cabeza dubitativa y prosigo:

  • No entiendo cómo vosotras dos, que sois unas crías, os cansáis a los cuatro metros de andar y yo, que soy una cicuentona, parezco un sherpa del Everest.

  • Mami – replica mi maripili – somos adolescentes..

y se queda tan fresca.

Estamos en lo alto de un risco sobre un valle dividido por los meandros de un río en cuyo cauce se palpa la sequía del invierno. Tomamos una calle al azar y nos adentramos en las páginas encaladas de un cuento ilustrado con azaleas, geranios y buganvilla deslizando sus ramas por las fachadas acicaladas como novias en el día de su boda. Hay un hombre en el umbral de la puerta de su vivienda con un halcón posado en su brazo.  Las niñas le piden permiso para hacerse una foto con la rapaz y él me responde con un guiño de picardía: 3 euros cada una.  Intuye que no soy tonta y que está intentando colarme en la trampa que se le acaba de ocurrir para ver si cuela. Acepto y disparo diez o doce imágenes en diferentes posturas, apago la máquina y le miro con la complicidad que acabamos de crear entre el usurero y la comerciante: 5 euros por todas. Esboza una sonrisa, coge el billete y nos recomienda desviarnos por un callejón que termina en la posada de una plaza por la que pasean los espíritus errantes de pintores y juglares entonando leyendas bajo farolillos de hierro forjado.  Pasamos casi de puntillas y seguimos hacia el letrero del diminuto balcón de unos amorosos que no tienen espacio ni para intercambiar un beso fugaz del que las niñas se burlan representando escenas dignas del peor de los sainetes.

Dos esquinas más y nos topamos con el punto de partida donde el torreón nos invita a sentarnos en los escalones de un mirador a la laguna de agua mansa en la que el río descansa.  Apenas hay ruido de voces o el ulular de la brisa, aspiramos la paz del atardecer y nos dejamos mecer por las agujas de un reloj que ha olvidado las prisas.

Se hace de noche cuando decidimos regresar por el arcén de la carretera asfaltada que nos lleva a Manolito sin necesidad de bombear los gemelos con el esfuerzo que supone brincar entre peñascos. Hago cálculo de tiempo: quince minutos para subir, cinco para bajar por la vía urbanizada.

  • Te lo dije, mami, te lo dije: lo nuestro no tiene arreglo

Su amiga nos mira a las dos con expresión divertida:

  • Desde luego, pero hay que reconocer que con vosotras los viajes son geniales.

Le damos un beso. Se lo ha merecido.