CÓMO JURAR EN ARAMEO SIN CONOCER EL IDIOMA. Almudena T.

He ido al masajista por recomendación de un doctor experto en cervicales descarriadas.  Lista como soy, me he puesto una camiseta de tirantes bajo la blusa para evitar turulatear a los caballeros con el poderío de mi lencería wonderbra por si la sala fisio estuviera abierta a ladies y gentlemen alternando microondas, láser y muchachos de manitas de acero.

Era el primer día y, como tal, he accedido cortés y bien educada como mandaba mi madrrrre. He colgado la mochila en la percha del armario, apagado el móvil y seguido las instrucciones del pijama blanco con cuerpo de hombre y pinta de no te preocupes que no voy a lastimarte. Me he tumbado en la camilla y un minuto después he sentido el cha cha cha del colchón en mi espalda.  Bien, vamos bien, he pensado con la atención en la luz de la barriga a modo de meditación trascendental y a tono con el silencio reinante. No he logrado dormirme y mira que lo he intentado, el tubo que rodeaba mi cabeza no hacía ruido como el de las resonancias en las que he llegado a roncar, a mí ese misticismo tan callado y circular no me va nada, un tamborciillo, una mosca tsé-tsé o un vaso de vino hubiera sido perfecto. Redactaré sugerencia.

Toca sentarse en una silla con la camisa abierta sin medallón de oro asomando entre solapas.  Electrodos en el cuello y descargas desplazando mi hombro izquierdo arriba-abajo con despendole y frenesí aunque punto comedido. Repito ejercicio de trasmutación en energía Buda para cooperar con la relajación de los miembros supra-cintura y aparece la cara de mi jefe para pedirme un favor que neutraliza el relax. Abandono la idea y aguardo paciente al pitido final del aparato.

Nueva silla con brazos extendidos sobre la colcha papel de la cama y mi camiseta tirante al descubierto. Tomo el móvil y me pongo a jugar al tetris para no aburrirme contando las líneas de las manos: que si la de la vida, que si la de la cabeza, corazón, asteriscos de sabiduría, de enfermedad y lunares como premoniciones entre los montes carnosos. Las piezas de cuadritos y colorines son más entretenidas y no van de sabihondas con predicciones leídas por expertos nigromantes.

Pitido y el manitas de acero se aproxima por detrás para guiarme hacia el potro de tortura con agujero para introducir la cara.  Me tumbo y el zuecos (es lo único que atisbo desde el hole)  no espera para hincarme los dedos en los nudos articulares como si mi cuello fuera una hogaza de pan. Clava el dedo gordo y aprieto los dientes con el cáspita por detrás de los colmillos. Hinca el índice, corazón y el resto de los fingers en los omóplatos, costillas y riñones sin la más mínima consideración por mí que soy nueva clienta y, además, me he portado bien antes de ser manipulada como un saco de harina. El inconsciente se pone bravo y cede a la incontinencia verbal para jurar en arameo sin conocer el idioma.  El cáspita, córcholis o my gods huyen dejando paso a las tablas de multiplicar joderes, mierdas, desgraciaos y capullos en voz baja para que el manitas de acero no me escuche, se enoje y me empapele contra la camilla.

He regresado a la religión cristiana, lo juro, diez minutos de frotación en el back y yo de vuelta a la iglesia cual hija pródiga invocando la piedad del zuecos como si rogara al mismísimo San Pedro. Un último meneo y el manitas me despide ayudándome a recomponer la vertical con un ya está guapa, te veo mañana.

Lo perdono, su caballería y el guapa lo redimen de la extorsión a mi espalda agarrotada.

Al salir me encuentro con el doctor Rehabiliteison encargado de mandarme al zuecos. Me mira y, antes de que yo hable, me suelta palmadita en el hombro:

-          Ya lo decía el Quijote: el primer día es el primer día

Para mí que se lo ha inventado…

 

              Almudena T.