UN POCO DE TODO

Me levanto como cada día con la promesa de organizar la estantería que me mira con ojos golositos desde la pared del salón.  Mira que le tengo dicho que lo haré, que de hoy no pasa que la libere de trastos, pero nada, el espabilado que escribió eso de: que cuanto menos haces, menos ganas tienes de hacer, seguro que me conocía porque nada de lo que tenía planeado cuando estaba acelerada por el laberinto de calle, casa, trabajo, compra, cerveza y café se ha ejecutado ahora que dispongo de tiempo. 

Por otro lado, el intruso que pulula en casa, debe estar muy harto de nuestro encierro porque últimamente está dando guerra.  Hemos perdido unos cuantos objetos que aparecen al cabo de los días en lugares inusitados, eso por no contar con el rollo que nos da Arya cada vez que se pone a ladrar a las paredes, techo o puerta del baño por la que tiene fijación.  Hay un atrapasueños colgado del techo que se mueve sin motivo (no hay corriente de aire) y calcetines por derroteros imposibles.  Tengo para mí que las varas de incienso que compré en el bazar oriental, antes de la cuarentena, están caducadas o producen el efecto contrario: las ánimas no se van a la luz, a éstas las atrae el humo como moscas a un panal que huele a noséqué porque no entiendo lo que dice el letrero en chino.  Mi hija y yo estamos convencidas de que nuestro ghost fue el auténtico culpable de la catástrofe a la que nos tuvimos que enfrentar cuando la joven Taboada estaba proporcionando pienso a Edgar, el conejo, en la jaula que tiene aposentada en lo alto de un armario.  Empujó levemente la caja y, así, sin venir a cuento, el armatoste planeó en picado hacia el suelo con el gazapo pilotando los barrotes de la rejilla.  La Tabo pequeña chilló, yo me quedé muda y Arya, que hasta entonces había estado missing, salió de su escondite para empezar a perseguir al pobre conejo (superviviente volador donde los haya) quien huía despavorido por el parqué anegado de cacas y virutas. Mi instinto se reactivó, adelanté un pie para alcanzar el rabo de la depredadora, resbalé y salí escopetada hacia el rosa fosforito del respaldo de la silla-escritorio; apoyé las manos, recuperé la vertical y atrapé a la caníbal canina en el justo instante en el que abría las fauces para alcanzar a la presa. Confiné a la perra en el baño y me volví a evidenciar si mi hija permanecía en estado catatónico con el conejo a modo batidora entre sus brazos, o había superado el susto con el corazón de nuevo en su sitio.  Me miró, la miré, esbozamos sonrisa, un poco más abierta, un poco más, y acabamos por estallar en carcajadas con el quejío lastimoso y frustrado coreando nuestra risa.

Mi amiga Ana forma parte también de este universo al que nos hemos habituado mucho mejor de lo que pensábamos. Sus padres viven en un pueblo de Segovia, son mayores y están solos de modo que, mi enorme y creativa amiga, se graba cada día un vídeo escenificando un chiste con ella como única protagonista. Es tal su ingenio y comicidad que, aunque el guión sea pésimo, ella logra hacerlo insuperable con su expresividad y una vis cómica que muchas actrices consagradas querrían para sí.  Confieso que quise emularla disfrazándome y con mi hija de contrapunto en el diálogo, pero el resultado fueron 5 intentos, dos berridos por parte de la adolescente, un par de ladridos y una reacción por parte de un espectador asustado temiendo por mi salud mental a la vez que me ofrecía unos cuantos tornillos de repuesto. En definitiva, mi incursión al artisteo fue un visto y no visto en concordancia con mi admiración y gratitud a Ana a quien le debo el despertar más divertido que pudiera tener en este mal sueño que nos tiene inmersos.

Nuria, otra campeona de la voluntad, me escribe contándome cómo se las apaña para hacer deporte por video llamada. Esclava de una enfermedad inmune, la fortaleza de músculos y articulaciones es vital para frenar, en la medida posible, los brotes de un síndrome con nombre sueco que la tiene amarrada a un enfrentamiento feroz contra sus leucocitos confundidos. Soy su fan número uno cuando veo las fotos de su cuerpo atlético haciendo malabares por el patio, salón o dormitorio de su casa.  Gruñe cuando su entrenador aparece y desaparece de la pantalla por culpa de una comunicación que consiste en jugar al escondite: ahora me ves, ahora no que recuerda el Barrio Sésamo de mi infancia: ahora estoy delante, ahora detrás… pero Nuria también se burla de su infortunio a golpe de ejercicio en cada centímetro de piel susceptible de estar protegida ante los envites del sueco. Me rindo a los pies de su tesón y bravura, sentido del humor, arrestos y capacidad de empatizar con cualquier ser humano que se cruce en su camino.  Repito, soy su fan

En cuanto a la vecindad, hemos pasado del aplauso (a las 19:57 exactamente) al saludo de ventana a ventana, besos incluidos si proceden de un pequeñuelo que extiende los brazos al tendido con la espontaneidad que sólo un niño tan pequeño puede tener.  He elaborado una lista de favoritos: la mujer mayor, calculo cerca de los 80, que sale a la terraza con su bata marrón cerrada hasta el cuello. Es la primera en asomarse con su pelillo cardado y las manos cruzadas sobre la barandilla mientras otea las fachadas a la espera de escuchar el sonido de las palmas. Nunca la veo acompañada por lo que, deduzco, vive sola.  Cinco pisos más arriba del suyo, reside un matrimonio de su quinta que, calculo, también están solos.  Cada mañana, el hombre recorre el balcón de dos metros por uno contando los pasos como si quisiera medir la distancia en el tiempo de una gimnasia limitada. Siempre va impecable con su chaqueta abotonada, peinado, afeitado y erguido a pesar de los años que aparentan las arrugas de su cara; es todo un caballero a quien observo con la ternura de una hija que añora las caricias de su padre. Hay, además, una familia de madre de dos hijos jóvenes con quienes intercambio los buenos días o buenas tardes según coincidamos o no en el balcón.  Sonreímos, batimos las manos y nos enviamos mensajes mudos que hablan de un ¿cómo estás? ¿qué tal lo llevas? que, a buen seguro, repetiremos cuando todo esto acabe, nos encontremos en la calle, nos identifiquemos y nos abracemos como viejos conocidos de un barrio que huele a ilusión a pesar de las sombras con tentáculos que hacen la ronda por las calzadas.

