CUANDO EL PASADO VUELVE PARA RECOMPONER SUS PIEZAS - ALMUDENA T.

No siento vértigo en las alturas pero sí cuando miro atrás y pienso en lo rápido que se va la vida.  En los momentos duros, esos en los que uno siente que apenas puede respirar porque lo han partido en pedazos, los que escapan a nuestro control y desestabilizan hasta el pulso en las muñecas, apelo a Julia Roberts en una escena de la película La boda de mi mejor amigo cuando, llorando sentada en el pasillo de un hotel, se acerca un camarero que se detiene delante de ella y le dice:  Mi abuela siempre decía: esto también pasará.

Esta tarde me he cruzado con un camión adelantando a un ciclista en la curva de una carretera secundaria y que por, una cuestión de segundos, no se ha empotrado conmigo. He frenado y escorado a la derecha mientras él circulaba a escasos centímetros de mi espejo retrovisor.  Mi vida no ha pasado como una película de imágenes por la frente, ni me he visto muerta o mutilada, soy mucho más prosaica que todo eso y, en su lugar, he gritado unos cientos de hijo de …. con el sonido del claxon a modo de música ambiental que, por supuesto, el camionero ha respondido con unos cuantos pitidos de disculpa o de no es para tanto que todavía no acabo de identificar. No es la primera vez que me juego la vida en la carretera, hace unos años, regresando de Valencia con unos amigos, el coche patinó en el agua de la calzada, realizó un viraje y nos introdujimos en la autovía en sentido contrario por el que venía un autobús blanco a bastante velocidad al que mi amigo esquivó con los reflejos necesarios para maniobrar y evitar el choque apartándose de la carretera. 

Tanto en un caso como en otro el pánico emergió como un relámpago seguido del trueno de mis juramentos contra los culpables de mi probable bye bye a la vida que conozco.  Sin embargo, unas horas después y también en ambos casos, el consciente hizo su aparición para hundir los pies en la realidad del suelo que estaba pisando.  Al llegar a casa he mirado cada objeto con la identidad de lo que representan: la foto en el aeropuerto con mi hermano, mi hija y yo recién llegadas de Panamá, la lámpara que arreglé en uno de esos días con éxito en las chapuzas Taboada, el hule que compré a mi amigo Chen, la tabla cortada de un tronco de árbol seco, la planta y los regalos de mi gente cuando nos mudamos a este barrio. Me he preguntado dónde habrían ido a parar todos ellos si mi cuerpo estuviera en un tanatorio con estampitas de funerarias con nombres como: El Sueño Eterno, La vida también es bella en el más allá o El Dulce Descanso, en la mesilla de entrada.  Me he visto cotilleando los comentarios de familiares y amigos ensalzando mi personalidad (nunca he oído hablar mal de un muerto en los tanatorios) y la frase manida de te acompaño en el sentimiento que nunca he sido capaz de decir porque me recuerda los funerales en la aldea y no me sale ni aunque me amenacen con una pistola de cañones recortados.

Internet y sus redes sociales acumulan sentencias aconsejando disfrutar la vida, como si fuera el último minuto, a las que ponemos un me gusta, compartimos o eliminamos porque empalagan la vista, pero cuando surge el microsegundo con la cabeza asomada al abismo, sin llegar a caer sobre las rocas, ese rollito del último minuto se agranda con miles de preguntas sin sentido, respuesta o intenciones breves como la solidez de un helado bajo el sol del desierto.

Esta tarde una parte de mi pasado se ha colado en el buzón de la memoria y en lugar de eliminarla, como hubiera hecho ayer, la he recuperado para derivarla al taller emocional donde recompongo trocitos dolorosos con el pegamento anti-rencor que suele ser efectivo cuando lo empleo como champú para lavar los cosidos de los malos recuerdos.  Envidio a quienes son capaces de perdonarse a sí mismos o a quien les hiere sin darle más vueltas que las imprescindibles para pasar página, cerrar el capítulo y seguir adelante como si llevaran Betadine infiltrado en el corazón, a mí me cuesta y, cuando consigo que, sea lo que sea que me haya hecho daño, deja de doler es porque el tiempo se ha encargado de tamizar su escozor con la llegada de nuevos incentivos.

En menos de 24 horas se juega la final de la Champions entre el Atlético y el Real Madrid.  Hay cientos de miles de personas pendientes del partido en trenes, aviones, autobuses o la silla del bar elegido para no perderse la imagen de la pelota rodando entre las botas de los futbolistas.  Se han formado porras con apuestas entre amigos y conocidos, aparcado noticias de atentados, naufragios de pateras o dramas entre los refugiados para priorizar la carrera de 22 jovencitos tratando de meter goles en la portería del contrario. El aire vibra con la pasión por un deporte que enloquece a sus aficionados y los mantiene insomnes hasta que el árbitro pita fin, se entrega el trofeo y se jalea a los héroes alrededor de una fuente.

Soy traviesa, a los aficionados del Real Madrid, les grito Aúpa Atleti y a los del Atleti, les digo Hala Madrid.  Contemplo la efervescencia en la calle, los carteles invitando a participar de su televisión en los bares, los puños apretados de los que no rezan pero ansían que gane su equipo y, con la flema del camarero agachado frente a Julia, le cuento a la imagen que refleja mi espejo:

             Esto también pasará.

Almudena T.