EL DIÁLOGO DE BESUGOS - ALMUDENA T.

Tumbada en la camilla rodeada de cortinas y con la luz infrarroja calentando la espalda, había decidido dormir antes de que el manitas de acero, es decir, mi fisioterapeuta, viniera a quitarme los electrodos y fastidiarme la siesta.  Este era mi propósito pero nada más cerrar los ojos, escuché la voz de una mujer iniciando su discurso hacia el resto de los deteriorados mano-pie-nuca-codo acomodados bajo los focos de rayos láser repartidos por la sala.

  • Me han subido a la cuarta – contaba compungida – Llevo catorce años trabajando allí y, ahora que tengo treinta y nueve años, me han derivado a la sección de señoras porque no creen que sirva para aconsejar a las chicas.  Parece mentira, treinta y nueve, sólo treinta y nueve, ni siquiera he cumplido los cuarenta y ya me condenan a la madurez…vamos que todavía no me lo creo

     

  • Yo soy médico – respondió un hombre – y estoy indignado con la falta de respeto que demuestran los pacientes que vienen a mi consulta.  Antes entraban con traje y corbata, ahora con vaqueros y zapatillas. ¡zapatillas! – reitera indignado – dentro de poco vendrán en traje de baño y yo, para no ser menos, me pondré el mío. Aquí todos iguales.

    El año pasado fui a un congreso en Singapur y volé con su línea aérea. Nada que ver con Iberia, azafatas jóvenes, guapas, delgadas y bien educadas como debería ser indispensable y que ninguna compañía tiene en obligada consideración.

La mujer insiste:

  • Pues si, estoy soltera, no tengo hijos y parezco más joven de lo que soy.  No entiendo por qué me han cambiado de sección, de verdad que no lo entiendo.

La tercera voz surge desde un punto situado a mi izquierda que no logro determinar:

  • ¡Qué pena que haya perdido el Sevilla, con las ganas que le tenía yo al Barça!

El médico vuelve a aparecer en escena:

  • Estos del PP son unos impresentables.  Prohibir que entraran los aficionados con la estelada, una gilipollez como un pino, una gilipollez… claro que los del PSOE son igual de sinvergüenzas y descarados.  Mi equipo tenía un proyecto magnífico y ni uno ni otro nos concedieron una subvención.  Unos mangoneantes, eso es lo que son, unos mangoneantes.

Pellizco la cortina y espío al doctor con una de sus piernas apoyada en un taburete.  No tendrá más de ciencuenta años, frente despejada, complexión normal y expresión mediocre que no coincide con el tono que emplea para dirigirse a la platea de los lesionados

El tercero en discordia tercia desde un ángulo que no alcanzo con mi periscopio:

  • Y, entonces, ¿a quién votamos?

La mujer abandona su gira-gira sobre los departamentos de moda:

  • Eso, ¿a quién votamos?

El médico responde:

  • A Podemos y eso que a mí no me acaban de convencer.  La última vez que votamos busqué la papeleta del Partido Comunista de las Tierras Vascas pero creo que ya se han disuelto.   

Me incorporo levemente sobre los codos.   ¿No era este que defendía el traje con corbata y zapatos de charol para acudir a su consulta?

Le toca el turno al señor de muletas que tiene pelotas de ping-pong donde debería haber dedos en su pie derecho.

  • ¿El partido Comunista de las Tierras Vascas?  Suena bien

  • Si pero ya no están – responde el doctor

  • ¡Qué lástima! – exclama la dependienta

  • Si, qué lástima – corrobora el muletero

La cortina se desliza tras de mí y percibo al manitas de acero despegando los parches de mis riñones.  Giro la cabeza y observo una risita maliciosa en el entrecejo. No puedo callarme y susurro:  ¿Estás seguro que el ambientador no contiene un opiáceo?

Mi fisio suelta una carcajada y me da un palmetazo en el hombro: Te vas a quedar estupenda, muchacha.

Me visto y abro el telón para examinar al elenco y ensamblar cada personaje con las voces que acabo de oír.  Cada uno de ellos mira a un punto distinto de las paredes que tienen enfrente.  Reconozco a la señorita de las ladies Department, al facultativo comunista de playa y al resto de los descalabrados lastimeros.

Me cuelgo la mochila y digo un hasta mañana que ninguno devuelve enfrascado como está en la pintura blanca del muro.

Bajo al portal, salgo a la calle y, doblando la esquina, tropiezo con un anciano de barba blanca y gorra marinera cantando a pleno pulmón una balada. Me sortea y sigue caminando para dirigir el compás de su canción ondeando sus brazos al frescor de la primavera.

Cuento las sesiones que me faltan para terminar la rehabilitación y, con un suspiro plañidero, el corazón gime:

¡Qué lástima!

 

Almudena T.