Del intento de repostería, mejor no hablar.  No somos de las que hemos vaciado los estantes de levadura porque ni las tartas ni los pasteles nos llenan de emoción el gaznate: las cremas que sean faciales, el azúcar para las tostadas y el chocolate en porciones los días de llanto tonto por culpa de las hormonas. Sin embargo, somos solidarias con la mayoría de los humanitas enclaustrados y, en consecuencia, decidimos participar del aquelarre pastelero con la elaboración de una tarta cuya receta tenía un montón de me gusta en el cómputo de usuarios googlelitas de la web.  Nos pusimos manos a la obra con los ingredientes: batimos, añadimos, mezclamos y decoramos con afán de batir un récord en nuestra gráfica privada de comidas exitosas. Juro por Arguiñano que la apariencia fue esplendorosa y que, una vez introducida la cuchara, y saboreado el dulce, debatimos la manera de deshacernos de él sin que acabara confinado en la basura. ¡Emilio y Patricia! – exclamé – Emilio y Patricia (nuestros vecinos de la puerta de al lado).  Mi hija frunció el ceño:  No les va a gustar….- que sí, que son muy golosos, te lo prometo.. Dicho y hecho, envolví la fuente con papel de aluminio, la coloqué sobre una bandeja, salí al rellano, me acerqué a su puerta, toqué el timbre y regresé a casa con el móvil en la mano: ¡Patricia! Os he dejado una tarta en el felpudo en agradecimiento a las mascarillas y gorros que estás cosiendo para los sanitarios. ¡Nos encanta! – responde mi amiga – Mil gracias pero no tenías por qué hacerlo… Varios días después la fuente estaba limpia en mi felpudo con un letrero: ¡Riquísima!, pero, desconfiada como soy, miré el cubo de basura por si encontraba restos que delataran nuestro fracaso y no encontré nada sospechoso: - te lo dijeles ha encantado.  Mi hija se encoge de hombros: No estoy tan segura, mamá, son muy educados y nunca te dirían nadaReconócelo, mami, lo tuyo es la paella porque lo de la repostería, como que no, mami, como que no

Tenemos quince días por delante de esta cuarentena que nos ha zapateado la membrana de la burbuja en la que andábamos metidos con la conciencia dormida.  Algunos dicen que esto nos hará mejores personas, pero cuando leo tanto comentario emponzoñado, en las redes sociales, no puedo dejar de preguntarme qué está ocurriendo para que la bilis del rencor y la malicia esté manando a borbotones por las gargantas.  Conozco personas que criticaron las primeras medidas de confinamiento porque eran exageradas y ruinosas para la economía, compañeros que, ahora, tildan al gobierno de ineficaz por no haberlas tomado con antelación dejando caer su parte de responsabilidad en lo ajeno, como si jamás hubieran opinado con tanta contundencia sobre lo que ignoraban y eludiendo reconocer que estaban equivocados, que su prepotencia era una cortina de humo y que nada como la humildad para empatizar con los que se encuentran al otro lado del espejo en el que uno se mira. Las bocas se llenan de juicios y el Whatsapp de mensajes positivos: Vamos a remar juntos, saldremos adelante, somos únicos para superar esto unidos… sí, estoy segura, pero… ¿qué tal si empezamos por limar de saliva envenenada cada palabra escrita con interés por suscitar el odio? ¿Qué tal si colocamos el punto de origen en nuestro propio compromiso con los que necesitan ayuda? ¿Qué tal si, además de aplaudir, nos ponemos en la piel los enfermos, familiares, sanitarios, fuerzas de seguridad del estado, voluntarios, cajeros, basureros ..que se juegan la vida para mantenernos a salvo? Quizá si todos lo hiciéramos, si de verdad lo hiciéramos, entenderíamos que quedarnos en casa es una cuestión de supervivencia, la nuestra y la de la gente que amamos, que reprobar las decisiones sin ofrecer alternativas es lo fácil y que, lo más hipócrita que existe, es la postura de opositores que se ufanan en lanzan misiles de destrucción mientras, por detrás, se frotan las manos por no estar al frente de una batalla tan cruenta.

No se trata de ser votante de derechas o izquierdas, se trata de sentido común para que todos, absolutamente, todos, pongamos de nuestra parte en esta contienda, cercenar desde nuestra posición, cualquier atisbo de insulto y descalificación gratuita emitida desde la más absoluta inoperancia, no dar pábulo a falsedades que cavan fosas de seres humanos a quienes matar con la saña en cada palabra escrita, ni tolerar la hegemonía de los corazones que se nutren de estiércol para conseguir el reconocimiento de una gloria efímera.

Y, sí, por supuesto que recuperaremos el abrazo, la calle, el bar, la alegría y la ilusión, porque, como dice mi joven Taboada: Mamá, esto es como cuando me despierto después de haber tenido una pesadilla y tú me abrazas y me dices que mire todo lo positivo que tengo alrededor.

Eso es, anduriña, eso es..