EL COMPRADOR

Lo cierto es que no tenía pensado deshacerme de Manolito Cuatro Ruedas hasta que mi cuñada apareció con la oferta de un nuevo troncomóvil, propiedad de su padre fallecido, a precio económico, poco rodaje, lustroso y con pinta de querer formar parte de la familia Taboada pese a la queja de mi descendiente con ese tic repetitivo del: yo no me subo al coche de un espectro como si Emiliano continuara viajando en el asiento de atrás.

Soy impulsiva, para desconsuelo de Manolín, el ángel de la guarda que me saca de apuros en mi afán por meterme en líos, impulsiva e impaciente por conseguir los propósitos apilados entre ceja y ceja, de modo que tan pronto descubrí al Manolito Cuatro Ruedas Júnior, me puse a la tarea de anunciar a su antecesor en las webs sugeridas por los expertos en vender hasta la escoba caducada de su hogar.  Unos días después del leer el mensaje Anuncio Operativo en mi correo, recibí las primeras respuestas y la llamada de un interesado en conocer mi producto con cita incluida un sábado por la mañana.  Confieso que asear a Manolito fue arduo por la cantidad de objetos que guardaba en el maletero y que parecían sacados del bolso de Mary Poppins: un saco de dormir, un par de juegos de mesa, un gorro de lana, calcetines de invierno, cd’s antiguos, un tronco de madera, unas gafas rotas y un bote de protector solar para la playa. Llené el carro de la compra y un maletín de cabina con los no-sé-qué-hago-aquí del portaequipajes, pasé una bayeta por la parte visible de la encimera y salí al encuentro del posible comprador.

El lugar de la reunión era un aparcamiento al aire libre no muy lejos de mi domicilio.  Ramón, el posible, me esperaba con semblante serio, circunspecto y agitanado en el modo de hablar y en el color de la tez.  Me estrechó la mano, contempló a Manolito con detalle, regateó unos cuantos euros el precio porque era un regalo para su hijo (26 años y papá de dos churumbeles) y acordamos la compra-venta una semana más tarde.

Segura, lo que se dice muy segura, no estaba de que la transacción llegara a buen fin, pero teniendo en cuenta mi enamoramiento por Júnior Cuatro Ruedas, me lancé al foso del papeleo para simultanear la despedida de Manolito con la bienvenida de su heredero.  Pregunté a la aseguradora, Tráfico y Ayuntamiento a la vez que mi cuñada se ponía las pilas para redactar contrato y enviarme la documentación que yo precisaría para no ser perseguida por los funcionarios de la ley una vez Manolito desapareciera de mi vida. Elaboré una lista de puntos a resolver y, por último, acudí al taller de Ivan, el gurú de la mecánica, por si se encontraba con un defecto que yo obviaba por mi falta de olfato para detectarlo.

-          ¿Se lo vendes a un gitano? – soltó de sopetón Bego, la recepcionista, a poco de contarle de mis gestiones.

-          Si – respondí algo mosqueada por el tufillo a racismo que desprendía

-          Pues ten cuidado porque muchos se dedican a la compra-venta de coches.  Les da igual si el motor está bien, lo que quieren es que parezca nuevo para venderlo a cualquier otro, no hacen la transferencia a su nombre y si hay un problema, te endilgan a ti la responsabilidad.

Empecé a sudar.

-          ¿No tienes la calefacción muy alta?

-          No la tengo puesta, eres tú que estás sofocada.

-          ¿Y qué hago yo ahora?

-          Nada, atar todo bien.  Para empezar no vayas sola, redacta una cláusula en la que especifiques que darás de baja definitiva al coche si no tienes un papel de la gestoría que asegure que tú ya no eres la titular, pídele acompañarlo para firmar y no entregues las llaves hasta que todo esté bien resuelto.

Salí del taller con el gaznate atrofiado y las articulaciones momificadas.  Llamé a mi amiga Veva y le rogué su presencia como escudera tipo Sancho Panza aunque me saca una cabeza y una mirada que impone a cualquiera que se pare de frente para importunarla. Aceptó, naturalmente, y unas horas después, llegamos al punto de reunión conmigo paralizada al descubrir una pequeña multitud en el coche de Ramón.

El posible y su hijo se acercaron a nosotras con la matriarca mirándonos fijamente unos metros detrás.  Les expliqué de las nuevas condiciones y no pusieron objeción, pidieron rubricar el contrato y decidimos utilizar a Manolito como despacho temporal para liquidar el asunto no sin antes entregarme el importe establecido por acuerdo de ambas partes.  La jefa del clan, mujer de poderosa pechonalidad, se acercó a la ventanilla, introdujo su mano en el escote y sacó un fajo de billetes arrugados que entregó a su hijo y éste, a su vez, a Veva cuando le pedí que fuera ella quien los contara.

-          Falta uno – sentenció mi amiga

-          Cincuenta euros son para mis niños – habló entonces el chico

-          Ni de coña – respondí dejándome de cortesías – O entregáis la suma completa o aquí se termina el trato.

-          Pero mire cómo ehtá er coshe – intervino la matriarca – sólo hay que ver cómo lo tiene..

-          Lavado, limpio, sin rasguños, revisado por el mecánico, con todos los papeles en regla, y en perfecto estado.

-          Pero mujer – intercedió Ramón – si sólo son Cincuenta euros y mi chico los necesita.

-          Yo también soy madre y no tengo un papá que me regale la casa, a Manolito o el anillo de oro con piedrolos en el dedo (vale… esto útimo lo pensé pero no lo dije).

-          Hay que ver…mujer – insistía la matrona – si sólo son sincuenta euros..

-          Que acordamos Ramón y yo que soy una mujer de palabra.  O todo o no hay trato.

Ramón ladeó la cabeza y decidió acabar con el regateo al concluir que no podría ablandarme e intuir, con razón, que yo me había asesorado oportunamente con víctimas de un engaño que, por lo que tengo entendido, es común en la comunidad gypsy kings dedicados al trasiego de vehículos de motor.

Al entrar en mi hogar, con las piernas en modo gelatina, llamé a mi cuñada y le expliqué la operación abortada por huida premeditada y consensuada con Veva y mi ángel de la guarda. Aplaudió mi decisión y me invitó a ir a recoger al nuevo Manolito con todas sus gestiones sin plazo para abonar las ruedas, el motor, la carrocería, el volante y los pedales en la cuenta que me falta por saldar.

En definitiva, tengo dos coches: uno que no he vendido, uno que no he comprado, una perra que va a su bola, la joven Taboada que la imita con el erre que erre del espectro en el asiento, a Manolín resoplando exhausto por el trabajo que le doy, al gestor del banco haciendo cuentas, la lavadora por quitar, las camisas por planchar y la cabeza bailando flamenco con el menú de la cena.

Yoga, me voy a dar al yoga que seguro que Manolín lo agradece.  

Vamos....seguro que me lo agradece...