CONVIVIR CON EL MIEDO - ALMUDENA T.

 

El miedo es la emoción más poderosa y castrante que tenemos desde que empezamos a formarnos en el vientre de la madre. Las mujeres embarazadas tienen miedo a que su hijo nazca si no ha sido deseado, a perderlo, a que padezca anomalías, al parto y a una multitud de probabilidades que se transmiten al feto en cada síntoma de ansiedad enredado con el ritmo cardiaco.

Muchas mujeres me preguntaron qué sentía cuando tuve a mi hija conmigo, la mayoría me entregaban la respuesta antes de yo abrir la boca: compromiso y responsabilidad.  Me sorprendía que ninguna aludiera al miedo porque lo que a mí me paralizaba era el temor a que mi hija enfermara o sufriera puesto que mi mayor deseo es que viviera una infancia feliz y tranquila.

Cuando era niña y veraneaba en la casa de la aldea de mis abuelos, mis hermanos mayores se ocupaban de aterrorizarme con los espíritus errantes de nuestros predecesores retratados en fotografías colgadas con pulcritud en las paredes.  Mi tía Virginia, que había muerto atropellada por un carro de vacas, pasó los últimos meses en una silla de ruedas que la familia había aparcado en el desván envuelta en telas de araña y todo tipo de bichos.  No subía a verla ni borracha de orujo porque, además, no necesitaba tener contacto visual con una máquina a la que escuchaba rodar en el techo encogida como un caracol bajo las mantas de mi cama. Soportaba las ganas de ir al baño sujetándome la tripa con tal de no tener que recorrer el pasillo lúgubre y sombrío hasta que, con dieciocho años cumplidos, resolví utilizar el establo como Water Close con las vacas de compañía que ni despertaban al resto de los habitantes de la casa con sus mugidos, ni levitaban como fantasmas sobre el estiércol. Fue mi primera y efectiva maniobra para eludir el pánico a un posible mano a mano con las ánimas de mis ancestros en las que creía, y creo, a pies juntillas.

Los temores de la niñez, de cada una de nuestras infancias, se incrementan en número al igual que las arrugas con el paso de los años.  Los hay que desaparecen y los que se enquistan con las raíces asentadas entre neuronas para presionar el diafragma ante cualquier estímulo que nos recuerde su origen desde el subconsciente. Me confieso una adicta a miedos concretos, algunos que reconozco tan pronto aparecen y a los que despido con cautela y un vamos, chaval, no insistas; pero hay otros que brotan de la nada para sobrevolar la intuición con la oscuridad por bandera y sin poseer un nombre que lo identifique. Si fuera bruja arruinaría el poder de los segundos con unos cuantos brebajes de hierbas asquerosas, pero no lo soy y, cuando percibo su presencia, la respiración se corta, tiemblan los dedos y giro la manivela cerebral a mil revoluciones hasta que la atención se pone firme y se centra en cualquier estupidez con el objetivo de dominar al intruso.

Estamos en período preelectoral y una frase que escucho reiteradamente es:  me da miedo que gane el PP, o el Psoe o Ciudadanos o Podemos según sea la voz de quien lo siente. Sin embargo, si me posiciono en el lugar de los líderes creo que acierto al pensar en sus propios temores, la responsabilidad de presidir un posible gobierno o la frustración de no haber conseguido el número de votos deseado por muy sonrientes que aparezcan en la televisión, una vez realizado el escrutinio, con argumentos que apenas se sostienen.  La vanidad es un merenguito cocinado con manadas de halagos pero, cuando la realidad se impone, cuando uno se quita el abrigo de sus seguidores, llega a casa y se enfrenta a un dolor de muelas, la llamada de un amigo enfermo, la novia (anótese que no hay ninguna candidata a presidir el gobierno), mujer o familiar con este o ese problema tan importante como para condicionar su vida, me pregunto hasta dónde, estos líderes tan mediáticos, son capaces de asumir su condición humana y empatizar con el pavor de los suyos y de tantos españoles o inmigrantes que se levantan con el presente confinado a la ausencia de un soporte que les permita, simplemente, vivir.

Una de mis mejores amigas y de las que más admiro por su serenidad ante las adversidades suele decir: ¿para qué preocuparme por mañana si no sé qué va a ocurrirme hoy? Es una frase, no un brebaje de hierbas asquerosas, pero el efecto sobre la inquietud impertinente en el engranaje neuronal es el mismo.

Mi amiga tiene razón, así que la próxima vez que uno de estos ogros me atenace ahogando la respiración, repetiré la oración como si fuera una esquizoide compulsiva:

   Para qué preocuparme de lo que vaya a ocurrir mañana si todavía no sé lo que va a suceder hoy.

 

Almudena T.