RETOS Y TRIUNFOS

El 26 de octubre se cumplieron 12 años de la visita a un juzgado panameño para firmar el acta que me otorgaba el título de mamá legal de una preciosa princesa kuna.  Cada otoño me juro celebrarlo con mi hija y, cada año, lo olvido hasta un par de meses después con la cabeza rezongando por mi mala memoria. Sin embargo, este año ha sido distinto pues el aniversario de mi certificado de mamá legal ha coincidido con el cierre de un capítulo feo al que me vi abocada sin pretenderlo y que me ha tenido trotando en zigzag por un terreno pedregoso y hostil.

A lo largo de este tiempo he vivido una vorágine de encuentros y desencuentros con amigos y conocidos que me han acompañado o abandonado en la romería de penitentes a la que me he sumado con la fuerza combatiendo los envites del desánimo.  No ha resultado fácil, nada fácil encontrar la paciencia para mantener el ritmo en la carrera de fondo en la que me he visto inmersa, pero he alcanzado la meta y recibido, a cambio, un diploma de besos, aplausos y pulgares hacia arriba de todos y cada uno de los que han formado parte de un club de socios cuyo lema tenía mi nombre escrito en una placa, y a quienes les debo las inyecciones de ternura para aplacar el pulso acelerado por la furia de lo irrazonable.

Cada cual atraviesa su propio calvario con mayor o menor éxito, fortaleza o perseverancia a pesar de los escollos que frenan el avance con las aristas de su maldad; los hay que construyen montañas con granitos de arena y quienes moldean en arcilla las rocas que suponemos infranqueables, todos cargamos una porción de pesos en la espalda del espíritu que llevamos dentro, así como depende de cada uno el cómo enfrentemos la carga, si con amargura, aceptación o jarabe de optimismo con el que aligerar el fardo que ennegrece las horas robadas al sueño.  Pintamos la vida con los colores de una paleta que delimitamos en el foco de las emociones y sí, envidio la calma de los que son capaces de perfilar los sinsabores con un pincel de azúcar, esos que enfrentan los conflictos sin despeinarse el flequillo o lanzar un berrido de desesperación a la puerta de un armario, este tipo de héroes del positivismo son el modelo a quienes trato de imitar cuando se han quemado las últimas briznas en el cupo de mi optimismo.

El 26 de octubre de 2006 mi hija, la abogada y yo nos presentamos en el juzgado de adopciones panameño para el juicio que me entregaría el certificado legal de mamá.  La niña con un vestido que le quedaba apretado porque los parásitos abombaban el ombligo impidiendo cerrar los botones con holgura, yo con una falda que se me caía al suelo por todo lo contrario: en un mes había perdido cinco kilos por la tensión que la agencia me había regalado con mentiras y falsas promesas de un trámite que garantizaron rápido y que, en la realidad, suponía un plazo indeterminado en el país caribeño. Presentía que el acto sería breve y no me equivoqué porque los informes que tenían de mí, como progenitora, estaban elaborados a pie de orfanato desde el momento en que me acomodé entre sus paredes con mi niña morena acoplada a mis brazos.  Sabía de la llegada de jueces y oficiales al Hogar como meros visitantes con tarjeta de turistas, intuía que vigilaban mis pasos y mis dotes para ejercer de madre con el cuadernillo de cualificaciones que guardaban en el bolso, adivinaba su sombra en el balcón de la residencia principal de las Hermanas de la Caridad y, por si acaso, practicaba la mejor de las sonrisas cuando me cruzaba con algún desconocido, en mis recorridos por el lugar, aunque fuera vestido con el uniforme de jardinero. Fuera por ese motivo o porque tuve un día de suerte, la magistrada que nos recibió (con fama de ser especialmente implacable con las familias adoptantes) no hizo una sola pregunta, simplemente tomó a la niña en su regazo, sacó un kleenex del cajón de su mesa para secar las lágrimas que permitía deslizar sin reparo, murmuró un: cuídemela bien, besó a la pequeña, estrechó mi mano y me despidió con el estruendo de su nariz apretada en los pliegues del pañuelo.

Doce años después de aquella mañana he recibido una llamada con una voz femenina que anunciaba la conquista de un objetivo en el que había dejado de confiar.  Repetí el gesto y, esta vez sí, esta vez llegué a casa, tomé a mi hija de la mano, y nos fuimos a celebrar el aniversario con las serpentinas de las alas de un ángel guardián silencioso a quien hemos subido el sueldo del cariño y gratitud que le debemos como recompensa a sus desvelos.

Retos y triunfos, la vida es una carrera de retos y triunfos basados en lo aprendido con la ayuda de una madeja de hilos de colores con los que tejer la fuerza sustentada por el calor de corazones que laten al mismo compás, y con idéntico esfuerzo, aunque no necesiten alcanzar la meta de superación a nuestros propios e imprevisibles desafíos.